Pero otros están peor

[dropcap]L[/dropcap]e pregunté por su enfermedad, su dolor, su sufrimiento. Ella me contó lo que le sucedía, las dificultades que ya había enfrentado, y el duro camino que tenía por delante. Describió el persistente dolor, las potentes pastillas, los horribles efectos secundarios, la incapacidad de vivir una vida normal. Luego dijo, casi disculpándose: «Pero sé que otras personas han sufrido mucho más». Le hablé al hombre acerca de su matrimonio y las duras pruebas que había soportado a manos de su esposa. Hablamos de su dolor al mirar que su matrimonio se disolvía alrededor de él, sus luchas con la vergüenza, su tentación hacia la amargura. Y él también lo dijo: «Pero sé que a otros les ha ido mucho peor».

Esta es nuestra tentación en el sufrimiento, compararlo con lo que otros han soportado y aminorar nuestro sufrimiento en relación con el de ellos. «No puedo quejarme cuando él ha soportado todo eso mientras que yo solo he soportado esto». «Sí, ha sido difícil, pero luego pienso en lo que ha soportado esa otra persona, y entonces quién soy yo para quejarme…».

Esto no es totalmente incorrecto, ¿verdad? Golpearme un dedo no me da derecho a condolerme con alguien que ha perdido una pierna. Perder una mascota no se iguala con perder un hijo. Pero eso no es lo mismo que decir que esas cosas no importan o que no son genuinamente dolorosas. No es lo mismo que decir que esas cosas no implican verdadero sufrimiento. Y ciertamente no es lo mimo que decir que esas cosas no son importantes para Dios.

Es en momentos de dolor y confusión, ya sea ligero, moderado o severo, que se hace especialmente importante recordar que nos relacionamos con Dios como hijos con su padre. Un padre amoroso no exige una angustia agónica antes de expresar una sincera empatía, sino que empatiza con cada dolor y enjuga toda lágrima. Un padre amoroso no exige que el dolor de un hijo se vuelva más grave que el de sus hermanos antes de tomarlo en sus brazos, sino que de inmediato lo toma sobre sus rodillas con palabras de consuelo y manos de compasión. ¿Por qué íbamos a pensar algo menos acerca de Dios?

Nuestro Dios no es un gobernador distante que ejerce autoridad indiferente sobre el universo, sino un ayudador presente en nuestro tiempo de dificultad; en cada momento de dificultad. Él no exige que justifiquemos nuestros dolores antes de sentirlos o expliquemos nuestras lágrimas antes de derramarlas. Él es «nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia» (Salmo 46:1). Él no insiste en que nuestra dificultad se eleve hasta cierto grado o medida antes de convertirse en ese refugio y fortaleza. En todo tiempo y en cada situación es «Padre misericordioso y Dios de toda consolación» (2 Corintios 1:3).

En tu enfermedad, en tu dolor, en tu sufrimiento, no te compares de inmediato con los demás, y no sientas la necesidad de justificar tu tristeza delante de Dios. No te regodees en silencio estoicamente. Ve primero a tu Padre, clama a él, y recibe su consuelo.