El deber de la diligencia

De los muchos legados de la Reforma protestante, pocos han tenido un impacto tan grande y de tanto alcance como el redescubrimiento de la comprensión bíblica de la vocación. Antes de la Reforma, las únicas personas que se consideraba que tenían una vocación o llamado eran las que se ocupaban a tiempo completo en el trabajo de la iglesia: frailes, monjas, o sacerdotes. Como escribe Gene Veith: «Las ocupaciones ordinarias de la vida —ser un campesino o cocinera, fabricar herramientas o ropa, ser un soldado o incluso un rey— se reconocían como necesarias pero mundanas. Tales personas podían ser salvas, pero estaban atrapadas en el mundo. Para servir a Dios plenamente, para llevar una vida verdaderamente espiritual, se requería un compromiso a tiempo completo».

Pero cuando los reformadores volvieron a la autoridad y suficiencia de la Palabra de Dios, descubrieron que si bien el ministerio a tiempo completo era una vocación, en absoluto era la única. Ellos vieron que cada uno de nosotros tiene una vocación y que cada vocación tiene una dignidad y valor a los ojos del Señor. Todos podemos honrar a Dios en el trabajo que hacemos. Debemos discernir la vocación que Dios nos ha dado y dedicarnos a ella.

No obstante, hoy podemos perder de vista lo que los reformadores recuperaron, y si no volvemos constantemente a la Palabra de Dios y le permitimos que nos moldee, pronto volveremos a caer en un desdén hacia el trabajo ordinario. Es alentador encontrar hoy a muchos pastores y autores cristianos indagando qué significa ser un cristiano ordinario realizando un trabajo ordinario como parte de su vida ordinaria. Es alentador ver a estos líderes afirmando el valor de todas las vocaciones, desde la plomería hasta la escritura, desde el pastorado a la atención de la casa, desde la ingeniería a la aviación. Es alentador ver a cristianos respondiendo con confianza para asumir el deber de la diligencia, nuestra próxima área a considerar en «Los diez deberes de todo cristiano».

Una vida agradable a Dios

La iglesia en Tesalónica tenía un pequeño problema. Era una iglesia fuerte, una iglesia madura, una iglesia floreciente. Era una iglesia tan marcada por el amor que Pablo pudo elogiarlos en los términos más vívidos: «En cuanto al amor fraternal, no necesitan que les escribamos, porque Dios mismo les ha enseñado a amarse unos a otros. En efecto, ustedes aman a todos los hermanos que viven en Macedonia» (1 Tesalonicenses 4:9-10). El amor entre los creyentes en esta congregación era tan fuerte que desbordaba en expresiones de amor por los creyentes de toda la región. Esta era una iglesia ejemplar. No obstante, tenía un pequeño problema, un problema con la ociosidad.

En esta carta, Pablo responde preguntas que había recibido de las personas de esta congregación. Aparentemente, una de las preguntas era algo como esto: ¿cómo podemos llevar una vida que agrade a Dios? (ver 4:1-12). Se les había hablado del mandato de la creación de Dios, que Dios nos creó y nos puso en esta tierra para que pudiéramos ejercer dominio sobre ella como sus representantes. Se les había hablado de la Gran Comisión de Cristo, que su pueblo debe llevar el evangelio hasta los más remotos rincones de la tierra, y a medida que cada vez más personas salen de las tinieblas a la luz, educarlas en las cosas del Señor.

Esta iglesia conocía aquellos mandatos generales, pero ellos habían acudido a Pablo en busca de una orientación específica. ¿Qué implica para gente ordinaria en lugares ordinarios en tiempos ordinarios vivir el mandato de la creación y la Gran Comisión? ¿Se requiere ministerio a tiempo completo? ¿Se requiere mudarse al sitio más lejano del planeta? ¿Cuál es la vida que agrada a Dios? Tal vez incluso se estaban preguntando si el trabajo era necesario o aconsejable puesto que sabían del inminente retorno de Cristo. «Si él va a volver de todos modos, ¿qué sentido tiene trabajar? ¿No debería solo leer mi Biblia, orar y esperar?».

La respuesta de Pablo es sorprendente. Él aborda tres asuntos: la moralidad sexual, la iglesia local, y el trabajo. Primero les habla de la importancia de someterse al propósito de Dios para la sexualidad y enfatiza la necesidad del autocontrol. Luego los elogia por su amor y los alienta a proseguir en su conducta ejemplar. Finalmente, vuelve al tema del trabajo y les habla de la importancia de la diligencia, dándoles sencillas instrucciones que trascienden el tiempo, la geografía y la cultura.

Hermosa diligencia

Bajo este encabezado de la «diligencia», les dice a los tesalonicenses que vivan tranquilamente, se ocupen de sus propias responsabilidades, y trabajen con sus manos. Cuando les dice que vivan con tranquilidad, quiere decirles que estén contentos con ser desconocidos e inadvertidos, que su ambición sea ser libres de ambición mundana. Deben estar conformes con su suerte y saber que esta contenta diligencia es su mejor forma de honrar a Dios. Cuando Pablo les dice que se ocupen de sus propias responsabilidades, quiere decirles que se enfoquen en su propio trabajo y eviten ser entrometidos. Y cuando les dice que trabajen con sus propias manos, quiere decirles que continúen en su labor, incluso (o especialmente) si esa labor implica trabajo manual. Él podía llamarlos a todo esto porque el trabajo de ellos tenía valor intrínseco simplemente porque era su llamado: la vocación que Dios les había dado.

Hasta donde sabemos, aquí Pablo no le estaba escribiendo a un grupo de nuevos cristianos. Él no les estaba dando las instrucciones básicas para sus primeros años, esperando que finalmente se graduaran para pasar a cosas mejores y más difíciles. Al parecer esta iglesia es fuerte y espiritualmente madura, y no obstante la palabra de Pablo para ellos es muy sencilla: honren y glorifiquen a Dios mediante su vida ordinaria. Dios pretende que sean diligentes en el trabajo al que los ha llamado. A él le agrada su diligencia y es glorificado en ella.

A medida que aplicamos esta instrucción a nuestra propia vida debemos admitir nuestra tendencia a la pereza, a sucumbir ante el millón de distracciones que nos rodean cada día. Luego tenemos que admitir que a veces desvaloramos o aminoramos el trabajo ordinario, pensando que los llamados «sagrados» poseen mayor valor y dignidad. Frente a tales mentiras, debemos reafirmar la simple verdad de que Dios nos hizo para trabajar, para ejercer dominio sobre la tierra y todo lo que hay en ella y, más allá de eso, esforzarnos por difundir el evangelio a los lugares más lejanos. Tenemos que clarificar en nuestra propia mente y corazón que Dios no espera que todos dejemos atrás un legado que cambie el mundo y que algún día sea el tema de grandes biografías. Más bien estamos llamados a llevar una vida ordinaria, tranquila pero diligente en el preciso lugar donde estamos, usando las habilidades, los dones y las pasiones que Dios nos ha dado. Una vida sencilla de tranquila diligencia es una vida que agrada a Dios y es digna de su nombre.

El peligro de la diligencia

Con todo, incluso algo tan bueno como la diligencia se puede usar inadecuadamente. Los hipócritas religiosos pueden enfatizar el trabajo arduo a costa de la moralidad, esperando que la enorme cantidad de sus logros enmascare su depravación. Muchos falsos maestros prosperan en la iglesia porque sus seguidores se impresionan fácilmente con los logros. Entretanto, los engañadores religiosos pueden ser diligentes y laboriosos, y no obstante su diligencia solo aspira a acumular tesoros en la tierra en lugar de en el cielo. Ellos usan su arduo trabajo y ministerio para beneficio personal, no de los demás.

Incluso los cristianos genuinos pueden usar indebidamente la diligencia cuando la ven inconscientemente como un medio de justificación, como si su diligencia ameritara el favor de Dios. Especialmente los pastores y otros líderes de la iglesia pueden enfrentar esta tentación, convencidos de que merecen más de las bendiciones o el favor de Dios debido a su arduo trabajo. Cuando encuentran dificultades o sufrimiento, pueden apelar a su arduo trabajo, como si Dios les debiera el alivio por aquel motivo. Si bien Dios nos llama a ser diligentes, esa diligencia es una expresión de nuestra justificación, no el medio para ella.

El deber de la diligencia

Dios nos ha puesto en esta tierra para que podamos trabajar, para que seamos diligentes en llevar a cabo su voluntad. Cualquier falla en ser diligente es una grave transgresión. Thomas Watson se refiere a las personas ociosas como «pelotas de tenis de Satanás», a las que lanza arriba y abajo con la tentación hasta que al final las arroja por encima de la cerca. Asimismo, Charles Spurgeon compara a las personas ociosas con un blanco y a Satanás con un experto tirador que rara vez erra. Él advierte: «Los ociosos tientan al diablo a que los tiente».

La ociosidad es una tentación grave, pero también lo es el disminuir el valor de cualquier forma de trabajo legítimo. Dios nos ha puesto en esta tierra para que podamos llevar vidas ordinarias llenas de tareas ordinarias. Es importante recordar que Pablo siguió su propia instrucción, trabajando con sus propias manos en la sencilla vocación de fabricación de tiendas, convencido de que mediante esa labor se ganaba «el respeto de los que no son creyentes, y no [tenía] que depender de nadie» (4:12). Es aún más importante recordar que durante las primeras tres décadas de su vida, Jesús fue carpintero, y realizó diligentemente una labor sencilla, de manera que cuando por fin salió a su ministerio público, sus vecinos preguntaban: «¿No es acaso el carpintero?» (Marcos 6:3). Todo trabajo posee valor y dignidad. Honramos y servimos a Dios por medio del sencillo y hermoso deber de la diligencia.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en Challies.com.