Soldados de Jesucristo

Silencio en las calles: El evangelismo entre los desinteresados

Mientras caminaba por las calles de Frankfurt, pude observar la multitud de personas que llenaban las amplias calles de la ciudad. Escuché una variedad de idiomas y vi una exhibición de diferentes culturas.

Los hombres de negocios se precipitaban de una reunión a la siguiente con el maletín en la mano. El sonido de los músicos de la calle llenó el aire. Los compradores y turistas se movían en todas direcciones.

Rodeada de todo este ajetreo, mi corazón dolió como nunca antes. Esta no fue mi primera vez en ésta gran ciudad, pero esta vez mi perspectiva había cambiado. Esta vez no estaba solo para ver la cultura y experimentar el estilo de vida alemán.

Dios me había traído aquí para algo mucho más importante. Con mi cartera llena de tratados evangelísticos, mis ojos buscaron en la multitud a alguien con quien hablar, a alguien con quien compartirlos.

Catedrales magníficas y vacías

No era mi primera vez haciendo evangelismo así, pero fue mi primer intento en una cultura extranjera.

Allá en casa, en Estados Unidos, cuando salía obtenía miradas de confusión mientras me disponía a entablar una conversación con un extraño, pretendiendo que era algo completamente normal. Pero he aquí, después de horas de esfuerzo, sólo tuve un par de conversaciones y un par de tratados amablemente aceptados.

Esperaba las opiniones rudas, o las miradas raras o condescendientes, pero no estaba lista para la frialdad de esta cultura: caras en blanco, apatía, desprecio por las palabras que, en su opinión, eran menos valiosas que nada; sólo otra religión. Irritación y disgusto era a menudo evidente en sus rostros, frustrados por ser interrumpidos o molestados.

Más tarde, caminé por sus catedrales e iglesias. Podía sentir el peso de un mundo en el que muchos de estos lugares grandes y sagrados habían perdido su verdadero valor. Estos edificios estaban llenos de gente, adoradores de la arquitectura y la estética, pero no adoradores de Dios.

Mi corazón se agobiaba mientras podía ver e incluso sentir la oscuridad palpable y la opresión espiritual. Las masas de gente a mi alrededor están pasando por la vida sin saber lo que realmente significa vivir, de lo que realmente se trata.

Me preguntaba qué había pasado en sus vidas que los ha traído a este punto y qué pudiera hacer para despertarlos.

¿Tiene sentido “un poco de evangelismo”?

Unos días más tarde, deslizaba tratados en los buzones de correo en París. Oré y pensé: “Dios, ¿por qué este mundo se ha vuelto frío hacia ti?”

Me di cuenta de que la respuesta estaba muy dentro de mi propio corazón y en los corazones de todos los que dicen ser sus discípulos. Mientras miraba los tratados en mi mano, recordaba un tiempo en el que pensé que precisamente lo que ahora estaba haciendo era una inútil pérdida de valioso tiempo y energía.

Recordé decirme a mí misma, “todo va a terminar en la basura, así que ¿para qué sirve?” Ese miedo y cinismo me impidieron distribuir esta noticia que da vida. Luché con el acto.

¿Era anticuado el evangelismo? ¿Era inútil? Yo observaría mientras alguien predicaba en las calles y me preguntaba: “¿qué bien puede hacer si nadie quiere escuchar?”

¿Cómo se mide el evangelismo?

Así que ¿por qué estoy aquí en París y en Frankfurt? Recuerdo una vez en el que me enviaron a compartir el evangelio con mis compañeros de clase. Yo tenía mucho miedo en mi mente, pero insistí e hice algunos descubrimientos sorprendentes.

En mi segundo día de evangelizar, tuve una conversación. Aunque el hombre no dio ningún indicio visible de que había cambiado de opinión, me di cuenta de que la conversación me había cambiado a mí. Al compartir el evangelio con los demás, mi propia fe se hizo más fuerte en el proceso. Me fui con una nueva pasión por la verdad de la Palabra de Dios y con la sensación de que había llevado a alguien un paso más cerca de la cruz.

Puede que nunca hayan pensado en Jesús, pero ahora sí lo haría. No importa lo que el hombre se llevó, él había sido obligado a considerar la eternidad.

Caemos en la trampa de evaluar nuestro evangelismo con un número. ¿Cuántas almas fueron ganadas? ¿Cuántas vidas se convirtieron? Si no es suficiente, somos tentados a desertar.

Pero ¿qué si cambiamos nuestra medida de éxito? ¿Qué tal si es más acerca de la obediencia gozosa y menos sobre el impacto que se puede ver con el ojo humano?

¿Qué pasaría si lo fructífero de esto es más acerca de lo que está sucediendo dentro de nosotros, que de lo que está sucediendo por de nosotros?

No más silencio

Desafortunadamente, algunos de nosotros hemos respondido con silencio en las calles porque cada vez más nosotros mismos somos más silentes. Pero cuando dejamos de compartir las buenas nuevas, el mundo que nos rodea se marchita y muere.

Y cuando los cristianos dejamos de hablar de Jesús al perdido, nuestra propia vida espiritual es privada del gozo que Dios quiere que encontremos mientras lo hacemos.

Mientras observaba predicar a algunos en nuestro grupo en las calles de Frankfurt, me di cuenta que no se trata de dar un buen sermón y atraer a una multitud, pero sí de proclamar el nombre de Jesús y asegurarnos de que el mundo escuche ese nombre clara y directamente.

Nosotros no somos enviados para cambiar los corazones. Somos enviados para decir la verdad. Cuando somos obedientes al llamado, Dios obra y los corazones comienzan a cambiar. Él da el crecimiento (1 Corintios 3:6). Sí, ese día en particular compartir el evangelio puede que no parezca ser un éxito.

Pero si no hubiera salido, esas dos chicas musulmanas en Frankfurt podrían nunca haber sido desafiadas a reconsiderar la fe que ellas proclaman como propia y que aún no parecen entender. Las chicas que conocí en las calles de Londres no habrían tenido a alguien para preguntarle lo que había estado ardiendo en sus corazones: “¿de dónde vengo?” “¿puede haber algo más?”

Hablar acerca de nuestra fe nos lleva a cruzar una línea en la vida cristiana. El evangelismo nos obliga a preocuparnos más por el destino eterno de los extraños que por nuestras propias comodidades. Nos hace proclamar junto con Pablo: “Con Cristo he sido crucificado” (Gálatas 2:20).

Es una declaración al mundo: “yo estoy con Jesús, aunque todo el mundo se burle de mí” y sopla nueva vida en nuestros pulmones espirituales, mientras tratamos de vivir lo que sabemos que es la verdad.

No creas en la mentira de que la evangelización es sólo una pérdida de tiempo en una familia antagónica, o un vecindario o la sociedad. Levántate, sal y habla del Dios que salvó tu vida. Puede que no sepas del gran galardón hasta el día que estés parado con Cristo cara a cara.

Pero cuán increíble será cuando veamos a algunos de los que antes estaban en silencio en las calles, de pie allí cantando junto a nosotros.


Una publicación de DesiringGod.org | Traducido con permiso por Alicia Ferreira de Díaz

Amanda Seibel

Amanda Seibel es una blogger at The Splendid Ordinary, donde ella comparte su pasión por una vida con propósito y vision. Actualmente está trabajando con iglesias en Europa en evangelismo en las calles.