¿Qué haces cuando experimentas improductividad o incluso fracaso en tu trabajo? ¿Cómo respondes cuando tu arduo trabajo da pobres resultados?

Quizás eres un pastor fiel con una iglesia complicada, un estudiante diligente con malas calificaciones o un padre responsable con un hijo pródigo; todos experimentamos la frustración de un trabajo sin fruto. A veces no parece justo, pero esa realidad permanece: el trabajo duro no siempre garantiza resultados exitosos. En ocasiones, los proyectos fallan y las fechas límite no se cumplen a pesar de todo nuestro mejor esfuerzo.

En nuestro mundo orientado a resultados, usualmente la falta de los mismos es algo difícil de digerir (especialmente para las personas más exigentes a nuestro alrededor). Esperamos resultados inmediatos y rápidamente nos desanimamos cuando no cumplimos nuestras propias expectativas.

En tiempos de improductividad, soy tentado a analizarme de forma no saludable o a culpar a otros por mis fracasos. En mis momentos más oscuros, puedo dudar de la buena disposición de Dios hacia mí, preguntándome por qué no está bendiciendo mi trabajo actual (mientras convenientemente olvido todas las formas en las que Él ya me ha bendecido).

Cuatro recordatorios para las temporadas donde todo sale mal

En temporadas de infructuosa desesperación, frecuentemente recibo ayuda de una historia que se encuentra en Juan 21. Los discípulos se embarcaron en una pesca de toda la noche en la que, “no pescaron nada” (Juan 21:3). Al amanecer, Jesús les pregunta si han pescado algo, pero ellos no han conseguido nada. Entonces Jesús les instruye “echad la red del lado derecho de la barca” (Juan 21: 5-6). El resultado es milagroso; después de un fracaso absoluto durante toda la noche, las redes se llenan de tantos peces que se comienzan a romper.

Este relato ofrece cuatro recordatorios útiles para animarnos durante temporadas improductivas y cuando las cosas salen mal. 

1. El trabajo improductivo es una experiencia común

Pudiéramos justificar a los discípulos si hubieran tenido una alta expectativa para una pesca exitosa; después de todo, ellos dedicaron sus vidas a Jesús, dejando sus familias, sus hogares y sus ocupaciones para seguirlo a Él. Algunos de ellos incluso eran pescadores comerciales expertos.  Parecían tener todas las credenciales correctas: cristianos comprometidos y profesionales competentes, aún así, todos sus esfuerzos fallaron.

Podríamos no entender por qué nuestros esfuerzos diligentes fracasan y ser tentados a exasperarnos, pero debemos recordar que por ser cristianos no tenemos garantizado el éxito en nuestro trabajo. En Su sabiduría, Dios “hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:45). Las temporadas sin fruto son simplemente parte integral de la vida en un mundo maldito por los efectos de la caída. Nuestro trabajo en el mundo actual está sujeto a “espinos y abrojos” (Génesis 3:18) que impiden el progreso y dificultan los resultados fructíferos.

Cuando el éxito parece evasivo, es importante recordar que la improductividad es una experiencia común para todos, nuestra lucha no es la evidencia del disgusto de Dios con nosotros, sino el recordatorio de que este mundo en el cual vivimos aún espera su completa redención (Romanos 8:20-21).

2. Jesús estará presente en nuestros fracasos

Cuando nuestras labores encuentran considerables fracasos y tropiezos, Dios puede parecer distante de nosotros. Podemos ser tentados a pensar que Jesús se preocupa poco por nuestra situación o por los resultados que son tan importantes para nosotros, como ese proyecto crítico que salió mal o esa devastadora aventura de negocios.

En esos momentos, debemos tener cuidado de no considerar a Jesús como a un Salvador distante e insensible que ni comprende ni se preocupa de nuestras necesidades presentes. Sino más bien, como Hebreos 4:15 cita: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado”. Recuerda, Jesús experimentó todas las limitaciones de trabajar en un mundo caído y Él entiende nuestra lucha por resultados fructíferos; y sobre todo, recordemos que Él se interesa por nosotros.

En este relato, el cuidado de Jesús por sus discípulos fue evidente en su tierno discurso: “Hijos, ¿acaso tenéis algún pescado? (Juan 21:5). Después de una larga noche de labor sin fruto , Jesús se encuentra con Sus discípulos en el momento justo de su necesidad y debilidad.

Este es un Salvador que se acerca a nosotros en tiempos de grandes problemas, Él se preocupa por lo ordinario, con peces y redes, para realizar lo milagroso para el bien de Sus hijos. Cuando estemos disgustados por la falta de éxito o progreso, podemos dirigirnos a Cristo con la confianza de que Él se interesa por nuestras luchas.

3. Dios da ayuda en los tiempos de necesidad

A menudo no busco la ayuda de Dios cuando enfrento obstáculos y tropiezos, en lugar de eso, “me apoyo” en mis propias habilidades y olvido acercarme a Dios. De hecho, me he dado cuenta que mucha de mi desesperación en las temporadas improductivas se deriva de mi inhabilidad de lograr las cosas por mí mismo.

Las redes vacías de los discípulos son un recordatorio de que necesitamos a Dios para que obre de formas que están más allá de nuestras capacidades y recursos. La experiencia y competencias de los discípulos no fueron por sí mismas suficientes para un resultado fructífero. Al igual que la alimentación de los 5,000, esta situación fue diseñada para revelar las limitaciones del poder humano y revelar el poder ilimitado de Jesús para hacer más que satisfacer las necesidades humanas.

Cuando nos encontremos con obstáculos más allá de nuestra fortaleza y capacidad, no olvidemos la habilidad de Dios para ayudarnos por medios providenciales, algunas veces incluso milagrosos. Dios se complace en mostrar su gloria en medio de nuestra necesidad. Dirijámonos a Él para pedir ayuda.

4. Jesús es la verdadera recompensa de nuestro trabajo

“Oyendo, pues, Simón Pedro que era el Señor, se ciñó la ropa…  y se echó al mar” (Juan 21:7).

¿No amas la respuesta de Pedro? Al descubrir que era Jesús el que estaba en la orilla, se lanzó y nadó hacia Él. El cansancio de trabajar infructíferamente toda la noche no importaba, tampoco lo hizo la gran carga de pescado, para Pedro, nada importaba más que el hecho de que Jesús estaba presente. La comunión con su Salvador resucitado era incomparablemente más gratificante que una red llena de peces.

¡Oh, tener la perspectiva de Pedro ya sea que nuestro trabajo tenga éxito o que falle! Que nuestra (muy legítima) búsqueda de buenos resultados nunca oscurezca la verdadera recompensa de nuestra labor: conocer y atesorar a Jesucristo. De hecho, es a menudo en nuestras luchas, no en nuestros éxitos, donde experimentamos la presencia vivificante de nuestro Salvador.

Sólo cuando nos damos cuenta de que el éxito mundano no tiene valor, es cuando nos llenamos de esperanza en nuestra “herencia incorruptible, inmaculada, y que no se marchitará, reservada en los cielos para (nosotros)” (1 Pedro 1:4).

Sólo cuando llegamos al final de nuestras fuerzas descubrimos que “la gracia de Dios es suficiente para (nosotros)” y que Su “poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9).

Sólo después del desaliento de las cosechas vacías es que somos capaces de recibir esta infusión de gozo divino en nuestras almas “alegría pusiste en mi corazón, mayor que la de ellos cuando abundan su grano y su mosto” (Salmo 4:7).

A menudo, nuestras luchas aclaran nuestra visión y fortalecen nuestra determinación de valorar el bien eterno sobre el éxito temporal. Las luchas a menudo son exitosas cuando anclamos nuestra esperanza e identidad en Cristo, en lugar de hacerlo en nuestros logros.

El premio final de nuestra labor no son los resultados exitosos en sí, sino ver y saborear a Jesús en nuestro trabajo diligente. Esto es cierto en el éxito o el fracaso, en las temporadas de productividad o improductividad.

Ya sea que actualmente tus redes estén vacías o llenas, si esperas en Él, tu trabajo nunca será en vano (1 Corintios 15:58).


Una publicación de DesiringGod.org | Traducido con permiso por Rudy Ordoñez Canelas

Andre Yee es esposo y padre de 3 niños. Es un experimentado ejecutivo en tecnología y vive en el area de Washington D.C.