Heinrich Bullinger: El reformador olvidado

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Este artículo pertenece al libro De vuelta a Cristo: Celebrando los 500 años de la Reforma escrito por pastores hispano hablantes y publicado por Soldados de Jesucristo. Estaremos regalando los archivos digitales de este libro el 31 de octubre de 2018, en celebración del aniversario de la Reforma protestante.

 

«Los ministros han de asistir a las oraciones públicas de súplica en tiempos de necesidad, junto con el ayuno común, es decir, una santa abstinencia; y tan diligentemente como sea posible velar por todo lo que se relaciona con la tranquilidad, la paz y el bienestar de las iglesias» (Heinrich Bullinger).[1]

 

La historia de la iglesia da cuenta de aquellos que, siendo grandes instrumentos en las manos de Dios en su tiempo, no han gozado del reconocimiento que merecieron por su gran obra en favor del movimiento reformado.

Es el caso de Heinrich Bullinger, cuyo nombre es desconocido para muchos en la actualidad. De quien no se ha escrito demasiado y cada vez que aparece en la historia es asociado a los reformadores más conocidos como Lutero, Calvino y Zwinglio. Particularmente de este último, de quien fue sucesor.

Su importancia se ha subestimado mucho; investigaciones recientes muestran que él fue uno de los más influyentes teólogos de la Reforma protestante en el siglo XVI. De hecho, es considerado como el reformador más influyente de la segunda generación de reformadores.[2]

El historiador Philip Schaff escribe que Bullinger fue «un hombre de fe firme, valentía, moderación, paciencia y resistencia… [que fue] providencialmente equipado» para preservar y promover la verdad en un momento difícil en la historia.[3]

 

Su formación

Bullinger nació en la ciudad de Bremgarten, cantón suizo de Argovia, el día 4 de julio de 1504, siendo hijo del sacerdote del pueblo. Luego de cursar sus estudios básicos fue enviado a la universidad de Colonia, sede de la oposición a la Reforma, al punto que sería la única que se mantuvo firme en la condena a los escritos de Lutero en 1519.

Desde muy temprano se interesó por estudiar a los padres de la iglesia, especialmente a Crisóstomo, Ambrosio, Orígenes y Agustín. Fue el estudio de la patrística que lo llevó a  entender  y aceptar que la Biblia es la única regla de fe por sobre el Magisterio de la iglesia.

En 1523 se graduó como Maestro de Artes y volvió a Suiza donde comenzó a trabajar con Zwinglio. Fue en ese contexto que estudió griego y hebreo para dedicarse a la enseñanza. Lo cual desarrolló en el monasterio cisterciense en Kappel, donde les interpretaba una porción de la Biblia cada día a sus alumnos, en adición a otros temas teológicos en presencia del abad, los monjes y muchos de los residentes de la ciudad.

 

Su ministerio en Zúrich

En 1528 asumió como pastor en su ciudad natal poco después de contraer matrimonio. Sin embargo, el 11 de Octubre de 1531 se libró la batalla de Kappel donde cayó abatido Ulrico Zwinglio a manos de los católicos, por lo que Bullinger se vio obligado a regresar a Zúrich donde permaneció por 44 años y desarrolló la mayor parte de su prolífico ministerio.

Allí fue nombrado pastor de Grossmünster, como sucesor del gran reformador Zwinglio. Y desde allí hizo contacto con la mayoría de los reformadores buscando unificar criterios por medio de la tolerancia y el entendimiento de todas las corrientes reformadas. Siempre se opuso a la lucha armada, privilegiando el diálogo y los acuerdos sin negociar con la Palabra de Dios.

En este sentido se podrían aplicar a Bullinger las palabras del Señor Jesucristo en el sermón del monte «Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt. 5:9). ¡Cuánta falta hace hoy este entendimiento entre todas aquellas corrientes que son herederas de la Reforma! En medio de tanta controversia insensata se requiere de hombres que procuren la paz sin negociar con la verdad, que busquen el progreso de la obra de Dios más allá de legítimas diferencias.

Bullinger destacó como un prolífico predicador. En los primeros años de su actividad pastoral predicaba entre 6 y 8 sermones semanales. Al igual que su predecesor enseñaba libros enteros de la Biblia. Sus sermones trascendieron más allá de Suiza e influenciaron a muchos más allá del canal de la Mancha. Entre los más conocidos y que causaron gran impacto en su tiempo están una serie de cincuenta sermones que fueron puestos por escrito, titulados Décadas, con un contenido doctrinal y sistemático que, por su popularidad, fueron traducidos a otros idiomas.

Escribió comentarios de la mayoría de los libros de la Biblia. Además de muchos tratados que fueron usados para difundir la Reforma en Suiza.

Sus obras escritas son muchas. Destacan sus obras latinas de todo el Nuevo Testamento, excepto de Apocalipsis. Hay registro de cien sermones de Apocalipsis, sesenta y seis de Daniel, siento sesenta sobre Jeremías y ciento noventa sobre Isaías, entre muchos otros escritos de carácter doctrinal e histórico.

La producción literaria de Bullinger superó a la de Martín Lutero, Juan Calvino y Zwinglio combinados. Él fue de una importancia monumental en la difusión de la enseñanza reformada. De tan largo alcance fue la influencia de Bullinger en toda Europa continental e Inglaterra que Teodoro de Beza lo llamó «el pastor común de todas las iglesias cristianas».[4]

Entre sus más grandes aportes está la segunda Confesión Helvética, en la cual se expone con mucha claridad la doctrina cristiana y que tuvo una amplia aceptación, no solo en Suiza, sino también en Francia, Escocia y Hungría.

Además, digno de destacar es el hecho de que escribió alrededor de doce mil cartas por medio de las cuales se comunicó con la mayoría de los reformadores de su tiempo. Entre otros, Melanchton, Calvino, Knox y Bucer, etc. Quizás con quien más dificultades tuvo en su relación fue con Lutero, por la controversia sobre la Cena del Señor. Sin embargo, con Calvino mantuvo una cordial relación. Lo que llevó a la firma del Consenso de Zúrich en 1549, que unificó las tradiciones reformadas de Suiza.

Junto con su gran aporte doctrinal y teológico, Bullinger destacó por su vida piadosa y corazón pastoral. Luego de la muerte de su Zwinglio, se hizo cargo de Anna Reinhart, la viuda del reformador suizo, y de sus hijos. Era conocido por su humildad, amor al prójimo, austeridad y un carácter íntegro.

Su legado y ejemplo para América Latina

En la actualidad la iglesia en América Latina necesita más líderes como Bullinger. Hombres que no sólo sean agudos en su teología, sino también consecuentes en su carácter piadoso. Que sean capaces de unificar antes de dividir. Aquellos que, respetando las legítimas diferencias, estén dispuestos a unir a las diferentes corrientes reformadas que se están levantando en Latinoamérica. Aquellos que entiendan que no estamos compitiendo entre herederos de la Reforma, sino cooperando unos con otros. El legado de Bullinger nos reta a buscar el entendimiento y no la descalificación. El acuerdo antes que la controversia. Se requiere de siervos con una visión unificadora y con la altura moral que los respalde.

Este olvidado Reformador nos enseña también que la predicación es un instrumento fundamental para que las doctrinas que la Reforma desempolvó sean ampliamente conocidas y consideradas en las iglesias de nuestro continente.

Hoy somos testigos de un sano retorno de la iglesia latinoamericana a la centralidad de la Escritura y del evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Pero, junto con ello también a la manifestación de un orgullo teológico peligroso que tiende más a la controversia, muchas veces sin sentido, antes que a la cooperación mutua que debemos tener entre iglesias reformadas.

Bullinger fue capaz de renunciar a las armas para dirimir disputas religiosas (en su época). Él entendía y aplicaba perfectamente la verdad de Zacarías: «No por el poder ni por la fuerza, sino por mi Espíritu, dice el Señor de los ejércitos» (Zac. 4:6).

Es sano, como nos enseña el apóstol Pablo, imitar y seguir la huella que han dejado quienes nos han precedido. No cabe duda que Heinrich Bullinger es uno de ellos.

[1] Heinrich Bullinger, Segunda Confesión Helvética (escrita en 1562, revisada en 1564 y adoptada por muchas iglesias reformadas desde 1566).

[2] Steven J. Lawson, Pillars of Grace: A Long Line of Godly Men, Volume Two [Pilares de gracia: una larga línea de hombres piadosos, volumen dos] (Orlando, FL: Reformation Trust Publishing, 2011), pos. 5977 de 6969.

[3] Philip Schaff, Historia de la iglesia cristiana, vol. VIII (1910, repr, Grand Rapids: Eerdmans, 1984), 205.

[4] Theodore Beza, citado por Schaff en Historia de la iglesia cristiana, vol. VIII, 207.