Soldados de Jesucristo

La restauración de los sacramentos en la Reforma

La Reforma Protestante del siglo XVI restauró el evangelio a los sacramentos y los sacramentos a la congregación.

¿Por qué los sacramentos necesitaban ser restaurados? La penitencia, el purgatorio, las indulgencias, el culto a los santos — todos estos además de un sistema en el que los sacramentos permitían a las personas liberarse de la deuda desesperadamente masiva de sus propios pecados o del pecado de otros. Asimismo, la antigua misa medieval era fundamentalmente algo que los laicos veían, pero no algo de lo cual participaban.

Junto con la recuperación del evangelio bíblico, los reformadores rescataron la doctrina y la práctica de los sacramentos que emanan y encajan con el evangelio. Debido a que Cristo pagó toda la deuda de nuestros pecados, los sacramentos representan y prometen el perdón completo; y, puesto que el evangelio reúne al pueblo de Dios en un cuerpo local, los sacramentos personifican y promulgan la unidad de la congregación en Cristo.

A continuación, ilustraré brevemente esta doble restauración de los escritos y prácticas de tres reformadores claves: Lutero, Calvino y Cranmer. Daré más atención a la Cena del Señor que al bautismo, por dos razones. Primero, en algunos aspectos, el contraste entre la Cena del Señor protestante y la misa católica romana es más destacado y pronunciado que el contraste entre sus prácticas del (usualmente) bautismo de infantes. Segundo, como bautista, pienso que el bautismo es un lugar crucial en el que los reformadores magisteriales no profundizaron lo suficiente. Sin embargo, en aras de la objetividad, presentaré mi discrepancia y mostraré cómo, incluso en la práctica del bautismo de infantes, los reformadores pretendían restaurar la primacía del evangelio y la participación de la congregación.

Lutero

En primer lugar, consideremos cómo Lutero restauró el evangelio a la Cena del Señor (que todavía él llama «la misa», aunque redefiniendo radicalmente el término). En La cautividad babilónica de la iglesia (1520), escribió:

Sustancialmente, por tanto, la misa en su acepción propia no es otra cosa que las antedichas palabras de Cristo: «Tomad y comed» [Mt. 26:26], etc. Ello equivale a decir: «He aquí, hombre pecador y condenado, que con estas palabras te prometo la remisión de todos tus pecados y la vida eterna, sin que intervengan para nada tu mérito y tu voto previo, sólo por el amor del todo lleno de gracia que te profeso y por la voluntad del Padre de las misericordias» [2 Co. 1:3]. Y para que no te quepa duda alguna sobre la irrevocabilidad de tal promesa, entregaré mi cuerpo, derramaré mi sangre, la confirmaré con mi muerte y te dejaré ambas cosas (cuerpo y sangre) como señal y memorial de esta promesa. Cuando acudas a ello, te acordarás de mí, predicarás, ensalzarás y agradecerás esta caridad y largueza mías.[1]

Dado que la Cena del Señor no es otra cosa que la promesa de Cristo ofrecida a nosotros, lo que solicita de sus receptores es fe:

Ves que para celebrar dignamente la misa lo único que se requiere es fe; una fe que se apoye en esta promesa, que conceda veracidad a las palabras de Cristo, que no dude de que le han sido otorgados estos bienes inconmensurables… ¿Quién no se deshará en lágrimas, quién no desfallecerá de gozo en Cristo si con fe firmísima cree que esta promesa inestimable del mismo Cristo le pertenece?[2]

En su sermón del año 1519, The Blessed Sacrament of the Holy, True Body of Christ [El santísimo sacramento del santo y verdadero cuerpo de Cristo], Lutero alega que la congregación debería recibir ambos elementos. ¿Por qué? Debido a que la distribución de uno solo no indica la «unión completa y la comunión indivisible de los santos».[3] Lutero argumenta, «Así, en el sacramento también nos unimos con Cristo, y somos hechos un solo cuerpo con todos los santos, para que Cristo cuide de nosotros y actúe en nuestra representación».[4] Para Lutero, nuestra comunión con Cristo en el «dulce intercambio» del evangelio crea una comunión congregacional: «A través del intercambio de sus bendiciones y nuestras desgracias, nos convertimos en un solo pan, un solo cuerpo, una sola copa, y tenemos en común todas las cosas».[5]

Calvino

Calvino también habló sobre la relación entre el evangelio y la Cena del Señor. Observaremos que  su posición era correcta antes de culminar el fragmento, así que recibe el resto como medicina para tu alma:

Las almas piadosas pueden encontrar gran seguridad y deleite en este sacramento; en él tienen un testimonio de nuestro crecimiento en un solo cuerpo con Cristo, de manera que todo lo que sea suyo, puede ser llamado nuestro. Como consecuencia, podemos atrevernos a asegurarnos que la vida eterna, de la cual él es heredero, es nuestra; y que el reino de los cielos, en el cual él ya ha entrado, está disponible para nosotros; de nuevo, que no podemos ser condenados por nuestros pecados, de cuya culpa nos ha absuelto, ya que él quiso cargar con ellos como si fueran suyos. Este es el maravilloso intercambio que, por su inmensurable benevolencia, ha hecho con nosotros; que, convirtiéndose en Hijo del hombre con nosotros, nos ha hecho hijos de Dios con él, que, por su descenso a la tierra, ha preparado un ascenso a los cielos para nosotros; que, al tomar nuestra mortalidad, nos ha conferido su inmortalidad; que, al aceptar nuestra debilidad, nos ha fortalecido por su poder; que al recibir nuestra pobreza, nos ha transferido sus riquezas; que, al tomar el peso de nuestra iniquidad (que nos oprimía), nos ha vestido con su justicia.[6]

En cuanto al papel de la Cena del Señor en personificar la comunión de toda la congregación con Cristo y entre sí, Calvino conecta ambos puntos en sus comentarios sobre 1 Corintios 10:16-17, «Porque primero debemos ser incorporados (por así decirlo) a Cristo, para que podamos estar unidos unos a otros».[7] Y una vez más en su Institución: «Ahora bien, ya que él tiene un solo cuerpo, del cual nos hace partícipes a todos, es necesario que todos nosotros también seamos hechos un solo cuerpo mediante dicha participación. El pan mostrado en el sacramento representa esta unidad».[8]

¿Cuál es el efecto pastoral y práctico de esta doble restauración? Si la Cena del Señor confirma nuestra comunión con Cristo y la comunión unos entre otros, ¿cómo deberíamos vivir juntos?

Nos beneficiaremos en gran manera del sacramento si este pensamiento queda impreso y estampado en nuestras mentes: que ninguno de los hermanos puede ser lastimado, menospreciado, rechazado, abusado o de alguna manera ofendido por nosotros, sin al mimo tiempo, lastimar, menospreciar, rechazar y abusar de Cristo por nuestras transgresiones; que no podemos estar en desacuerdo con nuestros hermanos sin al mismo tiempo estar en desacuerdo con Cristo; que no podemos amar a Cristo si no le amamos en nuestros hermanos; que de la misma manera en que cuidamos de nosotros, debemos cuidar de nuestros hermanos, porque ellos son miembros de nuestro cuerpo; y que no hay ninguna parte de nuestro cuerpo que pueda experimentar algún sentimiento de dolor sin que éste se propague al resto, por lo que no debemos permitir que ningún hermano se vea afectado por ningún mal, sin ser movidos en compasión por él.[9]

Cranmer

¿Qué hay de Thomas Cranmer, el principal arquitecto litúrgico de la Reforma Inglesa? Para Cranmer, ambos sacramentos presentan tangiblemente el evangelio a la congregación. Tanto en el bautismo como en la Cena del Señor, no solo escuchamos el evangelio, también lo vemos, tocamos, sentimos y saboreamos:

De modo que el lavamiento en agua del bautismo es, por así decirlo, la manifestación de Cristo ante nuestros ojos, y un sensible toque suyo a la confirmación de la fe interna que tenemos en él… Y por esta causa Cristo ordenó este sacramento en el pan y el vino, (los cuales comemos y bebemos, y son los principales nutrientes de nuestro cuerpo), con la intención de que tan cierto como que vemos el pan y el vino con nuestros ojos, los olemos con nuestras narices, los tocamos con nuestras manos y los probamos con nuestras bocas, con toda seguridad deberíamos creer que Cristo es vida espiritual y el sustento de nuestras almas… Así, Cristo, nuestro Salvador… ha ordenado signos y señales sensibles para cautivarnos y atraernos a una fortaleza y fe más constante en él.[10]

Para Cranmer, es precisamente porque los sacramentos reflejan y presentan el evangelio que nutren la fe. Además, para él, similar a Lutero y a Calvino, el pan y la copa común de la Cena del Señor significan nuestra unión espiritual no sólo con Cristo, sino también entre los unos y los otros. «El pan y el vino nos representan más vivamente la unión y el lazo espiritual de toda la gente fiel a Cristo, así como también entre ellos».[11]

Finalmente, un comentario sobre el bautismo de niños tomando a Cranmer como nuestro ejemplo. Aunque detecto ciertas inconsistencias, vale la pena señalar que la confesión y liturgia de Cranmer resaltan correctamente las dimensiones colectivas y congregacionales del bautismo. Esto, por ejemplo, es parte del Artículo 29, en la declaración de Los Treinta y Nueve Artículos de Religión:

El bautismo no sólo es un signo de la profesión de fe y una marca de diferenciación, por la cual los individuos cristianos son distinguidos del resto que no han sido bautizados, sino que es también un signo de regeneración o nuevo nacimiento, por el cual, como por un instrumento, aquellos que reciben el bautismo son justamente introducidos en la Iglesia.[12]

De nuevo, según el Libro de Oración Común (1552), seguido del «bautismo» el ministro debe orar, «Recibimos a este niño en la congregación del rebaño de Cristo».[13] Aunque pienso que hay algo errado aquí, ciertamente hay algo correcto. El bautismo no es una ordenanza privada, sino la puerta principal para entrar a la congregación, una «marca de diferenciación» entre la iglesia y el mundo.

¿Y hoy?

Aunque no lo digamos tan osadamente, nosotros, los evangélicos modernos, somos tentados a tratar a la Reforma como el triunfo del evangelio sobre los sacramentos. La Iglesia Católica Romana había perdido el evangelio en su equívoca adoración (literalmente) a los sacramentos, por lo que los reformadores recuperaron el evangelio al marginar a los sacramentos. Bueno, no precisamente.

Para los reformadores, la Palabra y los sacramentos no son enemigos, sino los mejores amigos. La Palabra es poderosa y primordial. Aun así, Cristo ha unido sabia y bondadosamente dos sacramentos a esa Palabra, para nutrir nuestra fe y diferenciarnos de las personas del mundo. Celebramos correctamente la recuperación de la justificación sólo por fe de la Reforma. No obstante, el evangelio que la Reforma recuperó da a luz a un pueblo evangélico que forma un gobierno evangélico. Por tanto, aprendamos también de los discernimientos de los reformadores sobre las señales del evangelio que unen a la gente del evangelio.


Nota del editor: Este artículo es parte de la Revista 9Marcas publicada por el ministerio 9Marks. Puedes adquirir la Revista impresa . También puedes descargarla gratuitamente directamente del sitio en internet es.9marks.org.

Este artículo fue traducido por Nazareth Bello.

 

[1] Martín Lutero, “The Babylonian Captivity of the Church” [«La cautividad babilónica de la iglesia»] en Three Treatises [Tres tratados] (Minneapolis: Fortress, 1970), 158.

[2] Ibid.

[3] El orden de la frase es de Dean Zweck, “The Communion of Saints in Luther’s 1519 Sermon, The Blessed Sacrament of the Holy and True Body,” [«La comunión de los santos en los sermones de Lutero de 1519, El bendito sacramento del santo y verdadero cuerpo»] LTJ 49 (2015): 118, resumiendo a Lutero.

[4] LW 35:58; citado por Zweck, “The Communion of the Saints” [«La comunión de los santos»] 119.

[5] Ibid.

[6] Juan Calvino, Institutes of the Christian Religion [Institución de la religion cristiana], ed. John T. McNeill, trad. Ford Lewis Battles, vol. 2, The Library of Christian Classics [La biblioteca de clásicos cristianos] (Louisville, KY: Westminster John Knox, 1960), 1361-1362 (4.17.2).

[7] Juan Calvino, Commentary on the Epistles of Paul the Apostle to the Corinthians [Comentario sobre las Epístolas de Pablo a los Corintios], trad. John Pringle, Calvin’s Commentaries 20 [Comentarios de Calvino 20] (Grand Rapids: Baker, 2009), 335.

[8] Calvin, Institutes [Institución] 2:1415 (4.17.38).

[9] Ibid.

[10] John Edmund Cox, ed., Writings and Disputations of Thomas Cranmer Relative to the Lord’s Supper [Escritos y debates de Thomas Cranmer relacionados con la Cena del Señor] (Cambridge: The University Press, 1844), 41; citado en Ashley Null, “Thomas Cranmer” [«Thomas Cranmer»] en Christian Theologies of the Sacraments: A Comparative Introduction [Teologías cristianas de los sacramentos: una introducción comparativa] ed. Justin S. Holcomb y David A. Johnson (New York: New York University Press, 2017), 220.

[11] En An Answer to a crafty and sophistical cavilliation devised by Stephen Gardiner [Una respuesta a una astute y sofisticada cavilación ideada por Stephen Gardiner] (1551); ortografía modernizada. Le debo esta cita, y los siguientes puntos sobre la teología del bautismo de Cranmer, al excelente ensayo de mi amigo Stephen Tong para la beca Lightfoot 2016 en Cambridge, “The Sacraments as Practical Ecclesiology in the Church of Edward VI, 1547–1553” [«Los sacramentos como eclesiología práctica en la iglesia de Eduardo VI, 1547-1553»] 29. ¡Salud, compañero!

[12] Accedido en: http://anglicansonline.org/basics/thirty-nine_articles.html.

[13] Disponible en: http://justus.anglican.org/resources/bcp/1552/Baptism_1552.htm; ortografía modernizada.

Bobby Jamieson

Bobby Jamieson es un estudiante PhD de Nuevo Testamento en la Universidad de Cambridge. Anteriormente sirvió como editor asistente para 9Marks.

Bobby Jamieson

Bobby Jamieson es un estudiante PhD de Nuevo Testamento en la Universidad de Cambridge. Anteriormente sirvió como editor asistente para 9Marks.

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