La Reforma y la teología bíblica: mostrando cómo toda la Escritura testifica de Cristo

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Este artículo pertenece al libro De vuelta a Cristo: Celebrando los 500 años de la Reforma escrito por pastores hispano hablantes y publicado por Soldados de Jesucristo. Estaremos regalando los archivos digitales de este libro el 31 de octubre de 2018, en celebración del aniversario de la Reforma protestante.

 

«Piensa en Cristo como la mismísima sustancia, médula, alma y objetivo de todas las Escrituras» (Isaac Ambrose).[1]

 

¿Quién es la cabeza de la iglesia? ¿Tiene el papa autoridad para conceder indulgencias, absolver pecados y ejercer señorío sobre la iglesia? Los reformadores del siglo XVI contestaron que no, afirmando que la Iglesia Católica Romana había usurpado la autoridad de Cristo, quien es la única cabeza de la iglesia (Ef. 4:15). Además, los reformadores enseñaron que Cristo exclusivamente media su autoridad de acuerdo con su palabra, y no por medio de hombres.[2]

Este ardiente anhelo de exaltar a Cristo como la cabeza suprema sobre todo y todos guió a los reformadores a exponer a Cristo desde toda la Biblia. La imperante necesidad de revelar la superioridad de Cristo por encima del sistema católico romano demandaba no sólo derribar las falacias del catolicismo que atacaban a Cristo, sino también demostrar su lugar de exaltación de acuerdo con la Escritura. Por ejemplo, no sería suficiente con afirmar que la iglesia católica estaba errada al enseñar que se puede orar a María para interceder por nosotros. También sería necesario mostrar que tenemos alguien superior—una persona perfectamente divina y genuinamente humana, el único mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre (1 Ti. 2:5).

Sin embargo, ¿cómo lo harían? ¿Acaso los reformadores seguirían usando la misma interpretación alegórica que el clérigo empleaba, simplemente insertando a Cristo en la Biblia de una manera subjetiva para probar su punto? Por supuesto que no. Al contrario, los reformadores rotundamente rechazaron la interpretación alegórica de las Escrituras. Martín Lutero afirmó que debemos interpretar la Biblia en su «sentido literal y gramático»,[3] y agregó que las «alegorías son especulaciones vacías».[4] Juan Calvino sostuvo convicciones aún más fuertes, acusando a Orígenes y a otros pertenecientes a la escuela alegórica de «torturar la Escritura de su sentido verdadero».[5]

Los reformadores, en cambio, encontrando apoyo directo en pasajes como Lucas 24:27-44, entendieron que Cristo es el tema explícito de toda la Escritura. Lucas narra que, «comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, [Cristo] les explicó lo referente a él en todas las Escrituras» (Lc. 24:27). Por tanto, no tenemos que insertar a Cristo en los textos bíblicos, él ya está ahí. Lo encontraremos cuando interpretemos correctamente la Escritura.

Así que, llegados a este punto, consideremos algunos ejemplos que los reformadores utilizaron para exaltar a Cristo desde toda la Escritura, y fijémonos que la forma en que lo hicieron fue siempre de acuerdo con el contexto del pasaje. Debido a que no hay discusión en que el Nuevo Testamento tiene el propósito de glorificar a Dios por medio de su Hijo Jesucristo, examinaremos pasajes que se encuentran en el Antiguo Testamento.

El primero de ellos lo encontramos en Génesis 3:15 donde Dios declara, «Y pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar». Calvino enseña que es por medio de Cristo, el verdadero hijo de Eva, que toda la raza humana redimida obtendrá su victoria sobre la serpiente, cuando Dios aplaste a Satanás bajo nuestros pies (Ro. 16:20). Sin embargo, advierte que no debemos «distorsionar violentamente la palabra simiente»,[6] al decir que únicamente se refiere a Cristo, ya que en el contexto la simiente se refiere a los descendientes de Eva. Aunque la mayoría de los evangélicos hoy preferirían explicar que Cristo es la simiente, y que ganó victoria sobre Satanás en la cruz para él y para todos los que están en él, no obstante, observamos el buen deseo de Calvino de exaltar a Cristo sólo por medio de una interpretación correcta de la Escritura.

El siguiente ejemplo también es una declaración de Dios, que se encuentra en Génesis 22:18. Dios le dice a Abraham, «en tu simiente serán bendecidas todas las naciones de la tierra, porque tú has obedecido mi voz». Aunque quizá alguno le acuse de alegórico, Lutero hizo hincapié en la verdad de que la simiente de Abraham es Cristo. Defendió su interpretación en las palabras de Pablo, quien «vistió esta interpretación con una autoridad apostólica».[7] Que Lutero sintiera la necesidad de justificar su interpretación con las palabras de Pablo demuestra su deseo de nunca ir más allá de lo que está escrito.

El tercer pasaje está relacionado con la historia de Moisés. Se halla en Éxodo 3:2 y dice: «Y se le apareció el ángel del Señor en una llama de fuego, en medio de una zarza; y Moisés miró, y he aquí, la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía». Calvino correctamente entendió que el Ángel de Jehová es el Hijo de Dios, ya que el contexto lo relaciona con el «Yo Soy» (Éx. 3:6), «Dios» (Éx. 3:4) y Jehová (Éx. 3:7). Así que Calvino adora a Cristo por ser el Dios eterno de Israel. Sin embargo, otra vez Calvino exhorta a su audiencia a rechazar interpretaciones subjetivas, tales como que la zarza es el cuerpo físico de Cristo que no se quemaba, aunque el fuego de su divinidad habitaba dentro.[8] Calvino afirma que dichas interpretaciones suenan bien, pero roban a Cristo de su gloria majestuosa expresada en la Escritura.

Faltaría espacio para mencionar otros pasajes, como la manera en que el tabernáculo, las leyes ceremoniales y el sistema sacrificial se cumplen en Cristo (Col. 2:17; He. 8:5). O cómo Cristo es la roca que seguía al pueblo de Israel (1 Co. 10:4), el segundo Moisés (Dt. 18:18) y el siervo sufriente de Jehová (Is. 53). Basta decir que toda la ley era nuestro ayo para guiarnos a Cristo (Gá. 3:24), hasta que él viniese y erradicase el pecado de los creyentes, tanto para los del Nuevo Pacto como para los del Antiguo Pacto (He. 9:15).

Así que, la lección que los reformadores nos dan es importante. Y no es solamente que la Biblia entera exalta a Cristo, sino que lo exalta de manera perfecta. No tenemos que tratar de ayudar a Dios, distorsionando su palabra e insertando a Cristo donde no se encuentra.[9] Si interpretamos los pasajes de acuerdo con su contexto, exaltaremos a Cristo en la forma que él desea ser exaltado.

Cristo reprendió al pueblo de Israel por no entender la Escritura correctamente, ya que los judíos debían haber entendido que el Antiguo Testamento habla de él (Lc. 24:25-27). Esto nos ayuda a comprender que no es necesario leer el Nuevo Testamento y luego introducir las verdades neotestamentarias al Antiguo Testamento para poder ver a Cristo (aunque muchas veces nos abre el panorama para verlo más fácilmente). Tampoco tenemos que leer la Biblia con una lente especial cristocéntrica para poder ver algo que no está ahí, o que no está claro. Al contrario, la Biblia exalta a Cristo en toda su extensión. Interpretada correctamente, la Biblia entera exalta de manera apropiada a nuestro Dios por medio de su Hijo Jesucristo.

Por esta razón, es importante desarrollar el «instinto cristocéntrico»[10] que observamos en los reformadores. Este instinto les instó a interpretar cada pasaje de acuerdo con su contexto, pero luego conectarlo a la gran historia de Dios en Cristo. No queremos fijarnos sólo en un pasaje en particular, de tal manera que perdamos de vista el punto de la Biblia—el Espíritu Santo nos revela la gloria de Dios en la exaltación de su Hijo Jesucristo.

No obstante, en nuestro deseo de exaltar a Cristo, debemos rechazar el impulso común de imponer la cruz sobre cada versículo. Aunque la cruz es sumamente importante en la Escritura, existen muchas otras formas en que la Biblia exalta a Cristo. Cristo es más que un siervo sufriente (Is. 53:4); también es Señor supremo (Sal. 110:1). Es cierto que Cristo se humilló en la cruz (Zac. 12:10), pero también regresará en poder para reinar (Zac. 14:4). Así que magnifiquemos a Cristo en todo lo que las Escrituras nos dicen de él—su divinidad, su preexistencia, su humillación, su regreso al mundo y la gloriosa realidad de que reinará para siempre sobre una nueva tierra, así como el Antiguo Testamento promete. Cristo ha cumplido la ley, entrando en el lugar santísimo y propiciando la ira de Dios por nosotros. Pero la cruz no es el fin de la historia. Él erradicó nuestro pecado para crear para sí un pueblo capaz de adorarle al nivel que merece. Sólo está esperando hasta que su Padre derribe a todos sus enemigos para regresar a su mundo a reinar.

Así que, aprendamos la lección que nos enseñan los reformadores. Uno no debe llegar demasiado rápido a ver a Cristo en cualquier pasaje bíblico, ya que tendemos a tergiversar el significado del texto, ignorando su contexto y truncando así su verdadero mensaje. Si hacemos esto, perderemos la plenitud de la belleza de Cristo en su Palabra, porque solamente veremos la parte de Cristo que «buscamos». Es por ello que debemos andar en las pisadas de los reformadores, haciendo una exégesis profunda de cada pasaje con el propósito de observar lo que nos dice en su contexto. Es así cuando genuinamente podremos ver cómo el pasaje exalta a Dios en Cristo Jesús.

 

[1] Isaac Ambrose, Works of Isaac Ambrose [Las obras de Isaac Ambrose] (London: for Thomas Tegg & Son, 1701), 201. Citado por Joel Beeke, “Learn from the Puritans (part 2)” [«Aprende de los puritanos (parte 2)»] en Dear Timothy: Letters on Pastoral Ministry [Querido Timoteo: cartas sobre el ministerio pastoral], ed. Thomas K. Ascol (Cape Coral, FL: Founders Press, 2016), 249.

[2] Por ejemplo, en su sexta tesis, Lutero declaró: «El papa no puede remitir culpa excepto esté declarando y aprobando la remisión divina». Martin Luther, Disputation of Doctor Martin Luther on the power and efficacy of indulgences: October 31, 1517 [Debate del Doctor Martín Lutero sobre el poder y la eficacia de las indulgencies: 31 de octubre de 1517], edición electrónica (Bellingham, WA: Logos Bible Software, 1996).

[3] Martín Lutero; citado en Roy B. Zuck, Basic Bible Interpretation: A Practical Guide to Discovering Biblical Truth [Interpretación bíblica básica: una guía práctica para descubrir la verdad bíblica] (Wheaton, IL: Victor Books, 1991), 45.

[4] Martín Lutero; citado en Frederic W. Farrar, History of Interpretation [Historia de la interpretación] (London: MacMillan & Co., 1886), 328, cp. 332-336.

[5] Juan Calvino; citado en Zuck, 47.

[6]Juan Calvino, Genesis [Génesis], edición electrónica, Calvin’s Commentaries [Los comentarios de Calvino], 1998, Gn. 3:15.

[7] Martín Lutero, Commentary on Galatians [Comentario sobre Gálatas] (Oak Harbor, WA: Logos Research Systems, Inc., 1997), 290.

[8] Juan Calvino y Charles William Bingham, Commentaries on the Four Last Books of Moses Arranged in the Form of a Harmony, vol. 1 [Comentarios sobre los últimos cuatro libros de Moisés organizados en forma de armonía, vol. 1], (Bellingham, WA: Logos Bible Software, 2010), 61-62.

[9] Aunque los reformadores rechazaron la interpretación alegórica de la iglesia católica romana, en su afán de encontrar a Cristo en toda la Biblia, en ocasiones llegaron a ver a Cristo en maneras muy creativas. De hecho, en ciertas ocasiones esta hermenéutica les llevó a conclusiones peligrosas. Por ejemplo, Lutero concluyó que el libro de Santiago era una epístola de paja ya que, a su juicio, no exaltaba a Cristo como lo hacía Romanos o Gálatas (“Preface to James” [«Prefacio a Santiago»] Luther’s Works, Vol. 35, Word and Sacrament [Las obras de Lutero, Vol. 35, Palabra y sacramento], ed. E. T. Bachmann (Philadelphia: Muhlenberg Press, 1960), 396.

[10] Sugel Michelén, De Parte de Dios y Delante de Dios (Nashville: B&H Publishing, 2016), 129.