Cómo tratar a los que difieren de nosotros (Parte 4 )

Este artículo es la parte 4 de una serie de 7 publicaciones, la que muestra con bases bíblicas cómo tratar a aquellas personas que tienen opiniones distintas, especialmente a quienes difieren sobre la fe en Cristo.  

 ¿Cuáles son los peligros? 

De los que difieren de mí, puedo aprender que no me he apercibido lo suficiente de ciertos peligros a los que se expone mi opinión y contra los que necesito estar en guardia de manera especial. Notablemente, puedo descubrir que pueden haber grandes objeciones a las que hasta ahora no les había prestado la atención suficiente. Nuevamente, debo estar agradecido por el servicio de señales que me brinda mi opositor. En vez de estar disgustado por la oposición, debería afrontar el desafío de presentar mi opinión con las medidas de seguridad apropiadas y hacerlo de manera tal que pueda anticiparme a las objeciones que con toda probabilidad pudieran surgir. 

Por ejemplo, considera cómo los teólogos de Westminster expresaron la doctrina de los decretos de Dios (Confesión III/I). 

Dios desde la eternidad, por el sabio y santo consejo de su voluntad, ordenó libre e inalterablemente todo lo que sucede. Sin embargo, lo hizo de tal manera, que Dios ni es autor del pecado, ni hace violencia al libre albedrío de sus criaturas, ni quita la libertad ni contingencia de las causas secundarias, sino más bien las establece. 

Las tres proposiciones que le siguen a “Sin embargo, lo hizo de tal manera” están diseñadas específicamente para guardarnos de malas interpretaciones y para responder a las objeciones que comúnmente hacen los arminianos o los teólogos de esa corriente. La sabiduría particular de colocar estas medidas de seguridad en el primer artículo de este capítulo es el fruto de las experiencias amargas vividas durante más de medio siglo de controversia que dieron lugar a una expresión rica, equilibrada y matizada de la verdad en las Normas de Westminster. 

En Francia, a ciertas barreras que se colocan en los puentes, las terrazas o en los muelles se las conoce como “garde-fous; es decir, medidas de seguridad para los locos. Brindan una cerca para evitar que los descuidados caigan al vacío. Los que disienten de nosotros nos brindan una oportunidad para determinar las zonas de peligro en nuestras opiniones y construir garde-fousallí. Sería una pena si fracasáramos en aprovechar tales oportunidades. 

¿Qué sucede con las ambigüedades? 

De los que tienen objeciones, podemos aprender que no nos estamos comunicando como debiéramos y que ellos no entendieron correctamente lo que quisimos decir. En esto, también podemos beneficiarnos, pues el propósito de hablar (o escribir) es para comunicar algo. Si no lo comunicamos bien, podríamos también permanecer en silencio. Y si no logramos comunicar apropiadamente lo que pensamos, tendremos que aprender a hablar mejor. Si persisten las ambigüedades, y parece que es así por la manera en que reacciona la otra persona, entonces seremos desafiados a realizar una presentación que sea más clara, más completa, más saludable y que pueda comunicar algo de la mejor manera posible. 

A este respecto, tenemos precedentes bíblicos. El apóstol Pablo, por ejemplo, se anticipaba a las objeciones que podrían surgir de las malas interpretaciones de su doctrina. En Romanos 6:1 escribe: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera”. Esta objeción proporciona una plataforma de lanzamiento para expresar sus pensamientos de una forma más completa para no permitir que sus lectores se desviasen, sino que tuvieran un entendimiento apropiado de la verdad. Hay muchos ejemplos de este enfoque en los escritos paulinos. (Romanos 3:3; 6:15, 19; 7:7, 13; Gálatas 2:17, 19 etc.). Incluso nuestro Señor se esforzaba por parafrasear o amplificar algunas de sus afirmaciones para el oyente que no había entendido correctamente en una primera instancia (Mateo 13:18-23; 37-43; Juan 11:12-14, etc.). 

El esfuerzo que hagamos para aclarar nuestros pensamientos a los demás a menudo dará lugar a que se nos aclaren a nosotros mismos. De este modo, podemos garantizar un apego más firme a la verdad, un mejor entendimiento de sus implicaciones, y una relación con otras verdades, una forma más efectiva de expresarlas e ilustrarlas. Estos son beneficios que tenemos que agradecerles a los que difieren de nosotros. 

Cuando le damos la atención debida al deber que tenemos para con los que difieren de nosotros y lo que podemos aprender de ellos, es posible que seamos menos propensos a proceder de manera hostil. Nuestra mano no estará tan propensa a convertirse en un puño de boxeo, sino que se extenderá como un instrumento de Amistad y de ayuda; nuestros pies no se usarán para pisotear al otro, sino que nos acercarán a los que están lejos; nuestra lengua no se usará para arremeter con amargura y sarcasmo, sino para pronunciar palabras sabias, llenas de gracia y sanadoras. (Proverbios 10:20, 21; 13:14; 15:1; 24; 26; 25:11; Santiago 3)