Cuando la queja se une al chisme

Es por una Buena razón que el apóstol Pablo fue considerado uno de los líderes más importantes de la primera generación de cristianos. Él fue el primer líder teólogo, pastor, misionero y plantador de iglesias de la iglesia primitiva. También, fue el primer ejemplo principal de la fe cristiana. Por medio de la descripción de su vida en el libro de los Hechos y los detalles biográficos que aparecen en las diferentes epístolas, lo vemos dar el ejemplo de cómo debe vivir un cristiano. De hecho, él vivió una vida tan piadosa que él podía, en humildad y bajo la inspiración del Espíritu Santo, decir a los demás: “Sed imitadores de mí”. Los que sigan de cerca sus instrucciones y su ejemplo vivirán vidas que sean agradables a Dios.

En sus escritos, Pablo trata una gran cantidad de problemas relacionados con la doctrina y la vida cristianas. Él describe lo que los cristianos deben creer y luego les dice, con base en dichas creencias, cómo deben vivir. En Filipenses 2:14–15, habla sobre la queja, un tema de pertinencia duradera. Sabiendo que la iglesia en Filipos se encontraba en un momento de prueba que pronto se convertiría en un brote de persecuciones, Pablo estaba deseoso de asegurarse de que los creyentes la soportaran sin pecado. Él sabía que sus actitudes y acciones en medio de aquellos tiempos desafiantes iban a honrar o deshonrar al evangelio de Jesucristo. No solo eso, sino que sus actitudes y acciones iban a atraer o a repeler a los incrédulos que fueran testigos de ellas.

Mientras Pablo llama a estos creyentes a soportar la persecución de Buena manera, él conecta dos palabras relacionadas al instruir a la iglesia a “[hacer] todas las cosas sin murmuraciones ni discusiones”. Las dos palabras tienen que ver con los conflictos interpersonales. En este punto, la principal preocupación de Pablo no era que estos creyentes se revelaran contra la soberanía providencial de Dios en sus circunstancias, sino que la prueba hiciera que ellos se vuelvan unos contra otros. Los ataques externos pronto se unirían a las discusiones internas e inevitablemente, la iglesia caería en un caos. Por eso, cuando él se refiere a la queja, nos advierte acerca de hacer comentarios negativos sobre otros miembros de la iglesia a sus espaldas. Cuando se refiere a las discusiones, nos advierte acerca de los debates sin sentido o de las rencillas agresivas. Lo primero amenaza la unidad por medio del chisme pecaminoso, mientras que lo segundo amenaza la unidad por medio de la confrontación pecaminosa. Según el grado de la interrupción de la unidad cristiana, se debilitará el testimonio cristiano.

Existen por lo menos dos clases de queja que son populares en nuestra cultura actual y ambas son una tentación para los cristianos contemporáneos. La primera es lo que yo llamo la “queja informal”. Esta es una forma poco grave de expresar el descontento acerca de otras personas y se hace a menudo bajo capa de humor. Se dice con la intención de provocar risas, pero tras el chiste se esconde el hecho de que hemos incurrido en el chisme enormemente grave, el cual resulta destructivo para la unidad cristiana. Además, existe lo que podríamos llamar “queja directa”, que evita cualquier disfraz de humor o intento de respetabilidad. En este caso, hablamos directamente con otra persona sobre alguien que no está presente. La queja se une al chisme cuando hablamos negativa y abiertamente de sus acciones o actitudes. En vez de seguir la guía bíblica y hablar directamente con quien nos ha ofendido, hablamos con otra persona o con todos. Invariablemente, esto erosiona las relaciones en la iglesia y fomenta la falta de unidad.

Luego, por supuesto, existe lo que Pablo  menciona como “discusiones”. Las discusiones son las confrontaciones airadas o poner comentarios en las redes sociales. Es acercarse a otra persona y tratar su pecado de manera pecaminosa o con lo que se puede percibir como una ofensa. Es hacer público algo que se debe mantener en privado, y tratar con enojo lo que se debe tratar con gracia. Es fomentar la desunidad en lugar de perseguir la paz. En ambos casos, vemos que la queja y las discusiones no son meramente acciones, sino evidencias de una disposición. No son solamente palabras de nuestra boca, sino actitudes de nuestros corazones. Simplemente, no reflejan algo que hacemos, sino que reproducen lo que somos.

Como cristianos, somos responsables de mantener la unidad de nuestras iglesias locales y al hacerlo, necesitamos proteger nuestra relación con nuestros hermanos y hermanas. Cuando nos enfrentamos a la tentación de quejarnos y discutir, necesitamos mirar —hacia atrás, hacia arriba y hacia adelante. Primero, necesitamos mirar hacia atrás, a la cruz, a Jesús Quien, aunque era Dios, sin quejarse, “se despojó a sí mismo tomando forma de siervo” y se humilló a sí mismo “haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. (Fil. 2:8). Si alguien tenía razones para quejarse, ese era Jesús; sin embargo, no pronunció queja alguna. Luego de haber mirado hacia atrás, podemos mirar hacia arriba para ver los buenos propósitos y la providencia amorosa de Dios en nuestras vidas. Incluso nuestras circunstancias más difíciles han sido ordenadas por Aquel que prometió que Él se ocupa de que “todas las cosas [cooperen] para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito” (Rom. 8:28). Y luego podemos mirar hacia la consumación futura, cuando veremos que “los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada” (v. 18).

Mientras el pecado permanezca en nosotros, seguirán habiendo conflictos en la iglesia. Aunque esto sea algo desafortunado, también resulta inevitable. Habrá ocasiones en que cuando estaremos en desacuerdo con los demás. Habrá ocasiones en que necesitaremos confrontar a otras personas por sus acciones o actitudes pecaminosas o discutir o contender con otros por la verdad y proteger el evangelio. Pero ambas cosas se deben hacer con amor y gracia. Ambas se deben ver como oportunidades para propiciar la unidad en vez de fomentar la separación. Ambas se deben ver como amenazas al llamado a brillar como luminares en esta generación oscura y necesitada.