Cuando es momento de recordar todas las cosas necias que has dicho 

No queremos vivir en el pasado ni detenernos en pecados anteriores. En general, no mucho bien viene de pensar en las cosas imprudentes que hemos dicho, o las cosas incorrectas que hemos hecho. Confiamos en que Dios ha perdonado completa y finalmente nuestros pecados, y hacemos bien en dejar el pasado en el pasado. 

Pero la Biblia hace al menos una excepción. Hay al menos una vez en la que podemos beneficiarnos en detenernos a pensar sobre nuestra vergonzosa historia. Salomón lo explica en Eclesiastés 7:21-22: “Tampoco tomes en serio todas las palabras que se hablan, no sea que oigas a tu siervo maldecirte. Porque tú también te das cuenta que muchas veces has maldecido a otros de la misma manera”. 

Somos demasiado desenfrenados con nuestras palabras. A menudo decimos más de lo que debemos decir. “En las muchas palabras, la transgresión es inevitable, mas el que refrena sus labios es prudente” (Pro. 10:19). Pero no restringimos nuestros labios y, por lo tanto, no estamos faltos de pecado. Somos imprudentes, y vienen palabras vanas. 

Usamos nuestras palabras para hablar de los demás, incluso de las personas que amamos y admiramos. Nos quejamos de ellos, revelamos información sobre ellos. A menudo ni siquiera queremos realmente decir lo que decimos. A menudo las palabras que salen de nuestra boca son más duras que los pensamientos en nuestras cabezas, o los sentimientos en nuestros corazones. Nos burlamos de la gente. Nos burlamos de ellos por sus excentricidades. Nos reímos de mal gusto contando sus defectos y debilidades. Aunque no tenemos ninguna malicia real hacia ellos, todavía decimos cosas maliciosas, todavía contamos momentos incómodos. Está mal, es vergonzoso y es demasiado común. 

Por supuesto, tenemos un doble estándar. Cuando nos enteramos de que otros nos han tratado de esta manera, estamos indignados. Cuando nos encontramos con que alguien ha hablado palabras descuidadas sobre nosotros, nos enojamos, nos ponemos a la defensiva, exigimos justicia. Y aquí mismo Salomón nos detiene. “Tampoco tomes en serio todas las palabras que se hablan, no sea que oigas a tu siervo maldecirte. Porque tú también te das cuenta que muchas veces has maldecido a otros de la misma manera”. Es cuando tú has pecado hacia otros de esta manera que es sabio pensar en tu propio pecado, pensar en lo que has hecho antes, pensar en las muchas veces que has cometido esa misma transgresión. 

Cuando pienses de nuevo en esos pecados, verás qué tan a menudo no quisiste realmente decir lo que dijiste. Estabas expresando pecado, pero no odio; estabas murmurando sin sentido y pecaminosamente, pero no sobre la base de una ira real. Estabas siendo un tonto, estabas actuando malhumorado, estabas siendo flojo de labios, estabas tratando de hacer que la gente se riera. Dijiste cosas que no debiste haber dicho. ¡Pecaste! Pero no fue porque odiaste a esa persona o sentiste una aversión profunda. No fue más que una charla imprudente. 

Cuando escuchas cómo otros han hablado de ti, no reacciones exagerado. Un momento de reflexión te recordará que has hecho lo mismo un millón de veces.  Si tus amigos pudieran escuchar lo que has dicho sobre ellos, no tendrías amigos. Si tus compañeros miembros de la iglesia pudieran escuchar cómo has hablado de ellos, se preguntarán por qué eres parte de ellos. Sabes que muchas de estas palabras fueron ociosas, rezongos nada gratos y divagaciones sin sentido. Y sabes que eso mismo es cierto de mucho de lo que te han dicho. Cuando escuches lo que han dicho, piensa en lo que has dicho. Extiende la gracia y sigue adelante. 

 

Artículo publicado en el blog de Tim Challies | Traducido con permiso por María Andreina