Sola gratia: «La jactancia queda excluida»

Ecumenismo: ¿Podemos estar unidos con el Vaticano?

Este artículo pertenece al libro De vuelta a Cristo: Celebrando los 500 años de la Reforma escrito por pastores hispano hablantes y publicado por Soldados de Jesucristo. Estaremos regalando los archivos digitales de este libro el 31 de octubre de 2018, en celebración del aniversario de la Reforma protestante.

«El centro mismo de toda la Biblia es la doctrina de la gracia de Dios, la gracia de Dios que no depende de nada de lo que hay en el hombre, sino que es absolutamente inmerecida, irresistible y soberana» (J. Gresham Machen).[1]

Uno de los conceptos claves de la Biblia y proclamado por los reformadores es el concepto de la gracia de Dios. Justin Holcomb lo define así: «La Escritura nos dice que la gracia… es un favor inmerecido derramado sobre un inferior por un superior. La gracia es un favor inmerecido o una disposición bondadosa que lleva a actos de bondad… es el amor de Dios mostrado a los desagradables; la paz de Dios dada a quienes no tienen reposo; el favor inmerecido de Dios».[2]

La errónea ecuación de la doctrina de la Iglesia Católica Romana (gracia + méritos = justificación) fue confrontada por los reformadores, quienes volvieron a las Escrituras y afirmaron valientemente que la salvación es solamente por la gracia de Dios, sola gratia. Nuestra salvación depende solamente de la gracia de Dios.

Un pasaje que debe ayudarnos a meditar sobre la sola gracia se encuentra en Efesios 2:

Y él os dio vida a vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia habéis sido salvados), y con él nos resucitó, y con él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús, a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de su gracia por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús (Ef. 2:1-7).

En este glorioso pasaje, Pablo desea comunicarnos la verdad sobre nuestra salvación, pero para esto debe primero mostrarnos una escena terrible. Del verso 1 al 3 nos muestra lo que éramos. Estábamos muertos, no había nada en nosotros. Nuestra condición era de total desesperación. En el versículo 5 repite la idea afirmando que «aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo».

Cuando alguien está muerto no se le puede dar resucitación boca a boca o reanimación cardiopulmonar. Y, obviamente, esa persona no puede hacer nada para rescatarse a sí misma. Ese era nuestro estado espiritual. Era necesaria la obra de Dios (externa a nosotros) dándonos vida espiritual. Nuestra salvación es por gracia, porque alguien fuera de nosotros mismos tiene que hacerlo cuando no lo merecemos. Éramos sus enemigos y él nos salva por amor. Comentando sobre este pasaje, Peter O’Brien explica que,

La gravedad de nuestra condición previa sirve para magnificar la maravillosa misericordia de Dios. Pablo no recuerda a los Efesios su pasado para enfatizar su pasado, sino para llamar su atención a la acción poderosa de Dios en Cristo [a su favor].[3]

En el verso 4 observamos una de las palabras más cortas en la Biblia —«Pero»— que tiene un sabor glorioso. Esto quiere decir que sucedió algo que transformó la condición en la cual estábamos. De esclavos del pecado ahora tenemos vida juntamente con Cristo y este cambio muestra que la salvación es solamente por gracia.

Finalmente vemos que Dios completa su labor de redención solo por gracia:

Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas (Ef. 2:8-10).

Dios nos salva por gracia, usando la fe que es un don que él mismo nos da. Esta salvación es por gracia porque el medio de salvación que es la fe no es un acto meritorio. Y el fin de esto es para que nadie se gloríe. Vemos en el verso 10 que hasta las buenas obras que hacemos son un regalo de Dios. Nos unimos a Charles Spurgeon, quien expresó la verdad de la sola gratia con estas palabras:

Debido a que Dios mostró su gracia los pecadores pueden ser perdonados, convertidos, purificados y salvados. No es por algo que Dios encontró en ellos que son salvos; sino por el desbordante amor, bondad, compasión, misericordia y gracia de Dios.[4]

Quizá la gracia no nos sorprende

Años atrás estaba mostrándole la ciudad de Washington D.C. a un amigo argentino y en el trayecto llegamos al famoso obelisco de Washington, el cual no es solamente el obelisco más alto del mundo, es también la estructura de piedra más alta del mundo. Mi amigo no estaba impresionado al ver semejante estructura. Su primer comentario fue, «el de Argentina es más alto». El obelisco de Washington mide 555 pies (169 metros) y el de Argentina 235 pies (71 metros). Por diferentes razones mi amigo no estaba impresionado con esta magnífica estructura porque su visión estaba nublada con otras cosas.

Lo mismo nos puede suceder con el principio de sola gracia, no nos asombra, no nos sorprende. Quizá el fariseísmo nos hace pensar que no somos tan pecadores como realmente somos y esto hace la gracia menos asombrosa. Quizá nos comparamos favorablemente con otros creyentes y esto hace que la gracia no sea tan maravillosa. Quizá llevamos tantos años en el evangelio que hemos olvidado nuestra conversión y esto hace que la gracia no sea sublime.

Quizá no vivimos asombrados con la sola gracia porque vivimos asombrados de nosotros. Pensamos que es una bendición para Dios que seamos sus siervos. Tal vez hemos olvidado quiénes éramos y ya no recordamos que Dios tuvo que salvarnos porque estábamos perdidos. Quizá la gracia no nos asombra porque no vemos lo que nos falta crecer como creyentes. Todavía no somos lo que seremos.

Isaías, al tener un encuentro con Dios exclamó: «¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque han visto mis ojos al Rey, el Señor de los ejércitos» (Is. 6:5). Este encuentro de Isaías debe animarnos a tener una perspectiva correcta sobre nuestra pecaminosidad. Ser conscientes de que sin importar el tiempo que llevemos sirviendo a Dios todavía somos pecadores que necesitamos de un salvador nos ayuda a apreciar la salvación por gracia. Recordemos que Isaías, en el momento que tiene esta visión, era probablemente el hombre más santo sobre el planeta. Pero al ver la santidad de Dios quedó como muerto. Aquellos que continuamente meditan en la santidad de Dios, cultivarán un sentido de asombro ante la gracia de Dios, ya que ven que no merecen la salvación que han recibido.

Mi anhelo es que al considerar el principio de sola gracia podamos rescatar el asombro ante la bondad de Dios que todo creyente debe cultivar diariamente, aquel que sale de las Escrituras. Cuando creemos que somos salvos solo por gracia y abrazamos esta verdad, tenemos una perspectiva que inunda toda nuestra vida con gozo, humildad y agradecimiento.

¿Cómo esta gracia nos cambia?

Ahora bien, concluyendo, considero que honraría a los reformadores si meditamos en algunas maneras en las que esta doctrina debe aplicarse a nuestra vida.

El saber que nos hallábamos sin esperanza y sin Dios debe ayudarnos a ser humildes, ya que nos recuerda que no hay nada en nosotros que nos debe hacer sentir orgullosos. Pienso que la jactancia que caracteriza a muchos llamados «reformados» se debe a que olvidan lo que eran. Si observas jactancia en tu vida, esto quiere decir que te sientes superior a otros hermanos que no saben tanta teología como tú. Recuerda lo que eras. Eso te debe llevar a apreciar lo que Dios ha hecho por ti.

La verdad de la cual Pablo habla en Efesios 2 no es solamente la obra gloriosa de gracia soberana en nuestra salvación. Pablo también está diciendo que este acto de Dios debe tener un efecto en la vida del creyente. Más aún, debe ser un distintivo de cada uno de los que hemos sido alcanzados por esta gracia soberana. Pablo nos dice que no nos jactemos ya que esta salvación fue por gracia. «Hombres y mujeres no están en la posición de reclamar ni el más mínimo crédito porque Dios les ha aceptado».[5] Mientras celebramos los 500 años de la Reforma, este tema debe resonar en el corazón de cada creyente que se llame reformado, no hay nada de que jactarnos ya que Dios fue quien nos salvó.

Conclusión

El objetivo de la salvación por gracia es la gloria de Dios. Dios salva a pecadores por gracia, los transforma por gracia, para que tú y yo apuntemos al dador de esta gracia. Los 500 años de la Reforma, las cinco solas, los cinco puntos, se fundamentan en y apuntan a una cosa: la gloria de Dios. Que nunca nuestro crecimiento en conocimiento nos haga olvidar el corazón del evangelio, fue por gracia. Vivamos asombrados, no perdamos el sentido de ver la gloria de Dios por medio de su salvación por nosotros. Fue por gracia, solo gracia.

[1] Citado por Ray Ortlund en el blog de The Gospel Coalition, https://blogs.thegospelcoalition.org/rayortlund/2013/01/17/that-blessed-doctrine/.

[2] Justin S. Holcomb, On the Grace of God [Sobre la gracia de Dios] (Wheaton, IL: Crossway, 2013), pos. 137 de 2244.

[3] Peter T. O’Brien, The letter to the Ephesians [La carta a los Efesios] (Grand Rapids, MI: W.B. Eerdmans Publishing, 1999), 158.

[4] Charles Spurgeon, citado por James M. Boice, Ephesians: an expositional commentary [Efesios: un comentario expositivo] (Grand Rapids, MI: Baker Books, 1988), 65.

[5] Peter T. O’Brien, The letter to the Ephesians, 177-178.