La Reforma y la lectura de la Palabra: La revolución de poder leer la Biblia

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Este artículo pertenece al libro De vuelta a Cristo: Celebrando los 500 años de la Reforma escrito por pastores hispano hablantes y publicado por Soldados de Jesucristo. Estaremos regalando los archivos digitales de este libro el 31 de octubre de 2018, en celebración del aniversario de la Reforma protestante.

 

«En 1538, el rey de Inglaterra ordenó que “no se desanimará a ningún hombre de leer o escuchar la Biblia; más bien se estimulará, animará y exhortará a cada persona a leer la misma palabra viva de Dios”… en general, la ley fue recibida con gran entusiasmo… Tan grande era la emoción que algunos sacerdotes se quejaban de cómo, incluso durante el sermón, los laicos se leían la Biblia en voz alta unos a otros» (Michael Reeves).[1]

 

La lectura de las Escrituras es una de las actividades más importantes que debe hacer cada cristiano. Y la razón es obvia: si ellas son lo que dicen ser, la recopilación escrita de la revelación especial por la que Dios se ha dado a conocer al hombre, entonces es una necesidad no solo escucharla de otros, sino aún leerla por nosotros mismos, para conocer mejor a Dios, su salvación y cómo vivir vidas que le agraden.

Lo que escribió Juan en Apocalipsis 1:3 puede aplicarse a toda la Escritura: «Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de la profecía y guardan las cosas que están escritas en ella, porque el tiempo está cerca».

Pero algo no anduvo bien en la iglesia cuando, entre otras cosas, comenzó a hacerse una rígida separación entre los líderes eclesiásticos y el pueblo en común, llevando a que eventualmente se transfiriera la autoridad de interpretar las Escrituras únicamente a esos líderes, y luego al magisterio de la iglesia, con el obispo de Roma como la cabeza principal de dicho magisterio. Los servicios religiosos eran celebrados, mayormente en latín, contribuyendo más a dicha separación.

Y esta realidad, combinada con factores políticos, sociales y económicos de la época, le quitó incentivo, no solo a la importancia de leer las Escrituras de forma particular, sino al mismo hecho de saber leer, durante gran parte de la Edad Media, siendo la tasa de analfabetismo en Europa hasta el siglo XVI muy alta.

Pero la situación comenzó a cambiar paulatinamente, sobre todo en los siglos XV e inicios del XVI. Eventos como la huida de muchos cristianos de lugares como Constantinopla, ante el avance de los turcos, conectó cada vez más al Occidente con el Oriente. Además, movimientos como el Renacimiento jugarían también su rol.

En ese contexto surge la invención de la imprenta de Gutenberg, y la publicación de la Biblia en la versión de la Vulgata Latina a partir de la segunda mitad del siglo XV. Poco a poco, esto ayudaría a ir creando conciencia de la importancia de saber leer, y de la preparación académica en general. Más tarde, en el 1516 fue publicada la primera edición del conocido Texto Recibido (o Textus Receptus) que fue una compilación de los manuscritos griegos disponibles del Nuevo Testamento en forma de libro, por Erasmo de Rotterdam.

 

La traducción de la Biblia al lenguaje del pueblo

El 31 de octubre de 1517, Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg, como protesta por la venta de las indulgencias que se venía realizando en los territorios alemanes, dando inicio a la Reforma protestante.[2] A partir de entonces, las enseñanzas de Lutero comenzaron a ser leídas en muchas partes de Europa. Poco después, se levantaron otros líderes, que también abogaron por una reforma en la iglesia oficial, como fueron Zwinglio, Farel, Tyndale, etc.

Estos reformadores entendieron que era imperioso que el pueblo pudiese leer por sí mismo la Escritura, y así comparar toda enseñanza humana con la misma. Todo esto partiendo de la convicción de que dicha Escritura es la fuente de autoridad de nuestras creencias, y no la tradición de los hombres, ni la afirmación de los concilios.

Lutero señaló lo siguiente: «Este libro solo, debe llenar las manos, lenguas, ojos, oídos y corazones de todos los hombres. La Biblia sin comentarios es el sol que por sí solo da luz a todos los profesores y pastores».[3]

Fue así como Lutero, tomó la extraordinaria decisión de traducir la Biblia al idioma alemán. Y como él, otros reformadores que conocían los idiomas originales de la Biblia, siguieron su ejemplo. Y a pesar de que no era una tarea fácil, decidieron seguir hacia adelante, aprovechando algunos recursos que antes no existían, y que ya mencionamos (la imprenta, el Nuevo Testamento griego de Erasmo, etc.).

Lutero comenzó primeramente con el Nuevo Testamento, mientras estuvo en su cautiverio en Wartburgo en 1522. El historiador Jonathan Hill escribe lo siguiente al respecto: «La obra tuvo un éxito enorme, vendiéndose 5,000 copias en dos meses. Impresionante, dado que sólo uno de cada tres habitantes de la ciudad podía leer, y en el campo sólo uno de cada veinte».[4] La Biblia completa en el idioma alemán concluyó en el año 1534, siendo todavía usada hasta el día de hoy.

Similares esfuerzos de traducción se hicieron realidad en otros lugares de Europa. En Inglaterra, aunque se contaba con algunas traducciones, se vio la necesidad de trabajar en una mejor traducción, y de ahí la labor de William Tyndale. Aunque este fue martirizado poco antes de ver su obra concluida, esta sirvió como base para la Biblia en inglés más famosa, llamada la versión del rey Jacobo (King James Version), en el 1604.

De igual manera, luego de grandes dificultades, vino a la luz la Biblia del Oso, traducida por Casiodoro de Reina en el 1569, y que luego de ser revisada por Cipriano de Valera en el 1602, se convirtió en la Biblia oficial de la Reforma protestante del mundo hispano. Lamentablemente su impacto se vio reducido, a causa de la fuerte persecución que España arremetió en contra los reformadores y sus obras.

 

Las consecuencias de la traducción de la Biblia

Toda esta labor tuvo repercusiones en diferentes vertientes. Obviamente, si se entendía que debía de traducirse las Escrituras al lenguaje del pueblo, era imprescindible garantizar la alfabetización del mismo. Aunque dentro de los países que se hicieron protestantes, no se siguió necesariamente el mismo modelo, la realidad es que en los mismos se redujo grandemente el analfabetismo.

En cambio, en los países que se cerraron a la Reforma, la tasa de analfabetismo se mantuvo mucho más alta por siglos. Se dice que para el siglo XVIII en Inglaterra y Holanda, la alfabetización alcanzaba el 70%, mientras que, en España o Portugal, no llegaba al 10%. En el caso de Suecia, un autor señala que: «el 50% o más de la población adulta sueca sabía leer a fines del siglo XVII y casi el 100% hacia 1750».[5]

Aunque no podemos verificar la exactitud de estos datos, sin embargo, parece que están muy cercanos a la realidad. Y el hecho de tener a una población más educada, contribuyó a una mejoría económica de muchas familias que, en el contexto del cumplimiento de oficios a los cuales ahora tenían más acceso, pudieron generar más riquezas.

Pero la mayor revolución que tuvo el poder leer la Biblia en su propio idioma fue la espiritual. Las conocidas palabras de Pablo a Timoteo cuando le dice: «Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia» (2 Ti. 3:16) nunca deben ser subestimadas. Por eso Timoteo fue instruido desde la niñez con las Escrituras. El poder leer la Biblia en su propio idioma, trajo entonces un incremento de la piedad y la devoción en muchas personas.

También, una vez los cristianos podían leer y estudiar la Biblia por sí mismos, estarían mejor capacitados para rebatir las falsas enseñanzas y hacer una mejor labor de evangelización. Es interesante lo que dice un autor católico de la época llamado Cochleus, al respecto:

Todos los que conocían el alemán, nobles y plebeyos, los artesanos, las mujeres, todos leían el Nuevo Testamento con el más ferviente deseo… Lo llevaban consigo a todas partes; lo aprendían de memoria; y hasta gente sin gran instrucción se atrevía, fundado en las Sagradas Escrituras su conocimiento, a disputar acerca de la fe y del evangelio con sacerdotes y frailes, y hasta con profesores públicos y doctores en teología.[6]

 

Conclusión

Aunque al día de hoy en muchos lugares hay un acceso amplio y variado de la Biblia, cada vez crece más el número de personas que no la lee, y mucho menos que la estudie. El exceso de actividades, el bombardeo masivo de la tecnología con sus atractivos visuales, entre otras cosas, distraen grandemente a las personas de este medio de la gracia tan básico e importante a la vez.

Por esa razón, en estos tiempos más que nunca, necesitamos volver a enfatizar la importancia de que aprovechar el tesoro inagotable de la revelación escrita por Dios, como sucedió en la época de la Reforma. La misma Escritura nos enseña de que ella no vuelve vacía, sino que cumple el propósito para el cual ha sido enviada (Is. 55:11). Cuando la podemos leer, cuando la podemos escuchar, cuando la podemos memorizar y meditar, ella actuará poderosamente en nuestras vidas por medio de la acción del Espíritu Santo.

Alimentémonos cada vez más, por todos los medios posibles, de esa Palabra. Y, al hacerlo, recordemos lo que dice Hebreos 4:12-13: «Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada oculta a su vista, sino que todas las cosas están al descubierto y desnudas ante los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta».

[1] Michael Reeves, The Unquenchable Flame: Discovering the Heart of the Reformation [La llama inextinguible: descubriendo el corazón de la Reforma] (Nashville, TN: B&H Publishing Group, 2009), 130.

[2] Comentando sobre esta importante fecha, Michael Reeves y Tim Chester explican en su libro Why the Reformation Still Matters [Por qué la Reforma todavía importa] que «La Reforma fue un movimiento complejo, con muchos afluentes. No fue la obra de un solo hombre o un solo movimiento. Sin embargo, el 31 de octubre de 1517 ha tomado un significado simbólico. Más que cualquier otro evento, este tiene el mejor derecho de ser considerado como el disparo de salida que puso todo lo demás en movimiento». (Wheaton, IL: Crossway, 2016), pos. 143 de 3917.

[3] Federico Fliedner, Martín Lutero: su vida y su obra (Barcelona, España: Libros CLIE, 1980), 139.

[4] Jonathan Hill, Zondervan Handbook to the History of Christianity [El manual Zondervan sobre la historia del cristianismo] (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2006), 253.

[5] Antonio Viñao Frago, Del analfabetismo a la alfabetización: análisis de una mutación antropológica e historiográfica, 212. https://gredos.usal.es/jspui/bitstream/10366/79392/1/Del_analfabetismo_a_la_alfabetizacion_An.pdf

[6] Federico Fliedner, op. cit., 140.