Respuestas verdaderas a postulados engañosos

Desde hace unos meses, escucho que dicen por ahí que el mundo ha cambiado, que lo que antes se conocía como verdad irrefutable ahora no lo es, que todo depende de cómo me parezca a mí o cómo percibo mi realidad. ¿Y después nos asombramos de que el mundo anda patas arriba?

El tema de la masculinidad y la femineidad no son la excepción. Ahora, dicen por ahí que ser hombre o mujer no depende de lo que me han enseñado, tampoco de lo que marca la biología; todo se trata de cómo me siento y de cómo me percibo. Puedo creer que soy algo X (y aquí hay lugar para lo que sea) dentro del cuerpo de una mujer, lo cual sería mi caso. Dicen por ahí que vernos de esa manera es lo que nos hace libres. ¿Será?

Pero, aunque no haga mucho tiempo que estos comentarios se hayan empezado a escuchar con la frecuencia y la “normalidad” con que se pretende que lo tomemos, por las Escrituras, llego a la conclusión de que no es algo para nada nuevo, pues todo apunta a una sola cosa: la rebelión del ser humano contra Dios, Su Creador.

No es de extrañar que haber cambiado la verdad de Dios por la mentira (Rom. 1:25), ha tenido tristísimas consecuencias. Pero sabemos que vivimos en un mundo caído, arruinado por el pecado y así será hasta que Cristo venga por segunda vez a juzgar a los vivos y a los muertos (Heb. 9:27-28), además de venir a buscar a los Suyos.

Sin embargo, nuestra única esperanza sigue siendo el glorioso evangelio del Señor Jesucristo, pues Su obra en la cruz del Calvario para el perdón de los pecados de Su pueblo y Su resurrección al tercer día, sigue transformando vidas y cosmovisiones. Dios, quien nos creó, nos dejó Su bendita Palabra para que no seamos presa del engaño del enemigo y de nuestro propio pecado, y es lo que nos mantendrá firmes en medio del caos que nos rodea, además de que nos ayudará a preservarnos en la verdad que no cambia a pesar de los tiempos (Is. 40:8).

Verdades para recordar

Entre tanta mentira dando vueltas, hoy es bueno recordar algunas verdades que nos ayudarán a seguir adelante en este mundo caído, mientras seguimos transitando por el camino angosto hacia la patria celestial, de donde es nuestra ciudadanía.

Mi femineidad no depende de caprichos ideológicos, formaciones culturales o construcciones sociales. Mi femineidad es el regalo concedido por el Único Dios vivo y verdadero, que, en Su sabio, santo, amoroso, justo y soberano designio, tuvo a bien crearme mujer con el único propósito de darle gloria a Su nombre. Ese es mi mayor privilegio, dignidad y libertad.

Luchar por ser lo contrario a lo que Dios diseñó que fuera, no me hace libre, sino esclava de mi propio egoísmo, rebeldía y un odio infundado que no beneficia a nadie. Y esos sentimientos no son virtudes, sino pecados por los cuales, Cristo Jesús tuvo que padecer una muerte tan horrenda en una cruz, para que seamos personas verdaderamente libres de toda maldad.

Luchar por ser lo contrario a lo que Dios diseñó que fuera, me priva del valor intrínseco que se me ha dado como criatura hecha a imagen de Dios y como coheredera de la gracia de la vida. Por tanto, yo no tengo ninguna razón para competir con nadie, sino aceptar con gozo mi igualdad en valor y dignidad para con el hombre y mis diferencias de roles con él.

Considerar una vergüenza o molestia a lo que Dios llama virtud o nobleza, no es más que la muestra cabal de nuestra desesperada condición de espaldas a Él. Codiciar lo que no soy, renegar de lo que se me ha asignado (como ser ayuda del hombre, traer hijos al mundo, criarlos, ser cuidadora del hogar, etc.) no me hace una mujer moderna o progresista (si es que cabe el término), sino que hace de mí una mujer triste y engañada, incapaz de soportar las consecuencias de todo lo cosechado.

3 grandes mentiras sobre el feminismo

Si estás leyendo estas líneas y ves que tu vida es lo contrario a lo que Dios ha diseñado para Su gloria y para tu bien, es necesario que sepas que hay esperanza. Dios ha enviado a Su único Hijo a este mundo a salvar a los pecadores, entre los cuales, nosotras también nos encontramos. Cristo Jesús, el Dios que se hizo hombre, vivió entre nosotros en esta tierra; quien a pesar de que fue tentado en todo jamás pecó; quien cumplió a la perfección la santa ley de Dios, ante la cual todas somos halladas faltas.

Fue a esa cruz del Calvario para ocupar nuestro lugar, a cargar sobre Sí mismo todas nuestras maldades y rebeliones y darnos, a cambio, Su perfecta justicia para que podamos ser aceptables delante del único Dios vivo y verdadero, quien es tres veces Santo y muy puro de ojos para ver el mal.

Y al tercer día, Cristo se levantó de entre los muertos, sellando la victoria sobre el pecado, la muerte y el enemigo gracias a Su resurrección. Sólo el arrepentimiento de tus maldades y tu fe únicamente en Cristo Jesús, quien llevó a cabo esta gran obra de redención, te será suficiente para ser salva de la prisión de tus pecados y para vivir gozosamente como Dios quiere que lo hagas. ¡Y sólo será así como conocerás la verdad, y la verdad te hará libre!

A las que ya hemos sido salvas por gracia en el Señor Jesucristo, tener presentes estas verdades nos ayudarán a glorificar a Dios en nuestro diario vivir y podremos reflejar la hermosura del evangelio a un mundo que perece.