Desesperadamente buscando trascendencia

La iglesia, una institución cuya existencia trasciende la historia presente, lucha por proveer a sus miembros lo que trae su bien mayor: la trascendencia. 

La iglesia no fue construida por hombres. No fue creada por una agencia. No tiene origen terrenal. La iglesia es la idea de Dios. La iglesia tiene existencia por una única razón: Dios lo soñó y lo hizo realidad. Dios lo empezó. Dios quería que existiera. 

Como pueblo de Dios, la iglesia se trata más del cielo que de la tierra. No es como si la tierra hubiese creado a la iglesia. El cielo creó a la iglesia. La iglesia solo vive porque el Padre quiso formar un pueblo para sí mismo por la sangre de su Hijo y el sello de su Espíritu (Ef. 1). Si quitas a Dios, no hay iglesia. No hay adoración. No hay un pueblo de Dios. 

Es extraño, entonces, que las iglesias persigan la inminencia en su adoración semanal. Qué extraño que las iglesias se esfuercen “por hacer que la gente se sienta cómoda” en sus servicios. No hay nada pintoresco en adorar a Dios en la Biblia. Aunque vemos la adoración en términos anodinos (insignificantes) ya sea que pensemos que se trata únicamente de luces tenues y guitarras bonitas, los centros de adoración bíblica tienen deberes sagrados: leer la Palabra, confesar nuestro pecado, cantar himnos a Dios, sentarse bajo la Palabra predicada. Estas no son actividades inherentes. Son deberes sagrados y apartados para la iglesia.  

Cuando nos reunimos para el servicio de adoración semanal, nos reunimos como aquellos hambrientos de Dios y hambrientos de trascendencia. Hemos estado nadando toda la semana en lo normal, trivial, terrenal, ordinario y natural. Necesitamos lo anormal. Necesitamos lo esencial. Necesitamos lo celestial. Necesitamos lo extraordinario. Necesitamos lo que está por encima de la naturaleza. Necesitamos lo sobrenatural. Esto es lo que nos da la adoración semanal. No nos da fundamentalmente un pequeño “toque del Señor”, como si todo lo que necesitáramos fuera una palmadita divina en el hombro, una sonrisa rápida de una deidad que cruza el pasillo. Nos da un roce con Dios. Nos escondemos junto a Moisés en la hendidura de la roca, esperando con expectación y reverencia el paso del resplandor de la aparición de la gloria de Dios. No parloteamos mientras esperamos; no hacemos bromas mientras observamos; no ofrecemos monólogos internos mientras estamos sentados. Apenas podemos respirar, ni mucho menos hablar, pues el espectro de la santidad de Dios se vislumbra al escuchar la Palabra. 

La adoración semanal es menos como un concierto de rock y más como una caminata en los Alpes suizos. Es menos como un debate de podcast y más como una tormenta. Es menos como la terapia de grupo y más como el despegue del transbordador espacial. La adoración semanal nos bendice con lo que no tenemos, y nos da lo que no podemos ofrecer: la trascendencia. Una visión fresca de la santidad de Dios. Un encuentro como el pueblo del pacto de Dios con nuestro Dios. Esta es una experiencia que no es como cualquier otra cosa. No hay consecuencia de la adoración corporativa del Dios viviente. No hay paralelo. No hay manera de hacerlo como otras cosas porque no es como otras cosas. Me recuerda, al tratar de captar sus sentimientos, lo que dijo C. S. Lewis cuando leyó cuentos antiguos de las tierras del norte. 

Me envolvió la pura ´norteñidad´: una visión de enormes espacios despejados que colgaban sobre el Atlántico en el interminable crepúsculo del verano norteño, la lejanía, la severidad…. y casi al mismo tiempo supe que ya lo había visto antes, hace mucho, mucho tiempo”. 

Aire alpino. La lejanía. Severidad. Junto con el verdadero calor alimentado por el Espíritu y el fuego ardiente de la predicación del evangelio que da la bienvenida a cada pecador al altar del arrepentimiento, la iglesia ofrece esto. Es una fábrica de trascendencia, un bosque de aire fresco espiritual, un cuerpo vivo que se reúne en la tierra para dirigirse al cielo.  

Hacemos bien en dirigirnos nosotros mismos y estructurar nuestros servicios como corresponda y sea debido.