Confiando en un Dios providente

Dios es providente, es decir que todo cuanto ocurre en la creación, Dios lo prevé y ha planeado de antemano para sus buenos propósitos. No es que Dios reacciona ante los problemas surgidos en la humanidad caída y por tanto actúa, sino que actúa conforme a su propósito eterno que se ha propuesto en sí mismo; reunir todas las cosas en Cristo, las que están en el cielo y en la tierra, por siempre (Efesios 1).

Por eso vemos que la obra de Dios en nosotros no es una obra acabada, sigue en ejecución. Él aún hoy sigue trabajando para la gloria, dirección y señorío de Jesús en las naciones, en nuestra familia y en nuestro corazón. El “te haré entender y te enseñaré el camino en que debes andar” (Sal. 32:8) sigue sucediendo hasta hoy.

Es por su providencia que somos enseñados por su gracia a renunciar a la impiedad y vivir piadosamente (Tito 2:11-13). Por ella somos sostenidos firmes creciendo en la gracia y conocimiento de nuestro Señor Jesús (2 Pedro 3:17-18). Por su providencia aguardamos la esperanza del regreso glorioso de nuestro Señor Jesús. En fin, por su providencia todo sucede.

En la Biblia, el libro de Ester ilustra magistralmente la providencia de Dios, y nos ayuda a entender cómo Dios obra de manera orquestada todos los hechos de la historia, de las sociedades y de la vida de los individuos para la ejecución de su obra redentora.

Si Dios ha sido providente para un tiempo como hoy

Toda la narrativa del libro de Ester; el repudio de Vasti, la elección de Ester, la conspiración de Amán contra los judíos, la intercesión de Ester por su pueblo. Todo fue planificado por Dios y enmarcado en la pregunta más hermosa y desafiante de este libro: ¿Quién sabe si para un tiempo como este has llegado al reino? (Ester 4:14).

Esa pregunta es para nosotros también. Si nuestra función en la sociedad y los bienes materiales que Dios mismo nos ha dado no sirven a la obra de Dios, entonces esa vida que hemos construido, esos éxitos, logros, profesión, trabajo; se convierten en una esclavitud para nosotros. Todo cuanto vivimos, poseemos y somos, ha sido planificado por Dios para darle gloria siendo parte de su obra.

Si no estamos dispuestos a perder el palacio entero y nuestra posición por causa de Cristo y su  obra, estamos desperdiciando nuestra vida. Esto es lo que Jesús enseñó a sus discípulos cuando dice “el que quiera ganar su vida en este mundo la perderá, pero el que la pierda por causa de mí la hallará para vida eterna”.

En otras palabras, si has llegado hasta aquí, si tienes el trabajo que tienes, la función, la edad, la experiencia, la empresa, el dinero, la imagen, la fama; es para la obra de Dios, para colaborar en que todos crean que Jesús es Dios y se arrepientan. De nada nos serviría lo que Dios nos ha dado por gracia, si ello no lo ocupamos para su obra, esto es lo que Ester aprendió.

El pueblo judío fue preservado y salvado por la identificación y la intercesión de Ester; ella actuó a pesar de que le podría haber costado su vida. Ella fue a rogar por misericordia al Rey, y el favor del mismo por su intercesión le fue imputado al pueblo a manera de justicia. Esa identificación y sacrificio es un símbolo del sacrificio de Jesús para nuestra redención y cómo su justicia nos fue imputada por su muerte.

Todo lo ocurrido en el libro de Ester tenía un propósito: preservar al pueblo de Israel porque de él vendría el Mesías prometido. Todos los libros de la Biblia tratan de Jesús y Ester no es la excepción, así como toda la Biblia apunta a Jesús, así toda obra de Dios busca que creamos en Jesús y admiremos lo que Él hizo por nosotros. Todo se trata de Jesús, por Él y para Él es todo.

Confiando en su providencia disfrutemos la Gloria de Dios en Jesús

Sabemos que todos los hechos de nuestra vida han sido planificados por Dios para Su gloria, incluyendo los fracasos, éxitos y los tiempos de prueba así como los de paz. Pero si reconocemos que su providencia tiene como fin la preeminencia y gloria de Jesús, podremos vivir en confianza plena en Dios y su gracia providente por dos razones.

La primera, porque si sabemos con certeza que Dios está llevando y completando su obra perfecta sobre nosotros, entenderemos que Él no sólo tiene el control de todo cuanto enfrentemos, sino que además está envuelto Su santo propósito en ello.

En segundo lugar, si nuestra existencia tiene pleno sentido solo cuando vivimos para Jesús; con gusto cumpliremos la obra que Dios nos ha encomendada: proclamar, enseñar y aconsejar presentando a Jesús a todos los hombres perfectos y maduros en Él (Col. 1:28).