Reflexiones sobre el dominio propio

Reflexiones sobre el dominio propio

Crecí a la sombra de Nike (la compañía de calzado, no la diosa griega). La primer iglesia a la que asistí estaba justo al lado de la Sede Central de Nike en Beaverton, Oregon. En la secundaria jugué al tenis con el hijo del fundador de Nike, Phil Knight. Y para completar, mi dormitorio estudiantil en la universidad quedaba cruzando la calle desde el Campo Hayward, donde Knight y su entrenador de pista, Bill Bowerman célebremente probaron el primer par de zapatillas Nike para correr, con suelas formadas en moldes para waffles.

En 1988, cuando Nike lanzó la campaña “Just Do It” (Sólo hazlo) yo estaba listo. Si trabajas lo suficientemente duro, y te dedicas el tiempo necesario, puedes lograr lo que quieras – o al menos así lo creía.

La experiencia pronto me enseñó que la vida es más que sangre, sudor y lágrimas. Todo el entrenamiento del mundo no va a hacer que mi estatura me permita ser parte del equipo de basketball. No importa cuántas salidas nocturnas evite, Dios no diseñó mi mente para dominar Macroeconomía cuantitativa. Solo pregúntenle al profesor Ellis, quien memorablemente escribió en mi primer trabajo: “Si esto es la evidencia de sus comptencias, seriamente dudo que sea capaz de aprobar esta clase”. ¡Ouch!

Como cristianos, luchamos con esta misma tensión. Por un lado, tenemos trabajo que hacer. Debemos ejercitarnos en el domino propio. Por el otro lado, es un trabajo que no somos capaces de cumplir. Por más que lo intentemos, no importa cuán altos, o fuertes, o rápidos o inteligentes seamos. En nuestra carne, simplemente carecemos del dominio propio necesario para caminar como es digno de nuestro llamado (Efesios 4:1).

Pero hay esperanza. Gracias a Dios, aun cuando la carne es débil, el dominio propio permanece como un poderoso componente del fruto del Espíritu Santo.

¿Qué es el dominio propio?

 El dominio propio, en términos simples, es la capacidad de estar frente a una porción de torta de chocolate, y no comerla; accidentalmente dar clic a un enlace con contenido explícito e inmediatamente cerrarlo; comenzar a escuchar un atractivo y malicioso chisme, pero dar fin a la conversación. Cuando la mujer seductora coquetea con el joven con domino propio, “He rociado mi cama con mirra” (Proverbios 7:17), él huye como José (Génesis 39:12). El dominio propio es rechazar la tentación y rehusarse a darle ventaja al pecado que mora en nosotros.

No podemos menospreciar el dominio propio, incluso si algunos, erróneamente reducen el cristianismo a una lista de lo que se puede o no hacer. Cuando Pablo, en medio de la tribulación, compartió el Evangelio con Félix “disertó sobre la justicia, el dominio propio y el juicio venidero” (Hechos 24:25). Resistir la tentación no es el evangelio, pero es una marca de aquellos que verdaderamente lo abrazan.

Más tarde, Pablo insistirá en que los cristianos, a veces, renunciarán a algunas “pequeñas libertades”, si esto significa ganar a otros para Cristo. Tal benevolencia requiere dominio propio (ver 1 Corintios 9:25). Pedro estuvo de acuerdo con esto. Los verdaderos creyentes poseen más que conocimiento intelectual. Ellos están marcados por el dominio propio, que fluye de la fe que Dios les ha dado (2 Pedro 1:5-6).

No debiera sorprendernos que Pablo finalice su lista del fruto del Espíritu con el dominio propio. Después de nombrar el amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad y mansedumbre, Pablo quiere que nos pongamos a trabajar. Lo que sea que nos impida amar a otros o ser mansos, debe morir.

Pero los deseos de la carne no cederán sin pelear contra ellos. Caminar en amor, y gozo, no será fácil. Necesitamos dominio propio. Pablo lo expresó de este modo: “Pues los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gálatas 5:24). La presencia de dominio propio es la evidencia de eso.

La lucha por el dominio propio

 El fruto del Espíritu en tu vida no vendrá sin luchar. Hay una razón por la cual Jesús dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lucas 9:23).

La vida cristiana es dura. No hay camino fácil, ni entrada ancha. Nos involucraremos en una guerra contra el pecado, sangrientos, lastimados, antes de que la última batalla sea ganada y las lágrimas se desvanezcan. (Apocalipsis 21:4).

Cuando a los ejecutivos de publicidad de Nike se les ocurrió el conocido slogan “Just do it” (“sólo hazlo”), se toparon con una verdad arraigada profundamente incluso en las mentes paganas: nada digno de ser poseído viene sin un costo. Esto es cierto para los atletas olímpicos, los ganadores del Nobel, los padres excepcionales y los cristianos comunes y corrientes.

El pastor Kevin de Young observó como “el crecimiento en la piedad requiere esfuerzo de parte del cristiano” [1]. El antiguo puritano, Thomas Watson, usó un lenguaje más violento para comunicar la misma idea cuando instó a los creyentes a “limpiar el corazón de todo pecado hasta desangrarlo” [2]

No soy el primero en decir que somos propensos a rendirnos a la tentación antes de que la batalla realmente comience. Resbalamos en el pecado sin siquiera sacar la espada y atacar su cuello. Racionalizamos, “Solo estoy mirando”. Inventamos excusas, “Yo no empecé esta charla”. Damos por supuesta la gracia de Dios, “Sé que me va a perdonar, después de todo, Él es Dios”

Hace unos pocos años, un joven se sentó en mi oficina y me compartió su testimonio. Él no estaba acostumbrado a hablar de su fe. Sondee su vida y sus convicciones (1 Timoteo 4:16). Quería saber no solo lo que él creía, sino también cómo estas creencias moldeaban su manera de vivir. Me contó acerca de su noviazgo y rápidamente confesó haber llegado demasiado lejos. No mostró remordimiento, y cuando le consulté cómo conciliaba él sus acciones con el llamado bíblico a la pureza, sonrió y dijo, “Jesús entiende, Él sabe lo difícil que estar soltero”.

Es fácil para mí girar mis ojos con ironía, incluso mientras escribo este recuerdo. Este hombre era inmaduro, ¡quizás ni siquiera fuera cristiano! Y a pesar de eso, tristemente, yo sé muy bien lo que es dar por supuesta la gracia de Dios. Dejo que mis ojos y pensamientos vaguen por lugares que deshonran el lecho matrimonial (Hebreos 13:4). Permito que mi boca se dispare, sin preocuparme por el fuego que enciendo (Santiago 3:6). Dejo que mis oídos traguen el chisme, sin mostrar amor por el hermano que está siendo criticado. En cada instancia, he tomado el camino de la mínima resistencia y presumido en la gracia de Dios. En vez de intentar “limpiar mi corazón de todo pecado, hasta desangrarlo”, lo he inundado de él.

Tener domino propio es luchar contra la tentación, y hacer morir el pecado. No solo un día, sino cada día. No solo una hora, sino cada hora.

El fruto del dominio propio

 Es bueno recordar la lucha por el dominio propio. Debo luchar más. Pero luchar no es la historia completa. El dominio propio es, al mismo tiempo, un llamado a la acción y un regalo a recibir.

El dominio propio es una porción del fruto del Espíritu. Hasta que este hecho sea comprendido, y profundamente entendido, no iremos nunca a Dios por ayuda. Y nunca viviremos con la confianza que Él nos dará.

En los albores de la Reforma, Martín Lutero predicó un sermón sobre la justicia de Cristo. Él la llamó “justicia ajena”, porque no pertenece naturalmente a los cristianos. Es la justicia de Cristo, pertenece a Él. Gracia significa que esa justicia puede ser nuestra, a través de la fe solo en Cristo. “Todo lo que Él tiene se vuelve nuestro” –dijo Lutero-, y no solo eso, Él mismo se vuelve nuestro” [3]. Y con él, nos da el poder para vencer el pecado en nuestras vidas.

Es a través de este lente teológico que Lutero entendió el fruto del Espíritu. Es solo por la justicia de Cristo, acreditada a nuestro favor, que podemos “llevar una vida provechosa en buenas obras… haciendo morir la carne y crucificando los deseos egoístas” [4]

En síntesis, ¿quieres tener dominio propio? Mira a Cristo. Confía en su muerte y resurrección. El dominio propio que tenemos –a veces demasiado dolorosa y pobremente- es en realidad “el fruto y consecuencia” de la obra de Cristo a nuestro favor.

Estas son las buenas noticias. El dominio propio es un regalo y una promesa para cada hijo de Dios. Dios hace más que simplemente pedirnos obediencia, nos equipa para ella. Él hace más que simplemente indicarnos la dirección hacia dónde caminar, Él nos carga en sus brazos. Dios hace más que simplemente darnos Su Palabra para guiarnos; Él nos llena con Su Espíritu y nos dirige.

Conozco mi propio corazón, y una de las razones por las que a veces caigo en tentación antes de que la batalla siquiera comience es porque fallo en recordar el poder del Espíritu en mi vida. El dominio propio se ve como una montaña demasiado alta como para que yo pueda escalarla, hasta que recuerdo que Cristo ya lo hizo, por mí. La santidad se ve como un cuarto demasiado esterilizado para que yo entre hasta que recuerdo que Cristo ya murió por mí, para limpiar todo mi pecado.

El dominio propio es posible, porque el Espíritu es poderoso

 Aprendí hace tiempo que “Just do it” puede ser un gran slogan para la más grande empresa fabricante de ropa deportiva, pero es un horrible lema para la vida cristiana. A pesar de ello, es una lección que debo recordarme a mí mismo cada día. No comencé la vida cristiana gracias a mi propio esfuerzo, y ciertamente no puedo caminar en el Espíritu por mis propias fuerzas. El dominio propio no es el producto del esfuerzo humano, es una pieza del fruto del Espíritu.

No puedo ejercitarme en el dominio propio, como no puedo arrepentirme por mí mismo. Charles Spurgeon, el Príncipe de los Predicadores lo dijo así:

“¿Has intentado alguna vez arrepentirte? Si trataste de hacerlo sin el Espíritu de Dios, sabes que impulsar a un hombre a arrepentirse sin la promesa del Espíritu para ayudarlo, es impulsarlo a hacer algo imposible. Podría llorar una roca, y florecer un desierto antes de que un pecador se arrepienta por sí mismo. Si Dios ofreciera el Cielo a los hombres, solo bajo los términos del arrepentimiento de pecados, el Cielo sería tan imposible de alcanzar como lo es por las buenas obras, porque un hombre no puede arrepentirse por sí solo, como no puede guardar perfectamente la Ley de Dios, porque el arrepentimiento involucra el principio mismo de la perfecta obediencia a la Ley del Señor. Estoy convencido de que en el arrepentimiento encontramos toda la ley, solidificada y condensada. Y si un hombre puede arrepentirse genuinamente por sí mismo, entonces no hay necesidad de un Salvador. Podría también subir al cielo, escalando la escarpada ladera del Sinaí al mismo tiempo.” [5]

 Ahora, vuelve a leer las palabras de Spurgeon, reemplazando “arrepentimiento” por “dominio propio”. El punto central es el mismo. Sin el Espíritu de Dios no podemos hacerlo. Se nos requiere dominio propio, es un deber. Pero solo aquellos con el Espíritu pueden tenerlo.

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¿Qué sigue?

 ¿Quisieras ver el fruto del Espíritu manifestado en tu vida? ¿Quieres crecer en amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad y mansedumbre? ¡Sé que yo quiero! ¿Cómo podemos crecer en esta forma? ¿Cómo podemos tener más dominio propio?

  • Recuerda la cruz. Cuando los pecados del odio y ansiedad, dureza e impaciencia levantan sus feas cabezas, debemos estar deseosos de sacar nuestra espada y “limpiar nuestro corazón de todo pecado, hasta desangrar”. Sólo podemos hacer esto si recordamos que Cristo intencionalmente derramó su propia sangre para que podamos morir al pecado y vivir a la justicia. Sin una mente fija en la cruz, tu dominio propio será apenas poco más que auto-ayuda, y no durará.
  • Abraza la lucha. No caigas en la trampa de pensar que una vida marcada por el dominio propio –o cualquier otra parte del fruto del Espíritu- será fácil. No lo será. Hay innumerables pasajes recordándonos que la vida cristiana es una batalla dolorosa (ver Romanos 8:13, Colosenses 3:5, y 1 Corintios 9:24-25, para nombrar algunos).
  • Trae las batallas más feroces a la luz. Si bien es cierto que todas las tentaciones nos son comunes (1 Corintios 10:13), también es cierto que cada uno de nosotros tiene sus luchas particulares. Algunos batallan contra la glotonería, otros con el chisme. Algunos luchan contra la pornografía, otros con los videojuegos. ¿Dónde se libra más vigorosamente la lucha por el dominio propio en tu vida? Esto es lo que necesitas compartir con un amigo piadoso de tu confianza. Tráelo a la luz y encontrarás hermanos y hermanas yendo a la batalla contigo y por ti.
  • Ruega en el Espíritu. Necesitas la ayuda de Dios para odiar tu pecado, para lamentar su presencia en tu vida, para arrepentirte de su control sobre ti, y equiparte para vivir sin él.  Esta es una oración que el Señor seguro contesta. Ora esforzadamente (Lucas 18:1-8). Ora confiadamente (Romanos 8:32). Ora diariamente (Lucas 5:16). Si el dominio propio está faltando en tu vida, ¿podría ser porque la oración está faltando? “Velad y orad” –dijo Jesús- para que no entréis en tentación. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” (Mateo 26:41).

De todos los componentes del fruto del Espíritu, esta es en la que quiero enfocarme más. No porque sea más importante, todas lo son en igual manera. De hecho, todas van juntas, como en una manta de retazos. Y es el dominio propio la hebra que mantiene todos los retazos unidos. Muéstrame un cristiano rebosante de dominio propio, y veré a alguien lleno de amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad y mansedumbre.

Los pastores necesitan domino propio

 Predicar acerca del dominio propio es mucho más fácil que ejercitarnos en él. Hermanos pastores, no olvidemos que cada uno de nosotros se encuentra desesperadamente necesitado de santidad, y no solo porque necesitamos ser buenos ejemplos del rebaño (Lucas 6:40), sino porque sin santidad, no veremos al Señor  (Hebreos 12:14).

En el momento en el que nos preocupamos más por nuestra reputación que por nuestra alma, hemos perdido la batalla y estamos en camino a perder la guerra.

Dios es invencible, pero yo no lo soy (1 Corintios 10:12). Yo aún puedo caer y hacer naufragar mi fe (1 Timoteo 1:19). Sé que el Espíritu Santo está en mí, y descanso en la certeza de que, con la ayuda de Dios, soy fuerte. Pero descansar en esta verdad, no me hace luchar menos, me empuja a luchar aún más.

Por esta razón, estoy comprometido a ser un libro abierto  con todos los ancianos con los que sirvo. Pero el deseo de ser abierto cuando se me pide, no es suficiente, al menos no para mí. Por eso, tomo la iniciativa de confesar mis pecados a un anciano en particular. No es ni mi sacerdote, ni mi mediador, no es garantía de perdón. Aun así, sé cómo los pastores son tentados especialmente a ocultar. A menudo quiero que la gente piense que nunca pierdo el dominio propio. Ese es un deseo peligroso, y al que doy muerte compartiéndolo con un hermano al que respeto, un hombre que me va a ayudar a estar atento a cualquier signo de “un corazón malo, de incredulidad” (Hebreos 3:12).

Pastores, no permitan que una meditación acerca del fruto del Espíritu los excuse  del trabajo duro de extirpar de raíz “las obras de la carne” (Gálatas 5:18). Háganlo por el bien de su familia y su congregación. Pero fundamentalmente, persigan la santidad por el bien de sus propias almas.

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[1] Kevin de Young; “Una grieta en tu santidad, llenar el vacío entre la pasión por el Evangelio y la búsqueda de la santidad (The Hole In Our Holiness: Filling the Gap Between Gospel Passion and the Pursuit of Godliness) Wheaton, Ill.: Crossway, 2012, 88.

.[2]Thomas Watson, The Godly Man’s Picture (La imagen de un hombre piadoso), Carlisle, Penn.: Banner of Truth, 1992, 153.

[3] Martin Luther: Selections from His Writings (Escritos Selectos), ed. John Dillenberger (New York: Anchor Books, 1962), p87. From a sermon preached c. 1519.

[4] Ibid., p88