Soldados de Jesucristo

Cinco formas de romper los malos hábitos 

Un hábito es una práctica regular, conectada profundamente a nuestros cerebros y, en general, difícil de abandonar. Los hábitos pueden ser buenos, como el ejercicio, la alimentación saludable y la lectura regular de la Biblia; o pueden ser malos, como los pensamientos en tendencias malsanas que nos hacen sentir atrapados. 

Ya sea el mal hábito de buscar satisfacción en la alacena, quedar en trance frente a la televisión, o un hábito mucho más profundo y vergonzoso que no nos atrevemos a mencionar en el grupo semanal de estudio bíblico. La mayoría de nosotros podríamos soportar romper por lo menos uno o dos hábitos. Muchos de nosotros anhelamos sentir la libertad de romper un mecanismo de defensa dañino o un patrón secreto de pecado. Cuando somos honestos al respecto, la mayoría de nuestros “malos hábitos” son más que idiosincrasias peculiares; son pecados como la glotonería, el chisme, la codicia y la avaricia. 

Entonces, ¿cómo ser libres? 

1. Comienza con la oración

No hay nada mejor para romper un hábito que comenzar a sentirse harto de él, tanto que parece no haber otra opción más que abandonarlo. A menudo, así es como Dios obra en nuestras vidas. Nos cansamos de sentirnos enfermos del exceso de azúcar y nuestras mentes se agotan de perseguir las últimas tendencias en la moda, el entretenimiento y la remodelación del hogar. 

El apóstol Pablo claramente estaba cansado de su pecado cuando escribió estas palabras a la iglesia en Roma: “Pues no hago el bien que deseo, sino que el mal que no quiero, eso practico” (Ro. 7:19). Cuando podemos admitir fácilmente que nuestra carne pecaminosa nos hace miserables, estamos listos para estar de acuerdo con Dios y tratar de abandonar el hábito. Podemos comenzar orando para que estemos demasiado cansados de tal comportamiento, como para poder continuar en él. 

2. Considera el mañana

Si bien dos kilos de helado de chocolate pueden parecer buenos en un momento dado, la sabiduría se pregunta cuáles son las implicaciones el día mañana. Si un hábito nos da malestar físico, enfócate en el malestar que vendrá mañana en vez del placer temporal de complacerse hoy.  

Nuestros comportamientos tienen consecuencias naturales y es por la gracia de Dios que Él nos permite sentir el peso de nuestros pecados. Considera si codiciar cosas costosas te hará sentir completo o agotado. Considera cómo las cosas que ingresan en tu cuerpo te harán sentir en el futuro cercano. Las consecuencias naturales pueden ser fuertes factores disuasorios. 

3. Pide ayuda en el momento 

Dios nos llama a recurrir a Él cuando somos débiles. Cuando nuestras defensas están bajas, y deseamos ceder, Él espera que lo llamemos. Nos recuerda que Su poder se perfecciona en nosotros cuando admitimos nuestras debilidades (2 Co. 12:10). Dios disfruta dar sabiduría a aquellos que se la piden (Stg. 1:5). Debemos dirigir nuestros ojos a Él en nuestros momentos más débiles y buscar Su liberación.

4. Reemplázalo con un gozo mayor

Una de las mejores estrategias para cambiar un comportamiento es reemplazarlo. Podemos reemplazar nuestros patrones habituales dañinos con patrones saludables. Una caminata corta alivia más el estrés que una bolsa de papas fritas. Un libro intelectualmente estimulante es más saludable que una adicción a los videojuegos.  

Dios ha prometido que nunca nos dejará enfrentar una tentación sin proveer una salida (1 Co. 10:13). Podemos unirnos a Él en este trabajo al planificar actividades agradables de reemplazo para los momentos en que sabemos que seremos tentados a enredarnos en hábitos malsanos. 

5. Cuéntale a un amigo

Finalmente, arrojar luz en los hábitos ocultos en nuestras vidas frecuentemente libera el poder para hacernos libres. Cuando traemos nuestros secretos a la luz, el poder transformador del Espíritu Santo ya está trabajando en nosotros para traernos libertad. Ya sea rindiéndole cuentas a un amigo o buscando asesoría profesional para superar una adicción a largo plazo, recorrer el camino con un seguidor de Cristo, confiable, puede hacer toda la diferencia. 

El deseo de Dios es ver a sus hijos viviendo en abundancia y libertad del pecado (Jn. 10:10). Cristo murió para librarnos del pecado, una vez y para siempre. Si bien los hábitos pecaminosos puede que no mueran fácilmente, comenzamos por estar de acuerdo en que la victoria ya es nuestra y avanzamos en ella un paso a la vez.  

Artículo publicado originalmente en Desiring God | Traducido por Mery Cook

Stacey Pardoe