¿Es pecado no asistir a la iglesia?

 

Durante la mayor parte de la universidad, no tuve un vínculo muy fuerte con la iglesia local. Desafortunadamente, no creía que fuera tan importante para los cristianos estar relacionado con un cuerpo local y asistir a la iglesia los domingos. Doy gracias a Dios por las personas que trajo a mi vida, quienes me animaron en mi caminar con Cristo y me ayudaron a ver la importancia de reunirme junto a otros pecadores en torno a la Palabra de Jesús. Jamás olvidaré una conversación que tuve con un pastor en aquellos días, quien me ayudó a moldear mi manera de pensar.

Él era de Chicago y resultó ser un gran fanático de los Chicago Bears. Al haber crecido en San Diego, sabía lo que era tener un equipo local al que has visto crecer y echar raíces. Este pastor me tomó bajo su cuidado. Un día estábamos en uno de nuestros encuentros de discipulado en un Starbucks local. Durante ese tiempo juntos, él me dijo algo que realmente me dejó sorprendido. “Aun si tuviera boletos para ver a los Bears en el Superbowl un domingo por la mañana, yo no iría…”

Solté una carcajada como si estuviera sugiriendo que estaba loco. “¿Me estás hablando en serio?” le respondí. Y así era. En aquel momento, pensé que era algo un poco extremo. Recuerdo haber pensado para mis adentros: “¿Por qué tanto problema? ¡El Super Bowl es una vez al año! Si no vas, ¡es probable que ya no vuelvas a ver a tu equipo en toda tu vida!” Sin embargo, él estaba siendo absolutamente genuino. “No”, me dijo con una leve sonrisa. “¿Qué hay más expecial que reunirnos alrededor del trono de Dios con Su pueblo?”. Era difícil discutir con él. En aquel tiempo, no había conocido a muchos cristianos que en verdad creyeran eso. Mi manera de pensar había sido: “sí, la iglesia es importante, pero la vida cristiana se trata de tu relación con Jesús. No necesitas estar en la iglesia para tener una relación sana con Dios”.

Estar bajo el cuidado de aquel pastor tuvo un impacto profundo en mí. Es el mismo impacto que espero tener en las personas a quienes voy a ministrar. Él amaba la iglesia, y eso era algo evidente. Cuando él hablaba de perderse el juego de los Bears para estar con el pueblo de Dios, fue como si me dijera que no hay otra opción. Me hizo sentir como si el loco fuera yo por pensar lo contrario. Mirando hacia atrás, creo que sí lo era.

Algún tiempo después, me di con otra frase impactante de un pastor diferente. San Cipriano de Cartago, un obispo de la iglesia cristiana del siglo III. Él dijo estas famosas palabras: “fuera de la iglesia, no hay salvación”. Ahora bien, sé lo que estás pensando, “Hay cristianos en todo el mundo que no tienen acceso al compañerismo, ¿cómo puede alguien afirmar eso?” La opinión de Cipriano es difícil de vender porque nos hemos acostumbrado a hacer reglas de las excepciones. Sí, hay circunstancias extraordinarias que evitan que las ovejas escuchen la voz del Pastor un domingo por la mañana por medio de un predicador que ha sido llamado. Pero ordinariamente hablando, descuidar el compañerismo cristiano y los medios de gracia a través de los cuales Dios nos otorga la comunión con Él es un pecado terrible. Y no solo eso es pecado en sí mismo, sino que con frecuencia, eso conduce a más pecados.

La Escritura refleja la misma visión elevada de la adoración corporativa en la que creían estos pastores. El autor de Hebreos dice: “Tened cuidado, hermanos, no sea que en alguno de vosotros haya un corazón malo de incredulidad, para apartarse del Dios vivo. Antes exhortaos los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: Hoy; no sea que alguno de vosotros sea endurecido por el engaño del pecado”. (Heb. 3:12-13), y “Mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es el que prometió; y consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca”. (Heb. 10:23-25)

El Nuevo Testamento establece el ejemplo para nosotros. 

Para los creyentes del Nuevo Testamento, el compañerismo cristiano semanal en torno a las enseñanzas de los apóstoles era algo no negociable (Hch.2:42). Había rendición de cuentas y sumisión a pastores calificados y ordenados (1 Ti. 3:1-7; Tit. 1:5-7), ambas en aras del verdadero cuidado espiritual del pueblo de Dios. Abandonar estas cosas era hacer a un lado lo que los mismos apóstoles entregaron a la iglesia como la estructura normal que Dios ordenó para el discipulado. Estar relacionado con la iglesia por medio de la membresía, bajo la supervisión de los pastores, es algo que todo cristiano debe anhelar; y la iglesia los domingos es integral para nuestro crecimiento.

Como pastor, comprendo que hay semanas en las que no podemos ir a la iglesia. La enfermedad nos mantiene encerrados, o quizás se presenta alguna otra barrera inesperada para la adoración. Pero quiero preguntarte: ¿con quiénes te resulta más emocionante reunirte que con el pueblo de Dios alrededor de Su trono? ¿Hemos perdido tanto de vista lo que ocurre en la adoración como para que el entretenimiento se haya vuelto más cautivante? ¿Creemos que, de alguna manera, hemos superado a nuestros predecesores y ya no necesitamos reunirnos, ni animarnos unos a otros? ¿El engaño del pecado ya no puede contra el cristiano moderno?​

A veces me da la sensación de que es el caso de muchos de nosotros. Y claro, ¿quién se atrevería a admitirlo? Pero la realidad es que, con frecuencia vivimos como si existieran cosas más importantes para nosotros que reunirnos con los creyentes en torno a la Palabra de Jesús. Somos como los líderes religiosos que ponían excusas para ir al banquete del rey: “He comprado un terreno y necesito ir a verlo; te ruego que me excuses.” … “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos; te ruego que me excuses. … “Me he casado, y por eso no puedo ir”. (Lc. 14:18-20)

La razón por la que tomar a la ligera el no asistir a la iglesia es tan doloroso es que el mismo Rey es quien nos convoca a la fiesta. Y debes entender esto: más que exigirte que le traigas tus dádivas a Él, ¡Él es quien trae Sus dádivas para comparttirlas contigo! Esas dádivas pueden venir a nosotros por los medios más humildes: los labios de un pastor que tartamudea, un poco de pan y vino, etc. Pero Dios es quien te los prometió. Creo que lo que me faltó durante varios años fue el entendimiento. Resulta muy fácil tener una visión muy pobre de la asistencia a la iglesia cuando ves el servicio como algo que gira en torno a tus obras, en vez de que éste gire en torno a la obra de Dios. En realidad, este es un servicio divino. El Rey es quien nos convoca y nos lava. Si eres como yo, eso es algo que no puedes darte el lujo de evitar.

Que Dios nos ayude a recuperar el gozo de la adoración cristiana, al reunirnos con otros pecadores que ávidamente miran a Jesús. Cuando lo vemos por lo que es, creo que coincidiría con mi amigo pastor al creer que no hay un lugar más especial que estar reunidos alrededor del trono de Dios con Su pueblo.