Soldados de Jesucristo

El domingo antes de las 95 Tesis

El carrillón sonó desde el campanario. Tiempo de congregarse para la misa.

Sin embargo, este no era un domingo normal. Alguien nos dijo que escucharíamos una homilía. Por lo general, sólo escuchamos homilías en la Cuaresma o Adviento, así como en el día de fiesta del patrón de nuestra iglesia. Pero era el mes de octubre, y no estábamos seguros de por qué escucharíamos una homilía en octubre.

Entonces Jonás, el comerciante de tela, dio una explicación. Los negocios de la semana pasada lo llevaron a la ciudad al otro lado de la colina. Todos sus clientes todavía estaban tambaleándose por lo que habían oído el domingo anterior. Su sacerdote leyó una homilía que sólo podía describirse como un cuento de terror. Describió a parientes muertos gritando de dolor en el purgatorio. Se puso la mano en la oreja y se inclinó hacia el suelo como si pudiera oír los gemidos. Describió las llamas de una manera tan real que todos los que estaban en los bancos pensaron que sentían cómo aumentaba la temperatura. Un cliente le dijo a Jonás que algunas mujeres se habían desmayado. Después de eso, nadie se atrevió a pronunciar una sola palabra. Todos salieron arrastrando los pies en silencio.

Todo esto pasó el domingo pasado, dijo Jonás. Luego, el lunes, un monje llamado Tetzel se detuvo en la misma ciudad en una carreta imponente. Sonaron trompetas y se desplegaron banderas. Los guardias del propio arzobispo lo rodearon. A la sombra del campanario en medio de la plaza del pueblo, sus asistentes prepararon una mesa. Amontonaron una pila muy alta de pergaminos por un lado y con mucho cuidado colocaron un cofre en el otro. El cofre tenía tres cerraduras. Todo el mundo sabe que si un cofre tiene tres cerraduras es propiedad de tres personas que no se fían la una de la otra.

Entonces Tetzel gritó: «Amigos de esta ciudad, habéis oído cómo vuestros seres queridos sufren en el purgatorio. Habéis oído sus llantos. Las llamas han ascendido y lamido vuestras propias botas».

«¡Qué vergüenza!», prosiguió Tetzel, «os ocupáis de vuestros asuntos. Gastáis vuestro dinero en cada pequeña trivialidad. Y, oh, cómo sufren vuestros seres queridos. Ya es suficiente. Dad un paso adelante. León X, el Pontifex Maximus, Vicario de Cristo en la tierra, ha sido bondadoso y misericordioso con vosotros y ha puesto su sello a esta indulgencia. Ahora venid y cumplid con vuestro deber. Y ahora tenéis una oferta muy especial reservada para vosotros. Por unos pocos florines más podéis libraros del purgatorio. Sí, Dios sea alabado, dad vuestra contribución a la iglesia y el Santo Padre en Roma se encargará de que vosotros y todos vuestros parientes muertos estén en el Paraíso mismo, sin tener que soportar ni por un momento las purgantes llamas del purgatorio».

Luego agregaba con un cierto ritmo en su voz:

Al sonar la moneda en la cajuela,

El alma del fuego al paraíso vuela.

Ah, dijo Jonás. Había viajado a esta ciudad el martes para vender su tela. Sin embargo, ni a una sola alma le quedaba una moneda. Todos le habían dado su dinero a Tetzel.

Así que sabíamos qué esperar de la homilía en la catedral en nuestra ciudad en este último domingo de octubre de 1517: imágenes vívidas de dolor y agonía, gritos resonando por la catedral, mujeres suspirando. Y sabíamos que el carruaje de Tetzel con su carga de papeles de pergamino y el cofre tres veces cerrado llegaría a la ciudad al día siguiente.

Y efectivamente, escuchamos. Vimos a otros atrapados en las garras del sermón. Todo el asunto era impropio. Dejé de escuchar. Las palabras del Credo Niceno resonaron en mi cabeza: «Propter nos homines et propter nostrum salutem», y nuevamente, «propter nos homines et propter nostrum salutem».

«Para nosotros los hombres y para nuestra salvación».

A veces en la misa recitábamos este credo. Pero sólo a veces, ciertamente no tan a menudo como el Credo, el Credo de los Apóstoles. Sin embargo, esas palabras se me habían clavado en la cabeza. Yo las esperaba cada vez que repetíamos el credo. ¡Qué esperanza, qué belleza! Este Jesús, verdadero Dios de Dios y verdadero hombre de hombre, vino por nosotros y por nuestra salvación.

Hoy esas palabras han podido más que la voz de este bobo en el púlpito. ¿Por qué a nuestro sacerdote no le gusta esta frase? ¿Por qué no nos habló nada de ella?

He oído que hay un fraile en la ciudad de Wittenberg, el hermano Martín. Se dice que enseña y predica de manera diferente a todos estos otros. Me pregunto qué piensa de esta homilía y de este Tetzel. Me pregunto si piensa en estas palabras, «propter nos homines et propter nostrum salutem». Tal vez él nos ayude.


Nota del editor: Este artículo es parte de la Revista 9Marcas publicada por el ministerio 9Marks. Puedes adquirir la Revista impresa . También puedes descargarla gratuitamente directamente del sitio en internet es.9marks.org.

Este artículo fue traducido por David Rivero.

Stephen Nichols

Stephen J. Nichols es presidente del Reformation Bible College, director académico de los Ministerios Ligonier, y un profesor asociado en Ligonier. Es autor de muchos libros.

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