Caminando en el epicentro de la voluntad de Dios

Siempre era invierno, pero nunca Navidad.

En el libro de C.S Lewis “El león, la bruja y el ropero”, la tierra de Narnia estaba bajo el cruel reinado de la bruja blanca. Pero Aslan estaba en movimiento. Cuando la bruja y el león finalmente se encuentran, la bruja le dice a Aslan que uno de los niños, Edmund, ha sido hallado traidor.

En Narnia la ley es que cualquiera que fuera un traidor pertenecía a la bruja blanca y sería castigado con la muerte. Así que Aslan llega a un acuerdo con la bruja y acepta morir en lugar de Edmund. Pero entonces Aslan regresa de la muerte. Luego de que resucita, los niños están confundidos.

“¿Pero qué significa todo esto?” pregunta la hermana de Edmund, Susan.

“Esto quiere decir,” dijo Aslan, “que a pesar de que la bruja conocía la magia profunda, existe una magia aún más profunda que ella no conoce: su conocimiento se remonta solo al inicio de los tiempos. Pero si pudiera mirar un poco más atrás, en la quietud y la oscuridad antes del amanecer del tiempo, habría leído allí un encantamiento diferente.

Ella habría sabido que, cuando una víctima voluntaria que no cometido traición alguna, fuera asesinada en lugar del traidor, la mesa se quebraría y la muerte comenzaría a retroceder.

Tras la cortina de la eternidad

En este cuento infantil, Lewis llega magistralmente al corazón de nuestra redención y nos ayuda a ver el amor del Dios trino hacia nosotros en “la quietud antes del amanecer del tiempo”. Allí, en la eternidad pasada, Padre, Hijo y Espíritu conspiraron para amar a la humanidad por sí mismos.

Juntos determinaron crearnos y, sabiendo que llevaríamos su buena creación a la ruina, también decidieron fijar su amorosa y eterna mirada sobre nosotros como niños especiales, escogidos y preciados.

Es desafortunado que la enseñanza bíblica del “decreto de Dios” (como los teólogos la han llamado) y la gloria de Su predestinación se tornara agria entre tantos cristianos. Cuando algo tan bíblicamente rico y espiritualmente nutritivo se vuelve tan desagradable que nos rehusamos a consumirlo, necesitamos reconsiderar nuestra dieta.

En la quietud antes del tiempo

En el primer capítulo de la carta a los Efesios, el apóstol Pablo estaba tan sobrecogido con la majestad de nuestra redención que difícilmente podía ponerle un punto final a sus declaraciones. Así que, su más larga oración va del verso 3 al verso 11. Pero lo que infunde cada poro de ella es su comienzo:

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en El antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de El. En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad.” (Efesios 1: 3-5)

El siervo de Dios es inspirado por el Espíritu de Dios para mostrarnos lo que Dios estaba haciendo antes del inicio del mundo. En este verso, tenemos lo que solo Dios puede dar: un vistazo en el momento eterno de Su glorioso plan.

El Dios trino preparó cada detalle del plan para su reino eterno. No sólo lo planeó todo, sino que Él mismo trabajaría la totalidad de ese plan según el consejo de Su propia voluntad soberana. (Efesios 1:11)

Sin la comida sólida de esta verdad bíblica, eventualmente nuestras almas desfallecerán. A menos que escuchemos a escondidas en la eternidad, desarrollaremos cataratas espirituales. Para poder ver con claridad, primero necesitamos escuchar con claridad. Debemos enfocarnos en lo trascendente para que lo inmanente tome el lugar que le corresponde en nuestras vidas.

No a nosotros, oh Señor

Pablo comienza por atribuir a Dios el Padre la bendición por lo que ha logrado en su Hijo. Pero Pablo no dejará que ese logro se enfoque en nosotros. Su interés inmediato no está en los beneficios que recibimos de Cristo, por más importantes que estos sean. Su mente se mueve inmediatamente de alabar a Dios a la elección eterna de Dios.

El interés de Pablo es ayudarnos a ver que lo que tenemos del Padre, a través del Hijo, es el resultado de la determinación del Padre “antes de la fundación del mundo” de amarnos de tal manera que nos salvaría de nuestro pecado.

Acabamos de terminar otro año olímpico. Los atletas estadounidenses ganaron un récord de medallas. Estos atletas comprometieron  la totalidad de sus vidas a sus tareas atléticas. Es natural entonces, que se sientan orgullosos de sus logros.

Pero el cristiano nunca puede pensar que la salvación que tenemos en Cristo es algo como las demandas del entrenamiento atlético. No sólo no hemos ganado nada de lo que tenemos en Cristo, sino que lo que tenemos es resultado de las decisiones tomadas por el Dios trino antes de que nosotros, o cualquier otra cosa en la creación, existiera.

¿Quién obtiene la gloria?

La mayoría de los cristianos reconocen que, fuera de Cristo, no existe salvación. Pero muy pocos reconocen que nuestra salvación tuvo su comienzo antes de que comenzara el tiempo. Fue allí donde el Dios trino decidió amarte por la eternidad.

Fue allí donde el Hijo no consideró que la igualdad con Dios era algo a que aferrarse, sino que se despojó a Sí mismo, siendo obediente hasta el punto de morir en una cruz. (Filipenses 2:6-8)

Hasta que no veamos esta determinación divina como el eterno epicentro de nuestra salvación, sencillamente no podemos participar en la adoración sincera a Dios. Si Dios no instiga su plan soberano de salvación para mí, unilateralmente y desde la eternidad, entonces mi salvación debe depender de mí aunque fuera en menor medida.

Si contribuimos en cualquier cosa a nuestra salvación, nuestras canciones de alabanza a la gloria de Dios siempre sonarán desafinadas.

Pablo no nos permitirá hablar a la eternidad pasada; podemos mirar, pero no tocar. Sólo de esta manera la luz brillará en el lugar apropiado, en el escenario y no en el público. Sólo de esta manera es posible decir: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”, sin susurrar al lado, “Y bendito sea yo también”.


Publicado originalmente en DesiringGod.org | Traducido por Andrés Corral Llano