Hermosa a los ojos de Dios

1 de Pedro 3:3-4 Y que vuestro adorno no sea externo: peinados ostentosos, joyas de oro o vestidos lujosos, sino que sea el yo interno, con el adorno incorruptible de un espíritu tierno y sereno, lo cual es precioso delante de Dios.

La belleza es un tema subjetivo. El estereotipo de belleza femenino puede variar entre culturas. Aun el tiempo ha modificado los estándares de belleza en la sociedad, por ejemplo, en el pasado una mujer delgada era percibida como enferma, sin embargo, en nuestros días unas libras mas no son vistas como una señal de salud y fuerza física.

En contraste a las percepciones inconstantes del ser humano, desde la perspectiva divina, los estándares de belleza para la mujer no han cambiado. Él, un Dios inmutable, en quien no hay sombra de variación, ha establecido que la belleza de la mujer debe estar centrada en la belleza interna del corazón, en la hermosura de un espíritu tierno y sereno que es considerado hermoso ante los ojos de Dios (1 Pedro 3:4).

Hace 4 años vine a vivir a Estados Unidos con mi esposo para acompañarle en sus estudios de maestría en el seminario. Aquí me sorprendía que las llamadas desde mi país, de personas cercanas, comenzaban con preguntas o comentarios tales como: ¿te has engordado?, no comas muchas hamburguesas, no te engordes. Este era uno de los pensamientos repetitivos en aquellas comunicaciones. Sin duda alguna sus ojos estaban enfocados en la belleza que no perdura.

Después del pecado original nuestra mente se distorsionó completamente, y la belleza desde la perspectiva divina se ve completamente nublada para los ojos humanos. Sin embargo ¡hay esperanza! Gracias a la maravillosa redención ofrecida por Cristo quien ha venido a redimir todo (Col 1:20), podemos renovar nuestra mente hacia la mente de Cristo (Rom 12:2) y de esta manera poder admirar la belleza que perdura, aquella que trasciende los años, que persiste hasta la eternidad, la belleza verdadera.

Nuestro enfoque entonces debe estar en limpiar, adornar y embellecer nuestro ser interior, aquel que tiene valor eterno y la cual es preciosa ante los ojos de Dios. Ahora, quisiera que analizáramos en lo que no deberíamos enfocarnos.

Quitar nuestro enfoque de lo externo

Y que vuestro adorno no sea externo: peinados ostentosos, joyas de oro o vestidos lujosos, sino que sea el yo interno,

Cuando la palabra de Dios dice que nuestro adorno no sea el externo, no está diciendo que estamos llamadas a descuidar nuestra apariencia física. El Señor nos ha dado un cuerpo el cual debemos cuidar y usarlo para traer gloria a Él (1 Cor 6:20). Sin embargo, lo externo no debe ser nuestro enfoque (1 Tim 2:9-10). Pero una verdad reveladora llega cuando comprendemos que la belleza interna será reflejada externamente. Proverbios 15:13 enseña que el corazón alegre hermosea el rostro, en otras palabras, nuestra belleza interior se manifestará también externamente.

En el Nuevo Testamento vemos cómo El Señor Jesús exhortó a aquellos que se preocupaban excesivamente por su apariencia externa, pero que en su interior solo alojaban podredumbre. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia (Mat 23:27). Que tristeza debe producir en una mujer, el saber que su exterior luce maravilloso, pero que su interior esta corroído por una vida pecaminosa.

La belleza externa en sí misma no es pecaminosa, dentro del pueblo de Dios han existido mujeres y hombres hermosos físicamente, que fueron usados de maneras extraordinarias por Dios, como Sara (Gen 12:11), Ester o David que era bien parecido y de ojos hermosos (1 Sam 16:12) y con un corazón conforme a Dios. Esto nos permite comprender que la belleza exterior no es un impedimento para traer gloria a Dios. Sin embargo, las Escrituras enfatizan que nuestra prioridad debe ser el cuidar nuestra belleza interna.

Cultivando un compañerismo cristocéntrico entre las mujeres

Poner nuestro enfoque en lo interno

sino que sea el yo interno, con el adorno incorruptible de un espíritu tierno y sereno, lo cual es precioso delante de Dios.

Incorruptible es aquello que no se descompone, que dura para siempre, y en este caso se refiere a aquella belleza que permanece sin deterioro. Mientras tu cara muestra marcas con el paso del tiempo, tu rostro interior es hermoseado a medida que avanzas en la santidad. Esta belleza basada en la santificación interna es una belleza muchas veces oculta para los ojos humanos, pero totalmente visible para Dios. Es una belleza genuina que no busca la aceptación de los hombres, sino que solo busca la aprobación divina.

Pedro al referirse a un espíritu tierno probablemente tenía en mente el carácter manso de nuestro Señor Jesús (Mt 11:29). Un espíritu de humildad que, a pesar del sufrimiento, o la injusticia, mantiene su confianza en el Señor siendo sumiso delante de Él.  Por su parte un espíritu sereno se refiere a uno tranquilo y apacible, que está confiando en la soberanía y el Señorío de Cristo descansando plenamente en Él. La belleza verdadera de una hija de Dios se manifiesta en un espíritu humilde y confiado en el Señor.

¿Cómo crecer en esta clase de belleza?

Conoce la mente de Cristo en las Escrituras

Ir a la escritura es como ir a un espejo (Stg 1:23-25). Cuando vemos nuestro rostro en ella podemos ver nuestro interior, la Biblia revela claramente lo que está escondido en nuestro corazón, así como cuando nos vemos en un espejo antes de salir. Así deberían comenzar todos nuestros días, delante del espejo de la Palabra. Allí obtendremos una perspectiva realista de nuestro estado actual que nos lleva al cambio. También podremos conocer el carácter de Dios, el cual nos lleva a confiar plenamente en Él, en su soberanía, en su amor hacia nosotros, en su poder, en su bondad y otros atributos maravillosos que como resultado producirán un espíritu confiado en Él.

Ora constantemente

Así como nos bañamos, nos limpiamos externamente y nos adornamos, la oración es lo que nos lleva a limpiarnos delante de Dios por medio de la confesión de pecados (1 Jn. 1:9). Pedimos que en su gracia limpie y adorne nuestro corazón. Oramos pidiendo que todo aquello que hemos visto que está mal en nosotros sea cambiado y ahora nuestro ser interior sea embellecido por su santidad en nuestras vidas.

Vive con una perspectiva eterna

¿Por qué nos arreglamos tanto para una cita importante? Seguramente lo hacemos porque tenemos una gran expectativa de nuestra futura reunión. Si tenemos una cita con nuestras amigas, si vamos a salir a un plan romántico con nuestros esposos nos arreglamos un poco más. Espiritualmente, por medio de la esperanza escatológica que tenemos, nos adornamos para nuestra gran cita (1 Jn. 3:3), estando siempre listas para la llegada de nuestro Señor y no actuando como aquellas vírgenes que no estaban preparadas (Mateo 25:1-13). Nuestra belleza actual se basa en que tenemos puesta la mirada en la eternidad y no en lo temporal y pasajero.

Engañosa es la gracia y vana la belleza, pero la mujer que teme al SEÑOR, esa será alabada (Prov. 31:30). Pidamos al Señor poder enfocarnos en la belleza interna, la que se manifiesta en nuestro corazón.