Las debilidades y fracasos edificarán tu fe

Cartas para mí a los 30 años de edad

Hay tantas cosas que hubiese querido que alguien me dijera a los treinta, porque a los treinta pensaba que tenía mi vida resuelta.

No fue así.

La vida se dio vuelta rápidamente. Desearía que alguien me lo hubiese dicho;

“Te estás aferrando a cosas sin sentido, y estás creyendo en ti misma por las razones equivocadas. Deja de juzgar tu vida por tus logros o “bendiciones”, sea material, relacional o de tu reputación, porque nada de eso permanecerá. Lo que ahora consideras bendiciones serán quitados, y cuando suceda, descubrirás que ser bendecida es más profundo y más duradero de lo que puedes imaginar”.

No hay manera de que pudiese haber preparado a mi yo de treinta años para lo que me esperaba. ¿Cómo se puede preparar uno para lo desconocido? Me alegra no haber sabido lo que se me avecinaba, pero desearía haber sabido que mientras Dios estaba removiendo mis tesoros terrenales, me estaba dando algo que nunca puede ser removido, me estaba dando a Cristo.

Desería haber sabido que confiar en Dios nunca sería un error y que usaría cada gramo de mi dolor para mi bien y su gloria. Y desearía haber sabido que la vida en Cristo continuaría mejorando, porque Jesús siempre guarda el mejor vino para el final.

El costo de una carrera exitosa

Mis últimos años de adolescencia y mis primeros veinte fueron años marcados por un éxito absoluto. Graduada de secundaria con las mejores calificaciones. Aceptada en todas las universidades que solicité. Después de la universidad, trabajé para una importante institución financiera. Obtuve una maestría en Administración de Empresas de una universidad prestigiosa. Conocí y me casé con un compañero de la escuela de negocios. Prosperé en mi trabajo mientras escalaba posiciones en mi carrera corporativa.

La vida era gloriosa desde una perspectiva mundana. No me negué nada de lo que mi corazón deseaba. Tenía todo lo que quería, pero tuvo un precio.

Mi fe, una vez vibrante que tenía en la universidad, tomó el asiento trasero por mi carrera. Mis momentos de tranquilidad eran mayormente apresurados, si es que ocurrían. Mis amistades eran superficiales, pero estaba muy ocupada para preocuparme. Mi fe era superficial, pero parecía suficiente.

Entonces, llegué a mis treinta. Una seria pelea matrimonial nos llevó a consejería por años. Nuestro hijo menor murió. Tuve cuatro abortos involuntarios. Me diagnosticaron síndrome de pos poliomielitis.

Triunfadora de casa

Mi vida aparentemente perfecta había dado un giro enorme. Decidí quedarme en casa a tiempo completo después del nacimiento de nuestro primer hijo. Cambié el enfoque en mi carrera para ser una esposa y madre abnegada. Preparé comidas gourmet, tomé fotografías de cada momento de mis hijos e hice álbumes de recortes para conmemorar cada ocasión.

Oraba por mi esposo e hice tiempo para estar juntos. Planeé noches familiares y eduqué a mis hijos en casa. Tuve tiempos de quietud considerables, enseñé estudios bíblicos para mujeres, y fui mentora de mujeres casadas.

Mis luchas me forzaron a apoyarme en Dios, y aprendí a adaptarme a una vida diferente – una que era menos visible, pero aun así me sentía realizada. Pero con diferentes prioridades y galardones.

Cuando el dolor llega golpeando a tu puerta

A ningún lugar al que recurrir  

Sin embargo, a mitad de mis cuarenta todo se vino abajo. Mi esposo se fue con otra mujer, alegando mis insuficiencias como esposa. Mis hijos se alejaron de Dios enojados, señalando mi insuficiencia como madre. Nuestro hogar se convirtió en un lugar de ira y remordimiento, lo opuesto al refugio que una vez fue. Mis brazos comenzaron a fallar debido a mi enfermedad, por lo que tuve que dejar de cocinar, dejar mi colección de recortes y hospitalidad para concentrarme en el cuidado personal.

Todo por lo que trabajé se había ido. Las cosas que había valorado se desintegraron. No había ninguna pizca de logro al que pudiera aferrarme.

Esos días fueron más dolorosos de lo que puedo expresar. Mis amigos y familia se reunieron a mi alrededor, pero por dentro me estaba muriendo. Nada de lo que había logrado parecía importar.

Me aferré a Dios porque sabía que no había otro lugar al que recurrir. Y de esa desesperación surgió un deleite inesperado en Dios. Ansiaba tener compañerismo con él. Su Palabra me revivía a diario. Y oré más fervientemente.

Y mi relación con los demás tenía una autenticidad recién descubierta. No había nada que ocultar en el fondo. No había apariencia que sostener. Todo quedó al descubierto.

Y pronto descubrí que este épico fracaso fue un gran regalo.

Identidad y seguridad

A medida que mi vida era probada por la adversidad y el fracaso, adquirí un sentido más real de mí misma. No estaba basado en mis logros, en lo que la gente pensaba de mí o lo que hice o había hecho.

Mi identidad estaba basada en Cristo.

Mis éxitos en la vida nunca me dieron seguridad, sino todo lo contrario, me obligaron para tener más éxito.

Pero el fracaso me dio confianza interna. Me enseñó sobre mí misma. En lo que podía apoyarme. Que ciertas cosas podrían, y me sacudirían. Y lo que sería inquebrantable.

En medio de mi fracaso, entendí más claramente lo que constituye una bendición real. La bendición real siempre descansa en Dios mismo.

Dios edifica sobre nuestros fracasos

La Biblia nos muestra cómo Dios usa nuestros fracasos y debilidades. David pecó contra Dios cuando decidió hacer un censo, contando a su gente en lugar de depender en Dios. Dios lo castigó, y en su arrepentimiento, edificó un altar en la heredad de Arauna jebuseo. Y fue en ese mismo terreno, lugar de fracaso y arrepentimiento, que se construyó el templo.

El templo de Dios en Jerusalén, el lugar más sagrado donde Dios moraría en la tierra con el hombre, fue construido sobre la base del fracaso humano.

No podemos ofrecer nada a Dios. Él no está detrás de nuestros éxitos. Él quiere nuestro corazón, arrepentimiento y dependencia en él.

Ahora Dios no mora en un templo hecho por manos humanas. Mora en nosotros. Y de la misma manera, la obra más grande de Dios en nosotros está construida sobre la base de nuestro fracaso. Dios hace un trabajo más extraordinario cuando confiamos solo en él.

A mi yo a los treinta

¿Qué le diría a mi yo de 30 años?

Confía en Dios. Él va a usar todo en tu vida para acercarte más a él. No desperdicies tu sufrimiento, porque será el desarrollo de tu fe. Y un día, a medida que tu fe se convierta en vista, estarás agradecido por todo.