¡Te Bendigo!

Cada vez que escucho a un hermano en la fe decirme “¡Te bendigo!” no puedo evitar entristecerme ante el estado de crisis que vive la iglesia evangélica de hoy.  Aceptamos todo y repetimos todo sin medir las implicaciones y consecuencias.  En este caso del “¡Te bendigo!” ¿será tan difícil entender que nosotros no somos “diositos”? ¿Será tan duro ir de vuelta a la Palabra para ponernos en nuestro justo lugar, a pesar de las locuras que están predicando por ahí? Veamos…

Todo comienza separando lo que Dios dice de lo que yo puedo decir.  La Palabra ciertamente nos declara que somos ya bendecidos en los lugares celestiales, y esto por causa de la obra de salvación de Cristo en la cruz, la cual fue hecha por nosotros “desde antes de la fundación del mundo”.  Esto significa que ya nuestro asunto con Dios está resuelto, ya nuestra culpa fue manejada por la cruz, ya somos hijos de Dios por la eternidad, ya estamos dentro del Reino de los Cielos, todo esto a pesar de que hoy, ahora, todavía nos vemos en este mundo, sufriendo dolor y angustia, siendo perseguidos y muertos por nuestra fe, siendo tentados por el mundo, el diablo y la carne.  Esta vida presente, de peregrinos en la tierra, es dura, ¡y puede cansarnos! Es por ello que los apóstoles le escriben a la iglesia en el mundo, recordándoles cual es su lugar en Cristo.  ¡Gloria a Dios por eso!

Ahora bien, cuando hablo desde mi punto de vista, cada día yo oro, intercedo y ministro a mis hermanos para su bendición y su paz.  Yo no dudo de su lugar en la mesa del Señor ni de su final ya escrito, un final de bendición y paz.  Pero hoy y ahora ellos necesitan (al igual que yo) de intercesión y oración para vivir una vida de santidad y victoria en contra del mundo.  Por eso les digo “¡Que Dios te bendiga!”.  Es como la hermosa bendición sacerdotal de Números 6: “Habla a Aarón y a sus hijos y diles: Así bendeciréis a los hijos de Israel, diciéndoles: el Señor te bendiga, y te guarde; el Señor haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; el Señor alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz. Y pondrán mi nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré” (Números 6:24-27)

¿Cuál es nuestra labor aquí? Orar y clamar por la bendición de su pueblo.  ¿Cuál es la labor de Dios? Bendecirnos.  Por lo tanto, yo no “bendigo” a nadie en el contexto de producir bien y prosperidad para otro con la “declaración de mi boca”, sino que sirvo a otros en oración y consuelo, ¡y es Dios quien produce la bendición!

Para concluir, el asunto raíz es:

¿De donde viene esta manera de hablar que se ha metido en la iglesia? De los postulados de la “Nueva Era” que claman que somos “pequeños dioses” y que lo que decimos con nuestra boca produce una nueva realidad.  Esto se ha propagado en la Iglesia evangélica con la nueva moda de las “declaraciones”, como si con las palabras de nuestra boca las cosas se crearan de la nada.  Eso pasa con una sola persona y se llama Dios, quien habla y las cosas suceden. ¡Lo demás es hechicería!

Nosotros somos meras criaturas que necesitamos de Dios cada día para subsistir.  Por eso mi oración hoy al Señor es: ¡Que Dios te bendiga!