Martín Lutero: Castillo fuerte es nuestro Dios

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Este artículo pertenece al libro De vuelta a Cristo: Celebrando los 500 años de la Reforma escrito por pastores hispano hablantes y publicado por Soldados de Jesucristo. Estaremos regalando los archivos digitales de este libro el 31 de octubre de 2018, en celebración del aniversario de la Reforma protestante.

«Esa Palabra del Señor que el mundo no apetece, por el Espíritu de Dios muy firme permanece» (Martín Lutero).[1]

Once, treintaiuno, mil quinientos diecisiete, noventaicinco, son los números que marcan uno de los eventos más importantes y formativos de la historia de la iglesia. Fue un día miércoles, justamente en el 31 del mes de octubre del año 1517 que un monje católico y profesor de Biblia en la Universidad de Wittenberg, Alemania, decidió clavar en la puerta de Castle Church de dicha ciudad un documento que se convertiría en el inicio de una tormenta perfecta en el mundo teológico y eclesiástico de la era, que aún se deja sentir hoy, ya 500 años después. Conocemos el hombre, Martin Lutero, y conocemos el documento, Cuestionamiento al poder y eficacia de las indulgencias, o mejor conocido como las 95 Tesis.

Aunque existen precedentes a la Reforma protestante que datan antes de Lutero (como Juan Huss), fue la valentía de Lutero en cuestionar los horrorosos abusos papales en la venta de indulgencias lo que se reconoce oficialmente como el lanzamiento de la Reforma. Lutero entonces se convierte en la figura y líder principal de este movimiento el cual alteró el rumbo de la historia, tanto de naciones como de individuos. El núcleo del mismo fue el deseo de devolver a la Iglesia a someterse a la única autoridad validad, la Biblia. En lo cual Lutero jugó un papel muy importante y central.

Steven Lawson en su libro The Heroic Boldness of Martin Luther [La valentia heróica de Martín Lutero] describe la obra de Lutero de la siguiente manera:

Lutero utilizó todos los medios legítimos para dar a conocer las verdades de la Escritura. Sus estrategias incluyeron escribir libros, tratados, folletos y cartas, así como conferencias en el aula, debates públicos y disputas acaloradas en iglesias y universidades. Pero su principal medio de producir la reforma era el púlpito.[2]

La predicación fue uno de los elementos principales de la Reforma. La misma fue como el martillo que sobre el yunque de la Palabra fue dándole forma a todo el movimiento. En esto se distinguía Lutero. Él era, al igual que muchos otros reformadores, simplemente un gran predicador. Dominaba el pulpito con gran valentía, predicaba sin temor confiando absolutamente en la veracidad de la Palabra. Fue esta convicción de la autoridad de la Biblia lo que generó en él tan alto nivel de valor y bravura en su predicación.

Nuestra intención en este capítulo no es dar un recorrido completo y exhaustivo a través de la biografía de Lutero, sino más bien concentrarnos en algunos episodios importantes en la vida de este reformador.

Frustrado con Dios y con Roma

Cuando Lutero entró a servir como sacerdote, lo hizo con un deseo profundo de ser hallado justo delante de Dios. En sus comienzos él había desarrollado un entendimiento de justificación por obras, lo cual le llevó a tener una vida de extremo legalismo, lo cual a su vez lo llevó a estar molesto con Dios y frustrado con Roma.

Hablando de su constante molestia con Dios, Lutero escribe:

Aunque vivía como un monje sin reproche, sentía que era un pecador ante Dios con una conciencia extremadamente perturbada. Yo no podía creer que él era aplacado por mis esfuerzos. Yo no amaba, sí, yo odiaba al Dios justo que castiga a los pecadores, y secretamente, y quizás aun blasfemando, sin duda murmurando mucho, yo estaba enojado con Dios, y dije: «Como si en verdad no basta que miserables pecadores, eternamente perdidos por el pecado original, son aplastados por toda clase de calamidades por la ley del decálogo, sin que Dios agregue dolor al dolor por el evangelio y también por el evangelio que nos amenaza con su justicia e ira». Por tal razón tenía rabia.[3]

No solo vivía molesto con Dios, sino que llegó un momento en el cual sintió completa frustración con Roma. En el año 1510, Lutero viajó a Roma con la esperanza de encontrar paz al visitar los lugares sagrados y venerar las reliquias del cristianismo. Pero lo que encontró allí lo desilusionó aún más. Los abusos y las hipocresías de los líderes religiosos eran evidentes, la corrupción de la Iglesia Católica Romana era indiscutible.

Lawson nos narra una historia muy particular de este viaje a Roma:

Se afirmaba que la Scala Sancta («las Escaleras Sagradas»), los mismos pasos que Jesús había descendido del pretorio de Pilato, se había trasladado a Roma, y que Dios perdonaría los pecados de aquellos que subieran las escaleras en sus rodillas, besando cada escalón. Lutero subió diligentemente las escaleras… pero cuando llegó a la cima, se desesperó: «En Roma, quise liberar a mi abuelo del purgatorio, y subí las escaleras de Pilato, rezando con un “Paternoster” en cada paso; porque estaba convencido de que el que orara así podría redimir su alma. Pero cuando llegué al último escalón, el pensamiento siguió viniendo a mí, “¿Quién sabe si esto es verdad?”».[4]

Libertado por Romanos 1:17

Romanos 1:17 es conocido por muchos como el texto de la Reforma. Lutero encontró la llave para el entendimiento apropiado del evangelio. Lutero mismo admite haber golpeado a «Pablo impunemente, deseando conocer lo que Pablo quería decir»[5]. Leamos las palabras de Lutero mismo describiendo la experiencia iluminadora de comprender Romanos 1:17:

Por fin, por la misericordia de Dios, meditando día y noche, presté atención al contexto de las palabras: «Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe; como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá». Allí empecé a entender que la justicia de Dios es aquella por la cual el justo vive por un don de Dios, es decir, por la fe. Y este es el significado: la justicia de Dios es revelada por el evangelio, es decir, la justicia pasiva con la cual el Dios misericordioso nos justifica por la fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá. Yo había nacido de nuevo y había entrado en el paraíso mismo del cual sus puertas fueron abiertas completamente.[6]

Fue este entendimiento de Romanos 1:17 que encendió la chispa de la Reforma. En su libro 131 Christians Everyone Should Know [131 cristianos que todos deben conocer] Galli y Olsen escriben:

Después de este entendimiento vinieron muchos más. Para Lutero la iglesia ya no era una institución definida por sucesión apostólica (como era la iglesia católica romana), sino que era una comunidad compuesta por aquellos que habían recibido fe. La salvación ya no venía por los sacramentos sino por fe. La idea de que los humanos tienen todavía una chispa de bondad en ellos que les permitía buscar a Dios ya no era un fundamento teológico sino una enseñanza de tontos. La humildad dejó de ser una virtud que te hacia ganar la gracia de Dios, y se convirtió en la respuesta necesaria al favor inmerecido de dicha gracia; y la fe ya no era el consentir o aceptar las enseñanzas de la iglesia cualquiera que fuesen, sino el confiar en las promesas de Dios y en los méritos de Cristo.[7]

Castillo fuerte es nuestro Dios

Lutero fue un reformador valiente y audaz. No tenía temor de predicar la verdad y de pararse sobre la autoridad de la Palabra y confrontar el error viniese de donde viniese. Pero esta labor tan ardua por la verdad trajo consecuencias a la salud de Lutero. Para el año 1527, a la temprana edad de 44 años, ya estaba comenzado a tener dolencias y a sufrir de fatiga física. Tan severa eran las dolencias que él pensaba que estaba al borde de la muerte. Durante ese tiempo hubo brote de la plaga bubónica en Wittenberg, y aunque muchos decidieron evacuar la ciudad, Lutero se quedó allí y abrió su hogar como un hospital para los enfermos. Su hijo Hans contrajo la enfermedad, pero logró sobrevivir.

En medio de toda esa lucha y aflicción, Lutero escribió uno de los himnos cristianos más conocidos y entonados de la historia eclesiástica.[8] El himno nos revela la confianza que Lutero tenía en Dios. Vemos estrofa tras estrofa que la fuente de fortaleza de Lutero era simplemente el Dios que lo había sacado de las tinieblas horribles de la justificación por obras, y lo había traído a la luz maravillosa de la justificación por la fe. La teología del himno es muy bíblica. Lo podríamos resumir en esta corta oración: «Aunque Satán y sus demonios se levanten contra nosotros para matarnos, Dios nos librará, no por nuestras fuerzas sino por el poder de la cruz de Cristo y por la autoridad de la Palabra».

Que Dios nos permita tener la valentía en el pulpito, el hambre por la Palabra, el celo por la verdad y la dependencia en Dios que tuvo Lutero. Que así nos ayude Dios, Amen.

[1] Himno Castillo fuerte es nuestro Dios.

[2] Steven Lawson The Heroic Boldness of Martin Luther [La valentía heróica de Martín Lutero] (Orlando, FL: Reformation Trust Publishing, 2013).

[3] Martín Lutero, Luther’s works, vol. 34: Career of the Reformer IV [Las obras de Lutero, vol. 34: La carrera del reformador IV], ed. Jaroslav Jan Pelikan, Hilton C. Oswald y Helmut T. Lehmann (Philadelphia: Fortress Press, 1999), 336-337.

[4] Steven Lawson, op. cit., 7-8.

[5] Martín Lutero, op. cit., 336-337.

[6] Ibid., 337.

[7] Mark Galli y Ted Olsen, 131 Christians everyone should know [131 cristianos que todos deben conocer] (Nashville, TN: Broadman & Holman Publishers, 2000), 35.

[8] Himno Castillo fuerte es nuestro Dios.