Soy mejor que tú

Soy algo bobo. Porque desde que tengo la capacidad de pensar sobre mí mismo, mi corazón, mi vida, he sabido que soy una persona pecadora. Nunca he dudado de la realidad de mi depravación. Y si alguna vez hubo alguna duda, el estar casado, tener hijos e involucrarme en una iglesia local ha provisto toda la evidencia que yo, y ellos, necesitábamos.

Pero más tarde he estado considerando un sencillo e inquietante aspecto de este pecado: soy mejor que tú. Al menos esto es lo que creo en la mayoría de las situaciones de la vida. Simplemente soy mejor que tú. En algún lugar en lo profundo de mí creo que eso es cierto y muy a menudo vivo y actúo como si así fuera.

Este es el viejo pecado del orgullo, supongo, aquel del cual hablamos muy a menudo, pero rara vez abordamos, el que muchos ponen en la raíz de todo pecado. Y me sorprende que la mayor parte de mi pecado se reduce a esto. Pienso que soy mejor que tú. Demasiado a menudo estoy plenamente convencido de ello.

Cuando escoges ir a la izquierda, mi corazón te juzga y te condena porque estoy convencido de que habría sido mejor ir a la derecha. Estoy lejos de tener toda la información que tú tienes, y probablemente solo la mitad de la sabiduría, pero en mi corazón estoy convencido de que habrías tomado una decisión mucho mejor si tan solo me hubieras pedido orientación. 

Cuando diriges tu ministerio, tengo dificultades para seguirte porque veo todas las cosas que haces mal, todas las decisiones desinformadas que tomas. Yo no sé mucho sobre el ministerio de niños o el ministerio de música o el ministerio evangelístico, o cualquier cosa que dirijas, pero de todas formas tengo todas las respuestas. Ven a charlar conmigo y con gusto te corrijo.

Cuando se te otorga un privilegio o una responsabilidad, algo que te pone en una posición de confianza o autoridad, estoy seguro de que el privilegio debería haber sido para mí. Supongo que lo harás bien, pero creo que todos sabemos que yo lo habría hecho mejor. Después de todo, soy mejor que tú.

Esta cualidad, esta convicción de mi propia superioridad, alcanza a lo profundo del trasfondo de mi vida. Si eres honesto contigo mismo, seguramente descubrirás que también está en tu vida. 

Esto es importante. Es importante porque mientras Dios nos llama a ser como Cristo, nosotros preferimos llamar a los demás a ser como nosotros. Dios nos llama a sujetar todas las cosas a la luz de su Palabra, mientras que nosotros preferimos sujetar todas las cosas a la luz de nuestros propios juicios y nuestras propias determinaciones. A fin de cuentas, todos anhelamos la conformidad a nosotros antes que a Cristo.

Esto nos convierte en consejeros inútiles. Somos consejeros inútiles a menos que aconsejemos desde la Escritura y hacia la santidad más bien que desde nuestra propia arrogancia hacia la conformidad a nosotros. Esto nos hace miserables porque siempre estamos convencidos de que la vida sería más fácil y mejor si tan solo los demás fueran más como nosotros. Esto disminuye nuestra utilidad para Dios y su reino porque pasamos gran parte de nuestro tiempo lamentando todas las cosas que los demás están haciendo mal en vez de unirnos a ellos y hacer las cosas a su manera. Esto incrementa nuestro pecado y estorba nuestra santidad.

Soy algo bobo, lo sé, y aún así tengo la osadía de querer que seas como yo. Es desconcertante. Es burdo. Es pecado. Es orgullo.