Soldados de Jesucristo

La liga de los caballeros extraordinarios 

¿De dónde vienen los buenos papás?

Me convertí en padre desde el último día del padre, lo que significa que tengo muy poco que decir en este momento en cuanto a mi experiencia como padre. Pero veo mis 31 años con mi padre de manera diferente ahora a través de los ojos de mi hijo. Ciertamente no entiendo la paternidad ahora como espero hacerlo en diez años, pero veo al Padre en mi padre mucho más claramente que hace diez meses.

Llegando ya un año de ser “Papá” (o realmente “Pa” en este punto), aprecio al menos una gran cualidad sobre la paternidad: su imposibilidad. A medida que aprendo a cuidar de nuestro hijo, y mirando por lo tanto hacia atrás en todo lo que mi papá hizo por nuestra familia: trabajando más de cuarenta horas a la semana para proveernos, mientras guardaba algo de su mejor energía y creatividad para amar, disciplinar, jugar con sus muchachos y para ayudarnos a conocer a Jesús; me asombro por el milagro.

Mi papá no tuvo el mismo tipo de ejemplo. Mi abuelo fue uno de los peores hombres que he conocido personalmente. Me cuesta recordar una sola lección positiva que haya aprendido en los primeros veinticinco años de conocerlo, ni un recuerdo, ni una pizca de consejo profundo, ni una cualidad de carácter que haya anhelado imitar. Durante la gran parte de los años que lo conocí, no aprendí nada de él sobre el amor o la lealtad, la honestidad o el autocontrol, sobre el matrimonio o la paternidad. Tal fue el manual que mi papá recibió creciendo y trajo a nuestra familia.

Todo menos Dios.

Cada buen padre es un milagro trabajado por Dios en circunstancias extraordinariamente imposibles. Ningún hombre tiene el don, la fortaleza y la determinación de amar a una mujer y a sus hijos de una manera que alegremente se sacrifique por sus necesidades y los lleve constantemente a Cristo. Cada buen padre, entonces, es extraordinario.

Palabra para padres

El Nuevo Testamento sorprendentemente dice poco a los padres directamente. Los dos textos pilares son realmente un sólo pilar dicho de manera ligeramente diferente en dos cartas. En primer lugar, el apóstol Pablo escribe en Efesios:

“Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina e instrucción del Señor” (Ef. 6:4).

Luego, otra vez en Colosenses:

“Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten” (Col. 3:21).

La única orden directa dada a los padres en el Nuevo Testamento es una prohibición: no provoquen a sus hijos a la ira (o al desánimo). Entiendo que, como padre, experimentaré la inclinación innecesaria y sin amor de incitar irritación, decepción, exasperación o incluso enojo en mi hijo a través del egoísmo, la dureza, la negligencia, la terquedad u orgullo o de otras mil maneras. Las palabras de Pablo elevan nuestra conciencia, como padres, de los efectos de nuestro pecado sobre nuestros hijos e hijas.

Sí, instruye. Sí, disciplina. Pero no provoques.

Muere en amor por tus hijos

“No provoquen a sus hijos”. Es cierto, pero no es algo que imprimiríamos con una camiseta para papá el día del padre. ¿Cómo se puede afirmar positivamente la acusación de Pablo?

Pablo no decía:

“Padres, hagan todo lo necesario para aplacar los deseos impredecibles de sus hijos (y a menudo nada sanos), esforzándose en todo momento por evitar cualquier tristeza, frustración o decepción”.

Sabemos eso porque él dice

“criadlos en la disciplina e instrucción del Señor” (Ef. 6: 4).

Disciplina no siempre significa decir “No”, pero no puedes tener ninguna disciplina significativa sin eso. La buena disciplina requiere la negación regular, y por lo tanto la decepción regular, el desánimo, y probablemente alguna forma de enojo (como mi esposa y yo ya lo estamos aprendiendo).

Positivamente, Pablo podría decirme a mí y a otros padres: “Padres, hagan todo lo que puedan, en la fuerza y resolución que Dios provee, para inspirar a sus hijos a amar a su Dios con todo su corazón, alma, mente y fuerza, y a deleitarse en vivir de acuerdo a Su Palabra”. Inspira, sacrifica, anima, enseña, juega y disciplina, no para complacerte, sino para ver que tus hijos e hijas están complacidos en Dios. Muere todos los días a ti mismo, a cada impulso para intercambiar momentos de su crecimiento y bienestar por tu comodidad o conveniencia, para moldear sus corazones para Jesús.

No lidiaremos con el desánimo y la ira de nuestros hijos durante mucho tiempo simplemente dándoles lo que quieran o haciendo que sus circunstancias sean un poco más cómodas. Si realmente queremos criarlos bien, modelaremos un amor gozoso, desinteresado y sacrificial por Dios que viva para morir por los demás. Si nuestros hijos descubren ese tipo de amor por sí mismos, se evitarán una infancia (y toda una vida) de desaliento y enojo. En cambio, los provocaremos a la valentía y al gozo.

Los pocos, los humildes

No todos los papás son buenos padres, lo que significa que el día del padre no es un día sagrado para cada hijo o hija.

Algunos papás se niegan a trabajar.
Algunos papás dan todo para trabajar.
Algunos papás son exigentes y opresivos.
Algunos papás son distraídos o indiferentes.
Algunos son ásperos, incluso abusivos.
Algunos papás, lamentablemente, se alejan por completo.

En vez de apuntar a sus hijos a Dios y su amor, los provocan inconsciente y despreocupadamente al desaliento y a la ira.

Pero unos pocos caballeros extraordinarios aman a su Dios y a sus familias con sacrificio y resolución sobrenatural, hombres como Richard A. Segal, Jr. Por supuesto, ellos no reciben el crédito final. Los milagros no se jactan de su habilidad o ingenio. Ellos no pueden explicarlo, aparte de señalar al único Dios que hace verdaderos caballeros. Simple y alegremente dicen: “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no resultó vana; antes bien he trabajado mucho más que todos ellos, aunque no yo, sino la gracia de Dios en mí” (1 Co. 15:10).

Esperanza para tu padre

Hace seis años, Dios realizó otro milagro en nuestra familia. Meses en una lucha con el cáncer que eventualmente tomaría su vida, el abuelo que yo había conocido, temido y contado sin esperanza se había convertido en otro hombre, un hombre nuevo en Cristo, a través de la fe. Dios había producido paciencia donde había un temperamento fuerte. Dios había producido alegría, segura y fuerte, donde había habido sólo amargura e irritación. Dios había humillado lo más orgulloso y suavizado lo más duro.

Había convertido a un padre, alguna vez terrible, en un hijo elegido, un padre que antes era duro en un caballero — otro milagro.

Si tu padre no es el padre que Dios llama a ser, Dios puede convertirlo en uno nuevo. Él rescató a Richard A. Segal, Sr., a la edad de 78 años, y puede fácilmente hacer un milagro por tu papá. Sigue amando, sigue sirviendo, sigue compartiendo y sobre todo, sigue orando.

Y si has perdido a tu padre, como mi padre perdió el suyo hace seis años, sabe que Dios envió a su Hijo para hacerte su hijo o hija para siempre. Él te dice otra vez este día de los padres:

“Y yo seré para vosotros padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Co. 6:18).

Y según Gálatas 4:4-6 ha enviado su Espíritu para vivir en ti y para recordarte que tienes un Padre que te ama perfectamente y para siempre, especialmente en el día del padre.

 

Artículo publicado en Desiring God | Traducido por Luis Torrealba

Marshall Segal

Marshall Segal es un escritor y editor para desiringGod.org. Es graduado del Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa tiene un hijo y viven en Minneapolis.

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