No revises tu equipaje

¿Cuándo fue la última vez que le contaste a alguien las peores partes de tu pasado: los pecados más profundos y oscuros de los que más te avergüenzas?

¿Por qué no contamos esa parte de nuestra historia con más frecuencia de lo que lo hacemos? Si realmente creemos lo que decimos creer acerca del evangelio, nuestro pasado ya no nos define ni nos condena más. Jesús fue traspasado en nuestro lugar por nuestro pasado (Is. 53:5). Dios ha perdonado todas nuestras iniquidades (Sal. 103:3). Ahora no hay condenación (Ro. 8:1).

Cuando hemos experimentado el perdón y la libertad que encontramos en el evangelio, tenemos el impulso natural de querer dejar atrás el pasado. Somos nuevas criaturas. “Las cosas viejas pasaron” (2 Co. 5:17). Pero con el impulso natural de olvidar surge un segundo impulso aparentemente incompatible, el de divulgar o publicar nuestro pasado. Es un impulso sobrenatural de ir y contar.

Después de rescatar a un hombre de la opresión demoníaca, violenta y destructiva, Jesús le dice: “Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho por ti, y cómo tuvo misericordia de ti” (Mr. 5:19).

Ve y dile a todo el mundo quién eres y qué hiciste, y luego diles quién soy y lo que he hecho por ti. ¿Puede alguien realmente ver el poder de Dios en nuestras vidas sin dejar que su luz brille en nuestro pasado?

Recaudadores de impuestos y pecadores

Mateo se alejó de un pasado perverso, pero no dejó su pasado por completo. Mateo, Marcos y Lucas narran una historia corta acerca de Jesús mezclándose con los recaudadores de impuestos, pero sólo uno de ellos había extorsionado dinero del pueblo de Dios para sus propias finanzas personales.

“Y sucedió que estando él sentado a la mesa en la casa”, Mateo escribe, “he aquí, muchos recaudadores de impuestos y pecadores llegaron y se sentaron a la mesa con Jesús y sus discípulos. Y cuando vieron esto, los fariseos dijeron a sus discípulos: ¿Por qué come vuestro Maestro con los recaudadores de impuestos y pecadores?” (Mt. 9:10-11).

Recaudadores de impuestos y pecadores. Mateo sintió esas palabras más que Marcos, y al mismo tiempo probablemente sintió una profunda contrición por su propio pecado y una mayor compasión por los pecadores como él. Cuando escribió sobre el escándalo de Jesús sentado con estos hombres, estaba escribiendo sobre el escándalo de Jesús comiendo con él.

El primero de los pecadores

Hoy día, cuando hoy oímos “recaudador de impuestos”, podemos pensar en la oficina que recauda impuestos en nuestro país, una de las agencias más temidas y despreciadas en muchos países. Pero se quiera o no, estas oficinas están para hacer cumplir un sistema de reglas justamente instituido. Los recaudadores de impuestos en los días de Mateo eran a menudo corruptos: hombres que manipulaban la ley para extorsionar a la gente robándoles el dinero, incluso a los pobres. Zaqueo, por ejemplo, admite ese tipo de mal (Lc. 19:8).

Y no sólo Mateo hizo el trabajo sucio de recaudar los impuestos y (probablemente) abusar de su autoridad para beneficio personal, sino que era un judío recaudando dinero de sus compañeros judíos para financiar la opresión romana sobre los judíos. Como recaudador de impuestos, Mateo habría sido considerado un traidor de su gente y nación, negociando a sus compatriotas por centavos.

Hasta que esta palabra lo liberó de su amor al dinero: “Sígueme” (Mt. 9:9). Lucas dice: “Y él (Mateo), dejándolo todo, se levantó y le seguía (a Jesús)” (Lc. 5:28).

El recaudador de impuestos

Mateo, Marcos y Lucas también relatan la historia de Jesús llamando a los doce discípulos (Mt. 10:2-4; Mr. 3:16-19; Lc. 6:13-16). En cada uno, comienzan con Simón (Pedro) y terminan con Judas. Y cada uno llama a Judas un traidor o un hipócrita. Pero sólo uno se ve a sí mismo en la lista.

Mateo comienza a enumerar a sus hermanos: “Y los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; y Jacobo, el hijo de Zebedeo, y Juan su hermano; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo…”. Cuando llega a su nombre en la lista, se detiene. No puede contar esta historia como todo el mundo. Así que agrega tres palabras, “…Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el recaudador de impuestos; Jacobo, el hijo de Alfeo…” (Mt. 10:2-4).

En lugar de intentar dejar atrás su pasado, él quería que sus lectores supieran exactamente lo él que había dejado cuando decidió seguir a Jesús. Esas tres palabras fueron la breve oportunidad de Mateo para decir: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero. Sin embargo, por esto hallé misericordia, para que en mí, como el primero, Jesucristo demostrara toda su paciencia como un ejemplo para los que habrían de creer en él para vida eterna” (1 Ti. 1:15-16).

Mientras él destaca y celebra la belleza de Jesús a lo largo de su evangelio, no tiene miedo de hablar de la maldad en su propia historia, recordándonos que los recaudadores de impuestos eran siervos de sí mismos (Mt. 5:46), esclavos de sus anhelos (Mt. 11:19), e ignorantes de Dios (Mt. 18:17). Que él era egoísta, licencioso e impío. Pero Dios.

Recuperando el equipaje perdido

Y debido a que Mateo no se quedó callado acerca de lo que Jesús había hecho por él —sobre el pasado específico, desordenado, embarazoso y vergonzoso del que había sido rescatado— muchos recaudadores de impuestos también fueron perdonados y liberados.

Lo primero que hizo Mateo después de decidir seguir a Jesús fue organizar una fiesta para sus compañeros recaudadores de impuestos, para que él pudiera presentarlos a Jesús (Lc. 5:29). Dejó atrás los pecados en los que estaba envuelto, pero se negó a dejar atrás a otros que estaban enredados en los mismos pecados. No estaba contento con ser perdonado y olvidar. Su pasado era su maleta única dada por Dios para llevar el evangelio a otros recaudadores de impuestos y pecadores.

Y debido a que no dejó atrás su pasado, muchos otros dejaron de cobrar impuestos y empezaron a pescar hombres. Marcos escribe acerca de Mateo: “Y sucedió que estando Jesús sentado a la mesa en casa de Leví (Mateo), muchos recaudadores de impuestos y pecadores estaban comiendo con Jesús y sus discípulos; porque había muchos de ellos que le seguían” (Mr. 2:15).

Libre para recordar

¿Quién puede escuchar el evangelio con más claridad debido a que lo escucharon de ti, en tu casa, y en el contexto de tu historia? ¿Quién podría relacionarse con sus debilidades, pecados y fracasos únicos? Arma una fiesta para ellos, pon tu pasado en exhibición e invítalos a caminar contigo fuera de la esclavitud y la muerte hacia la clase de felicidad que nunca encontrarán en el dinero, sexo, entretenimiento, familia o trabajo. Invítalos a seguirte mientras tú sigues a Cristo.

Si hemos dejado nuestra vida de pecado para seguir a Cristo, estamos libres de nuestro pasado, para no ser definidos o restringidos por él de nuevo. Pero nunca lo dejamos completamente atrás, porque Dios dice algo excepcionalmente impresionante sobre sí mismo a través de nuestro pasado: nuestra recaudación de impuestos, nuestros ataques de ira, nuestros tranquilos celos y envidia, nuestra borracha autocompasión, nuestra inmoralidad sexual, nuestra moralidad auto-justificada (o de lo que sea que fueses liberado).

Alguien que tú conoces —alguien que lucha con los mismos pecados que una vez cometiste contra Dios— necesita oír lo que Dios ha hecho por ti.

Artículo publicado por Desiring God | Traducido con permiso por Luis J. Torrealba