Cómo tratar a los que difieren de nosotros (Parte 2 )

Este artículo es la parte 2 de una serie de 7 publicaciones, la que muestra con bases bíblicas cómo tratar a aquellas personas que tienen opiniones distintas, especialmente a quienes difieren sobre la fe en Cristo.  

Más allá de lo que una persona dice o escribe, debemos intentar comprender lo que quiere decir. Ahora bien, es cierto que existe lo que se conoce como “lapso freudiano”, que significa que hay personas que no se expresan exactamente de la manera como se debería; pero en el proceso, quizás, logren dar una perspectiva a una tendencia que existe allí dentro de ellos y que los lleva a expresarse de una manera desafortunada, aunque reveladora. Por tanto, supongo que es apropiado tenerlo en cuenta como una nota personal, por así decirlo, a fin de usarlo mientras sea posible en algún momento de la discusión. Pero si alguien no puede expresarse con exactitud, no hay una gran razón para presionar el lenguaje que se utiliza. Debemos tratar de comprender cuál es la implicación de lo que se quiere transmitir. En algunos casos, podemos brindar una oportunidad para que el opositor hable con más exactitud. 

Lo he vivido como experiencia en mi propia casa. He notado que mi esposa a veces dice cosas como ésta: “Tú nunca vacías el cubo de basura”. En realidad, el 12 de enero de 1984, sí vacié el cubo de basura. ¡Por tanto, la palabra “nunca” no es apropiada! Esto tiende a quitarle la fuerza al reclamo de mi esposa.

Bueno, he aprendido que no voy a llegar a ninguna parte insistiendo en este tema. Este tipo de reacciones no produce dividendos de gozo ni de paz en mi casa. He aprendido, por tanto, a interpretar que cuando mi esposa dice “nunca”, quiere decir “rara vez” o “no con la frecuencia que deberías”. Cuando ella dice “siempre”, quiere decir “con frecuencia” o “con más frecuencia de la que deberías”.

En lugar de discutir utilizando las palabras “nunca” y “siempre”, haría mejor en prestar atención a lo que ella considera objetable. Y en efecto, debería vaciar el cubo de basura. Esa es una parte regular del papel masculino en el hogar, ¿verdad? Feminista o no, un esposo y padre debería vaciar el cubo de basura; y por tanto, si fallo en hacerlo, aun cuando fuera una sola vez, hay una buena razón para quejarse. No se gana nada con discutir con cuánta frecuencia se hace esto. Debo reconocer y ser más diligente con esa tarea. 

De manera similar, al tratar con los que difieren de nosotros, no debemos discutir el lenguaje con el fin de atacar a nuestro opositor porque no ha usado palabras precisas. Es más efectivo procurar comprender lo que se quiere decir y relacionarnos con el sentido que esa persona quiere transmitir.

Si no hacemos esto, por supuesto, no habrá un concenso ya que esta persona habla a un nivel y nosotros llevamos el lenguaje a otro nivel; y de ese modo, los dos no nos podremos entender, y es más probable que el resultado sea frustrante. Así que, si realmente queremos entendernos, podemos intentar descubrir el sentido en vez de discutir sobre las palabras que se utilizan. 

Además, pienso que tenemos el deber de procurar comprender las metas de las personas que difieren de nosotros. ¿Qué es lo que buscan? ¿Qué es lo que los motiva? ¿Qué es aquello a lo que se oponen? ¿Cuáles son las experiencias , quizás trágicas, que los han forjado y les han llevado a tener tal postura? ¿Qué les causa temor y qué cosas anhelan? ¿No hay, acaso, algo que temo o que anhelo de la misma manera que ellos? ¿No hay alguna posibilidad de encontrar un punto de contacto desde el comienzo en vez de seguir adelante con un tono completamente defensivo u hostil? 

Como ejemplo, se puede observar que en el siglo IV, Arrio, e indudablemente muchos de quienes lo apoyaban, tenían especialmente un recelo con el modalismo, un error grave en el concepto de la Trinidad a través del cual,  la Divinidad se manifestó a Sí mismo en tres formas o modos sucesivos como Padre, Hijo y Espíritu Santo, en vez de que los tres existían eternamente y que tenían una relación interpersonal.

Desde la perspectiva de Arrio, la doctrina ortodoxa de la Deidad completa del Hijo y del Espíritu Santo implicaba, por necesidad, una visión modalista. No servía de mucha ayuda que uno de sus opositores vocales, Marcelo de Ancira, de hecho, se inclinara peligrosamente hacia el modalismo.

Los argumentos diseñados para demostrar los puntos Fuertes bíblicos y lógicos de la doctrina de la Deidad completa del Hijo o viceversa y la debilidad del subordinacionismo de Arrio no tenían la probabilidad de ser efectivos a menos que se tratara el temor instintivo de un modalismo implícito y se demostrara sin fundamentos sólidos. Con todo el respeto debido a la firmeza, valentía y perseverancia de hombres como Atanasio e Hilario, quienes resistieron al arrianismo de manera consistente, alguien puede preguntarse si un método más efectivo de tratar con este error podría no haber servido para disipar el temor de que la ortodoxia condujera inevitablemente al modalismo. 

En cuanto a la controversia entre el calvinismo y el arminianismo, debe percibirse que el hecho de que muchos arminianos (posiblemente, casi todos) conciben la afirmación de que la completa soberanía de Dios implica inevitablemente un rechazo a todo tipo de libre albedrío, el poder de decisión e incluso, la responsabilidad de los seres racionales creados, sean angélicos o humanos. Su apego a estos detalles los lleva naturalmente a oponerse al calvinismo tal como ellos lo entienden. Es imprescindible que los calvinistas controversiales que afirmen y demuestren que, de hecho, no niegan ni rechazan estas modalidades de las acciones y decisiones de los agentes morales, se comprometan también a mantenerlas, aunque su relación lógica con la soberanía divina siga envuelta en un misterio que trasciende nuestra lógica humana finita. 

De manera similar, los calvinistas no deben ser simplistas al concluir que los arminianos evangélicos abandonan la noción de la soberanía divina por defender la libertad de la voluntad humana. Es claramente obvio que los arminianos oran por la conversión de los incrédulos y que desean reconocer el señorío de Dios. Los arminianos harán bien en enfatizar esto en la discusión con los calvinistas para brindar una percepción más clara de la postura real de ambas partes. Es notable que los calvinistas comprometidos pueden cantar sin reservas muchos de los himnos de Charles y John Wesley, y del mismo modo, la mayoría de los arminianos no sienten la necesidad de hacer objeciones a los de Isaac Watts o los de Augustus Toplady. 

En resumen, diría que tenemos el deber de tratar a nuestros opositores de tal manera que perciban que tenemos un interés verdadero en ellos como personas, que simplemente, no estamos tratando de ganar un debate o demostrarles lo inteligentes que somos, sino que estamos profundamente interesados en ellos y que estamos deseosos de aprender de ellos, así como también de poder ayudarles. 

Un método que he notado que es útil para asegurarme de que he tratado justamente con una posición que no comparto es asumir que una persona que tiene esa perspectiva está presente en mi audiencia (o que está leyendo lo que yo había escrito). Entonces, mi propósito es representar la perspectiva con fidelidad y de forma completa sin mezclar la crítica con declaraciones objetivas; de hecho, tan fiel y completa que un adherente a esa posición pudiera comentar, “¡Este hombre ciertamente comprende nuestra opinión!” Sería algo increíblemente Bueno si uno pudiera decir, “¡Jamás pudo haberlo dicho mejor!”. Entonces, esto puede otorgarme el derecho de criticar. Pero antes de proceder a hacerlo, resulta adecuado únicamente si yo he demostrado que tengo un entendimiento correcto de la posición que deseo evaluar. 

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Dr Roger R. Nicole
El Dr. Roger R. Nicole (10 de diciembre de 1915, 11 de diciembre de 2010) fue un teólogo Bautista Reformado nacido en Suiza, considerado durante mucho tiempo como uno de los teólogos más destacados de América. Fue profesor emérito de teología en el Seminario Teológico Reformado de Orlando, Florida. También fue profesor emérito del Seminario Teológico Gordon-Conwell. Devoto de las matemáticas y prolífico escritor, produjo unos 100 artículos y contribuyó con cincuenta libros y obras de referencia. Bibliófilo y distinguido bibliotecario con una colección masiva, fue dueño de los Comentarios de Calvino sobre los Evangelios y Hechos y otros volúmenes de los siglos XVI y XVII.