Enseñando la verdad del hombre al evangelizar

¿Alguna vez has estado con una persona cuyo hijo está corriendo como un loco por toda la casa? Él está gritando y gritando, prendiendo en fuego al gato, cuando de repente la madre agotada se vuelve hacia ti, se disculpa, y balbucea algo acerca de que el pobre Jonny “debe estar cansado”. Da lo mismo. Tú sabes que Jonny es un mocoso mal educado, aunque sea descortés decirlo en voz alta.

Todos ponemos excusas, sobre todo cuando se trata de nosotros mismos. Bueno, toma esa misma excusa y difúndela en muchos de nuestros barrios pobres. Hay una auténtica mentalidad victimista en los programas de viviendas. Es como una prisión abierta donde todos los convictos son inocentes. “No es culpa mía” podría ser el lema para la mayoría de las personas que viven en la comunidad pobre en la cual yo vivo y ministro.

Cuando era joven, recibí una dieta constante de consejería por parte de terapeutas y trabajadores sociales. Ellos me llenaron la cabeza con la idea de que yo era una buena persona que había sido puesta en malas circunstancias. Si hubiera tenido las mismas oportunidades como otras personas, ellos dirían, entonces yo no estaría tan furioso y amargado con el mundo.

Una y otra vez nos encontramos con esta mentalidad en nuestro trabajo. La gente se ha vuelto impotente y paranoica al relacionarse con el mundo que les rodea; impotentes para cambiar sus circunstancias y paranoicos con la idea de que el mundo está en contra de ellos. Y hay una extraña dinámica cuando la gente se enorgullece de sus malas circunstancias; como si fueran los únicos que supieran lo que es sufrir. A todos los demás la vida se lo ha dado todo “en bandeja de plata”.

Paul, un vagabundo que estuvo sin hogar durante veinte años, lo expresa así: “Antes de entenderme a mí mismo desde el punto de vista de la Biblia, me sentía como un buen tipo que a veces hacía cosas malas, pero tan solo porque estaba tratando de arreglar las cosas. Veía a la gente como un obstáculo para conseguir lo que quería, incluso a mis supuestos amigos”.

Ricky, un hombre sin hogar de veinte años de edad, agresivo y alcohólico, está de acuerdo: “Pensé que no valía nada, vagaba hacia la muerte, deprimido, sin sentido, y mintiéndome a mí mismo que de alguna manera todo iba a mejorar. Pero todo lo que hacía era beber y jugar más. La gente a mi alrededor solo calificaba si usaba la ropa y el calzado adecuados. En realidad, ellos no me importaban, tampoco me interesaba cómo eran. Solo me importaban en la medida en la que podrían servirme para algún propósito”.

Las cosas solo empezaron a cambiar en mi vida, y en sus vidas, cuando la Biblia nos confrontó con nuestra terrible condición pecaminosa ante un Dios justo y santo. Romanos 1:20 es muy claro en este asunto: “Porque desde la creación del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que no tienen excusa”.

La Biblia nos desafía a reconocer nuestro pecado y a asumir la responsabilidad por las cosas que hemos hecho. Sí, todos somos víctimas del pecado en un grado u otro; hay lugar para la compasión, la misericordia y la simpatía. Debemos llorar con los que lloran y lamentarnos con los que se lamentan. Pero la Biblia nunca permite utilizar las acciones de otros como una excusa para las cosas que hemos hecho.

Cualquier persona que quiera ayudar a las personas en sectores necesitados debe animarlas a verse no primariamente como víctimas, sino como pecadores y rebeldes por voluntad propia. Hacemos cosas pecaminosas porque somos personas pecadoras viviendo en rebelión contra nuestro Creador. Dios está airado con el pecado y con los pecadores. Su ira está en contra de nosotros, y Él no evalúa usando un sistema de puntos.

Esto puede ser una píldora amarga al principio pero, al final, es medicina que da vida. Solo porque mi madrastra usara mis riñones como saco de boxeo durante la mayor parte de mi temprana infancia, no significa que yo sea menos culpable de mi pecaminosa y malvada rebelión contra Dios. Si pones tu brazo sobre mi hombro y me dices que Jesús me ama y que todo estará bien, no me estás haciendo ningún favor. Me estás enviando al infierno y robando a Dios la gloria que le es debida.

Esto puede sonar duro, pero por el contrario, los efectos pastorales son impresionantes. Paul, el hombre sin hogar antes mencionado, ahora se ve a sí mismo y al mundo de manera diferente. Escuche cómo él se describe ahora: “Yo era el problema. El problema era mi corazón y mis elecciones. Por supuesto, me sucedieron cosas malas, pero ahora que me veo como Dios me ve, soy libre para tomar decisiones diferentes, ser menos amargado y estar más en paz conmigo mismo”.

Ricky siente lo mismo: “La comprensión de mí mismo como un pecador me ha ayudado a entenderme mejor. Me ha ayudado a entender por qué he tomado decisiones necias. Ahora veo a la gente de una manera diferente. Todos estamos en el mismo barco, incluso la gente elegante. Ahora, en vez de sentirme amargado contra los que tienen cosas que no tengo, ahora siento lástima por ellos, porque no tienen a Cristo. Ahora tengo compasión por las personas, lo cual no tenía antes”.

A menos que ayudemos a los pobres a verse a sí mismos como la Biblia lo hace, al final los dejaremos atrapados e indefensos como un hámster en una rueda. Estarán destinados a verse en el centro de un mundo que gira en torno a ellos y sus problemas. Pero cuando ayudamos a los pobres a verse tal como Dios los ve, abrimos la puerta a una transformación real y profunda, por medio del evangelio, la cual va mucho más allá de nuestras más salvajes imaginaciones.


Nota del editor: este artículo está adaptado de Church in Hard Places: How the Local Church Brings Life to the Poor and Needy (La iglesia en lugares difíciles: cómo la iglesia local trae a los pobres y necesitados) por Mez McConnell y Mike McKinley.