Nota del Editor: Este es un articulo de Josué Barrios escrito en colaboración con el Pastor Daniel Puerto


Una de las prácticas más populares entre muchos predicadores consiste en hacer un llamado al altar al final del sermón.

Comprendemos que para muchas personas, esa práctica es bastante especial, y para millones de evangélicos esa es posiblemente la única forma (o la mejor) de terminar un sermón o evangelizar.

Pero, ¿es bueno hacer llamados al altar cuando terminamos un sermón? ¿Es bíblico? ¿Es saludable para nuestras iglesias locales?

Nos gustaría compartir contigo algunas razones por las cuales creemos que no es bíblico ni saludable concluir sermones de esa manera. No somos los únicos que piensan así. Muchos teólogos y predicadores comprometidos con la sana doctrina, con mucha más experiencia y conocimiento que nosotros, creen lo mismo.[1]

Algunas aclaraciones importantes

Al ser este un tema que tiene el potencial de generar controversia vemos necesario invertir estos primeros párrafos presentando algunas aclaraciones sumamente importantes.

1- Sobre los predicadores

Con lo que compartiremos a continuación, no queremos dar la impresión de que creemos que todos los predicadores que hacen llamados al altar desconfían del poder del Espíritu Santo o son malos predicadores.

Muchos ministros que hacen llamados al altar realmente buscan honrar a Dios con ello, y los hacen sin considerar los peligros que la práctica conlleva, simplemente porque les enseñaron a concluir sus sermones de esta manera, o porque creen que esa práctica es muy beneficiosa.

2- Sobre las conversiones:

Tampoco pensamos que todas las conversiones en los llamados al altar son falsas. Muchas en realidad son genuinas. Tenemos muchos amigos que recibieron la salvación en servicios que concluyeron con un llamado al altar, y que años después siguen en la fe, dando frutos de vivir para Dios.

Sin embargo, como esperamos mostrar a continuación, son más los peligros de estos llamados que sus beneficios, y creemos que esta práctica no debería ser la norma al terminar un sermón o evento evangelístico.

3- Sobre el evangelismo en nuestras reuniones

Creemos que es importante hacer claro el camino para aquellos que no conocen a Jesús. Debemos indicarles con claridad cómo luce el arrepentimiento de pecados y la confianza en Jesús. Si no hacemos esto no estamos evangelizando.

4- Sobre nuestra carga por los que no son salvos

También creemos que es sano tener una carga por las almas y sentir una “insatisfacción santa” cuando no vemos personas confiando en Cristo bajo nuestro ministerio y trabajo para el reino de Dios. El pescador siempre quiere llegar a casa con peces. Creemos que todos los creyentes y todas las iglesias tenemos que crecer en nuestro amor por los perdidos y en celo por ganarlos para Cristo.

El movimiento de soteriología reformada de los últimos años se ha caracterizado por  un profundo amor por la doctrina sana, un rechazo por los falsos maestros y una preocupación por la sana eclesiología, pero tristemente no hemos sido caracterizados por una dedicación a la oración ni por una pasión por la salvación de los perdidos – las cuales van de la mano. Tenemos mucho camino para crecer en este respecto.

Los problemas de los llamados al altar

Considerando esas aclaraciones como trasfondo, a continuación ofrecemos nuestra perspectiva sobre los problemas con los llamados al altar:

1- La práctica del llamado al altar está totalmente ausente en el Nuevo Testamento. Aunque sí encontramos en las Escrituras a siervos del Señor llamando a personas al arrepentimiento y a creer en Jesús, incluso esperando una respuesta inmediata de parte de los oyentes, nunca vemos a un predicador llamando a las personas a “pasar al frente” o guiándolas en repetir una oración. Eso por sí solo no significa que el llamado al altar sea malo. No obstante, es algo a tomar en cuenta. Si Dios no lo ordenó en la Biblia, ¿para qué añadirlo con tanta preeminencia en la vida de la iglesia y en nuestros servicios? ¿Creemos que nuestros métodos son mejores que los de Dios?

Mack Stiles argumenta en su libro La evangelización que “cuando nos proponemos evangelizar, debemos comenzar con fundamentos bíblicos. Debemos considerar estos fundamentos para que moldeen, guarden e informen nuestra manera de compartir nuestra fe, en lugar de empezar buscando una forma de obtener un máximo impacto. Debemos ser muy cuidadosos para conformar nuestra práctica evangelística a la Biblia, pues esto honra a Dios”.[2]

2- Históricamente, el llamado al altar es un desarrollo reciente en la práctica de la iglesia (usado especialmente desde los años 1700 y 1800 hasta la actualidad). Fue popularizado por un “evangelista” llamado Charles Finney en el siglo 19, quien creía que el hombre tiene en sí mismo la capacidad para buscar a Dios sin necesidad de una obra del Espíritu Santo en su corazón. Con los llamados al altar, Finney básicamente apelaba a la voluntad humana como respuesta positiva a la predicación. [3]

Douglas A. Sweeney, un historiador que enseña en Trinity Evangelical Divinity School, explica que “este método evangelístico conocido como el llamado al altar o la invitación pública, no siempre ha existido. Evangelistas exitosos como George Whitefield, Jonathan Edwards y John Wesley nunca hicieron un llamado al altar. De hecho, ellos ni sabían qué era aquello. Ellos invitaron apasionadamente a sus oyentes a venir a Cristo en fe y regularmente aconsejaron a pecadores ansiosos después de sus servicios. Pero no llamaron a los pecadores a dar una respuesta pública y física después de sus súplicas evangelísticas”.

3- Aunque muchos predicadores que realmente creen el evangelio y desean que sus oyentes reciban a Cristo, usan los llamados al altar para incentivar que sus oyentes tengan una reflexión introspectiva en relación a su propia necesidad de salvación, tales llamados suelen producir el efecto opuesto, llevando a las personas a examinar a su alrededor.

Como Aaron Menikoff señala: “En vez de producir autoexaminación, [el llamado al altar] guía a las personas a examinar a la audiencia. La gente mira alrededor preguntando quién va a pasar adelante. Y si nadie se mueve, uno se pregunta, ¿el pastor falló? O peor, ¿Dios se tomó el día de descanso?”.

4- Como resultado, el llamado al altar conduce a las personas a evaluar la eficacia de la predicación de manera inmediata, en base a los resultados visibles en el momento. Contrario a eso, la predicación de Jesús no siempre obtuvo respuesta positiva de sus oyentes, y eso no significó que su predicación fuese defectuosa (cp. Juan 6:66).El llamado al altar nos puede conducir a olvidar que el éxito en el ministerio consiste en simplemente predicar con fidelidad la Palabra de Dios, dejando los resultados a Él (2 Timoteo 2:24-26; 4:1-2). Lo cual nos lleva al siguiente punto.

5- El llamado al altar nos puede conducir a subestimar el poder del Espíritu Santo para convertir a los inconversos, ya que hace recaer el énfasis de la conversión en la decisión de las personas de pasar adelante.Conocemos de congregaciones en las que, cuando el pastor hacía llamados al altar, los diáconos y el personal de la iglesia estaban instruidos para pasar al frente y atender el llamado al altar. De esa manera, se busca que los oyentes sean estimulados psicológicamente para pasar al frente.¡Qué poca confianza en el Espíritu Santo refleja esa clase de metodología! (cp. Juan 16:7-11). Sin embargo, hemos notado de cerca que esta clase de “trucos al llamar al altar” son más comunes de lo que la gente suele pensar. Y son, en gran parte, una conclusión lógica de creer que el llamado al altar es la forma apropiada de conducir a las personas a Cristo al concluir un sermón.Por eso no es de extrañar el uso de música suave y otros artilugios sugestivos en los llamados al altar, buscando (a veces sin estar conscientes de ello) manipular emocionalmente a las personas que escucharon el sermón, en vez de confiar realmente en el poder del Espíritu Santo.

John Stott nos recuerda que “si los seres humanos son realmente ciegos, sordos, mudos, cojos e incluso muertos, espiritual y moralmente hablando, sin mencionar el ser prisioneros de Satanás, entonces es extremadamente ridículo suponer que podemos por nosotros mismos y nuestra predicación meramente humana, alcanzar o rescatar a las personas que se encuentran en tal situación de peligro… Sólo Jesús puede, mediante su Espíritu Santo, abrir los ojos ciegos y oídos sordos, hacer caminar a los cojos y hablar a los mudos, despertar la conciencia, iluminar la mente, encender el corazón y conmover la voluntad, dar vida a los muertos y rescatar esclavos de la servidumbre satánica… nuestra mayor necesidad como predicadores es estar ‘revestidos del poder de lo alto’”.[4]

6- El llamado al altar suele fijarse en la mente de las personas como la parte más importante del servicio de adoración en la iglesia, restando así importancia a la predicación.Esto motiva de manera natural que muchos predicadores le quiten relevancia a la buena interpretación de las Escrituras al preparar sermones, y también motiva que la iglesia sea menos exigente al esperar buena predicación desde el púlpito, ya que —argumentan varios— “lo más importante es el llamado al altar”.

7- Acudir a un llamado al altar no es la forma bíblica de profesar nuestra fe públicamente. La muestra pública de nuestra fe en Jesús es el bautismo (Hechos 2:14). Por tanto, llamar a las personas al altar, para que pasando al frente profesen su fe, suele restar relevancia a la ordenanza de ir a la aguas para identificarnos con Cristo en su muerte y resurrección.

Bobby Jamieson se pregunta “¿Qué hace un creyente al ser bautizado?” y responde: “Está comprometiéndose públicamente con Cristo. El bautismo es como dejas constancia de que eres cristiano. Es la manera de profesar públicamente tu fe y sumisión al Señor Jesús”.[5]

En muchas iglesias, la acción de venir al altar o pasar al frente es la manera de profesar públicamente la fe en Cristo, lo cual no tiene precedente bíblico.

8- Como Paul Alexander explica: “El llamado al altar confunde el ‘venir adelante’ con venir a Cristo. A fin de ser salvas, las personas deben arrepentirse de sus pecados y creer en Cristo, lo cual no tiene nada que ver con caminar por un pasillo”.De esta manera, muchas personas creen que son cristianas porque en algún momento de sus vidas atendieron un llamado al altar, independientemente de si hoy dan frutos de ser creyentes o no.

9- El llamado al altar puede ocasionar que los miembros de la iglesia tengan un entendimiento errado del evangelismo. Existe la posibilidad (aunque no siempre es así) que los miembros de la iglesia sean acostumbrados a pensar que el único lugar donde se llama a las personas a profesar a Cristo es en la iglesia y al final del sermón.

Muchos pueden llegar a pensar de la siguiente manera: “Es en la iglesia donde se hace llamado al arrepentimiento y a la fe en Cristo, esa es responsabilidad del pastor o del predicador” o “Si el pastor es quien hace la invitación, nosotros traemos gente a la iglesia y él que les invite a confiar en Jesús”.

Todos nosotros entendemos que es responsabilidad de todo creyente estar compartiendo de Jesús a toda persona con quien entramos en contacto y es responsabilidad de todo creyente “rogar” a toda persona a que se reconcilie con Cristo.

Es posible que los miembros de la iglesia no “rueguen” a nadie que ponga su fe en Cristo porque eso sucede el domingo en la iglesia cuando el que predica hace el llamado.

¿Cuáles son las consecuencias en una iglesia donde hay un entendimiento errado del evangelismo? Mack Stiles afirma que “la evangelización es enseñar el evangelio —el mensaje de Dios que nos lleva a la salvación— con el objetivo de persuadir. Si una iglesia no entiende lo que es la evangelización bíblica, esa iglesia se verá mermada con el paso del tiempo… Una evangelización no bíblica es un método de suicidio asistido para la iglesia, por lo que hay mucho en juego en entender correctamente lo que es la evangelización”.[6]

10- Los predicadores que practican el llamado al altar pueden caer en el error de ignorar las diferentes maneras de hacer evangelismo en nuestros días. Las personas vienen a Cristo más como resultado de una serie de contactos con cristianos y con la iglesia local y menos como resultado de un evento dentro del lugar de reunión.

El pastor John MacArthur, reflexionando sobre su ministerio escribe: “Una cosa que he observado en todos mis años de ministerio es que los aspectos más efectivos e importantes de la evangelización por lo general tienen lugar en un plano personal, individual. La mayoría de la gente no viene a Cristo como una respuesta inmediata a un sermón que han oído en medio de una muchedumbre de gente. Vienen a Cristo debido a la influencia de un individuo”.[7]

Hoy en día las personas son cautelosas, desconfiadas y relacionales. Por eso vemos importante que entendamos el evangelismo más como un proyecto en comunidad que como una invitación a salvación el domingo al finalizar el sermón.

Stephen y David Olford escribieron que “solo Dios sabe cuánta gente se desanima a la hora de asistir a la iglesia o de escuchar el evangelio a causa de la gran presión de los llamamientos, los trucos evangelísticos o el mal uso de la psicología de masas. Somos justamente criticados por insultar la inteligencia y jugar con las emociones de hombres y mujeres, en nombre de la predicación evangelística. Esto es nada menos que ofender y hacer que se culpe el ministerio”.[8]

Creemos que insistir en un llamado al altar, en la repetición de una oración o en que se levante la mano es contraproducente en el evangelismo. ¿Por qué? Porque no tiene en consideración esas características de las personas a quienes estamos llamados a anunciarles el evangelio.

11- Los llamados al altar pueden animar a las personas a tener certeza de su salvación, no en base a la obra de Cristo, sino en base a nuestra propia decisión personal.

Mark Dever explica que “el llamado cristiano a evangelizar no es simplemente un llamado a persuadir personas para que hagan decisiones, en cambio es proclamarles las buenas noticias de salvación en Cristo, llamarlos al arrepentimiento y dar gloria a Dios por la regeneración y la conversión”.[9]

12- Finalmente, los llamados al altar han resultado en falsas conversiones, lo cual es el mayor peligro de esta práctica y es imposible tomarse a la ligera. Esto lo aseveran incluso proponentes que favorecen los llamados al altar.

El Dr. Danny Akin, quien argumenta a favor de esta práctica, afirma que esta acusación es por mucho la más seria, la cual es ciertamente válida en algunos aspectos.[10]

El presidente del Southeastern Baptist Theological Seminary explica que “muchas personas son salvas tardíamente en el transcurso de su vida han testificado que pasaron al frente en el pasado y erróneamente conectaron la salvación con la acción de caminar por un pasillo… Esta trágica realidad es demasiado común, la cual exige una honesta admisión de fracaso de parte de muchos predicadores y un cambio en cómo dan la invitación. Casi la mitad de todos los estudiantes del seminario admiten que han sido ‘bautizados’ más de una vez debido a confesiones de fe previas las cuales juzgaron como falsas”.

¿Cuál es la alternativa al llamado al altar?

Si consideras, como nosotros, que estos problemas de los llamados al altar son reales, tal vez te preguntes: “¿Ahora qué hago? ¿Cómo deben concluir los sermones?”.

La respuesta está en seguir el modelo bíblico; un modelo que han seguido incontables predicadores y evangelistas a lo largo de la historia, el cual consiste en predicar la Palabra de Dios explicando el evangelio, con urgencia y oración, llamando durante el sermón a las personas a creer en Cristo como Señor y Salvador y motivando en tu congregación una comprensión de la importancia del bautismo.

También es saludable que busques crear espacios en tu iglesia donde nuevos creyentes y personas interesadas en el evangelio puedan aprender más sobre la fe cristiana (como reuniones de estudios bíblicos), o ser accesible a ellos luego del sermón para que puedan hacerte preguntas y puedas dar consejería.

Te recomendamos, de igual manera, que tu iglesia local considere la implementación de lo que Mack Stiles llama “una cultura de evangelismo”, en la cual todos los creyentes son instruidos sobre qué es el evangelio, cómo compartirlo y cómo apoyarse unos a otros en la tarea de hacer discípulos de Jesús.[11]

A modo de testimonio personal (Josué), mis pastores y el grupo de maestros de mi iglesia abandonaron los llamados al altar hace tiempo, y todo indica que eso no ha menguado en nada nuestro evangelismo y discipulado, gracias a Dios.

Conclusión

En conclusión, comprendemos que los llamados al altar sean bastante queridos por muchos creyentes. Agradecemos a Dios por las personas que han recibido a Cristo en algún llamado al altar. También agradecemos por los pastores que hacen esos llamados al altar conducidos por los motivos correctos, creyendo sinceramente que de esa forma están amando y sirviendo mejor a las personas. Pero solo porque a veces parece que es una práctica muy buena, no significa que realmente lo sea. Son más los peligros de esos llamados que sus beneficios.

Que el Señor nos conceda ser bíblicos y cuidadosos al predicar Su Palabra, confiando siempre en Su poder para salvar.


[1] En inglés te recomendamos leer esto, esto, y esto. En español puedes considerar lo que escribió el pastor Sugel Michelén sobre el tema aquí.
[2] J. Mack Stiles, La Evangelización (Washington, DC: 9Marks, 2015), p.30-31.
[3] Para más información sobre el legado de Charles Finney, recomiendo leer este artículo de Michael Horton.
[4] John Stott, La predicación: puente entre dos mundos (Grand Rapids, Michigan: Libros Desafío, 2006), p.319.
[5] Bobby Jamieson, Understanding Baptism (Nashville, Tennessee: B&H Publishing Group, 2016), p.11
[6] Stiles, p.49-50.
[7] John MacArthur, Doce hombres comunes y corrientes (Nashville, Tennessee: Editorial Caribe, 2004), p.75.
[8] Stephen F. Olford y David L. Olford, Guía de predicación expositiva (Nashville, Tennessee: B&H Publishing Group, 2005), 280.
[9] Mark Dever, The Gospel and Personal Evangelism (Wheaton, Illinois: Crossway Books, 2007), p.112.
[10] Danny Akin en su capítulo “Giving an Invitation: Soul Winning from the Pulpit” en el libro Engaging Exposition (Nashville, Tennessee: B&H Publishing Group, 2011), p.213.
[11] En su libro La evangelización que puedes descargar gratuitamente aquí.

Blogger apasionado con la predicación del evangelio y el hacer discípulos. Escribe en josuebarrios.com. Autor de Cristiano Generación Facebook. Vive en Mérida, Venezuela, junto a su esposa Arianny. Miembro en la Iglesia Bautista Palabra Viva, donde sirve en la enseñanza. Editor Asociado en Soldados de Jesucristo.