Las crisis y las dificultades vienen como parte de nuestra vida en la tierra. David, antes de ser rey de Israel y experimentar el esplendor de un imperio sin precedente, vivió de primera mano estas crisis y dificultades similares a las que experimentamos en nuestros días.

¿Quién no recuerda 1 Samuel 17? la historia de David y Goliat. David, aclamado por todo el pueblo después de derrotar al filisteo Goliat. Al parecer todo iba bien. Pero no pasa mucho tiempo luego de esos eventos magníficos, cuando leemos que David está escapando por su vida. Saúl lo persigue a muerte. En Nob, le pidió alimento al sacerdote Ahimelec para calmar su hambre y la de quienes le acompañaban (1 Samuel 21:1-9). En Gat, fingió estar loco delante del rey Aquis para preservar su vida (1 Samuel 21:10-15).

Llegamos al capítulo 22 y leemos: “Yéndose luego David de allí, huyó a la cueva de Adulam” (v. 1). Le llegaron a visitar sus hermanos y toda la casa de su padre. “Y se juntaron con él todos los afligidos, y todo el que estaba endeudado, y todos los que se hallaban en amargura de espíritu” (v. 2). ¿Pueden acercarse por un momento a esa cueva conmigo? ¿Qué percibimos? Sin duda había un gran dolor en la atmósfera, una pesada incertidumbre, un sentir generalizado de tristeza y desesperanza.

Las noticias hoy en día están llenas de eso mismo: aflicción, fracaso económico y amargura de espíritu. Algunas veces nos consolamos diciéndonos que “hay otros que la están pasando peor”. Al final no se trata de eso. ¿Has llegado a las lágrimas viendo algunas noticias de hoy en día? ¿Has visto cómo familias enteras en el sur de Asia caminan 700 kilómetros para llegar hasta sus casas porque no hay transporte público? ¿Has escuchado cómo en algunos lugares de Europa familiares no han despedido a sus muertos de manera apropiada? ¿Tal vez es tu caso en América Latina?

¡Miles de personas no tienen qué comer hoy porque viven día a día! ¿Quizá seas un empresario honesto y angustiado porque tienes en tu mano decisiones trascendentales para la vida y la economía de muchas familias?

Ahí, en la cueva de Adulam, David escribió al menos dos cantos (Salmos 57 y 142) que nos invitan a la reflexión viviendo, siglos después, en un contexto con las mismas características. Acompáñenme a reflexionar sobre tres aspectos que sobresalen en estos salmos.

El carácter de Dios

¿Por dónde comienza David en medio de una situación tan compleja? Él comienza destacando el carácter de Dios. En Salmo 57:1 leemos estas palabras: “Ten misericordia de mí, oh Dios, ten misericordia de mí; Porque en ti ha confiado mi alma, Y en la sombra de tus alas me ampararé Hasta que pasen los quebrantos”. En su oración ilustra a Dios como un ave donde puede encontrar refugio. David está seguro que Dios tiene la capacidad de ser nuestro amparo “hasta que pasen los quebrantos”. Además, apunta a Dios como la fuente de la misericordia y la verdad, y esa es la razón por la que podemos clamarle y pedirle (57:3, 10; 142:1).

Algo que nos tiene que mover a la sorpresa y a la confianza, es el entendimiento de que Dios conoce nuestra situación personal, sabe cuándo lo estamos pasando muy mal. David escribe: “Cuando mi espíritu se angustiaba dentro de mí, tú conociste mi senda. En el camino en que andaba, me escondieron lazo” (142:3). Dios se acerca, Dios no está lejos. David sabe de dónde vino su consuelo. De igual manera, como fue para David, Dios es nuestra esperanza y nuestra porción en la tierra de los vivientes, por eso clamamos a Él (142:5).

Mi realidad presente

¿David es idealista, irrealista o está consciente de lo que está pasando? Prestemos atención a los lamentos de David al describir su situación: “mi vida está entre leones” (57:4). Él entiende que está rodeado de dolor, y no solo él, sino los que han llegado para acompañarle. Argumenta con una voz de queja porque su corazón está angustiado (142:2-3, 6). La emoción del momento le lleva a declarar “no tengo refugio, ni hay quien cuide de mi vida” (142:4). Saúl le perseguía con un ejército, por eso clama: “líbrame de los que me persiguen, porque son más fuertes que yo” (142:6).

Reconocer nuestra realidad es importante. En ocasiones, aun angustiados, minimizamos todo lo que percibimos: nuestros sentimientos, las noticias, las palabras de familiares y amigos. Por otro lado, en otras ocasiones estamos tan centrados en nosotros que, amplificamos la realidad y suponemos erróneamente que nadie en la tierra puede llegar a sufrir más de lo que estamos experimentando y buscamos culpables a nuestra situación.

Buscar claridad en nuestro pensamiento y emociones es vital para calmar nuestra ansiedad. Admitir nuestra congoja y tristeza no solo es humano, es necesario para saber cómo movernos hacia adelante. Pero debemos enfocar nuestras emociones y pensamientos hacia el lugar correcto.

Mi esperanza futura

¿David resuelve el aprieto que estaba viviendo? Nosotros conocemos la historia, David sale adelante y se convierte en un rey victorioso. Pero en ese momento de angustia, la oración de David se centra en Dios. Él ruega: “saca mi alma de la cárcel, para que alabe tu nombre” (142:7). Se encuentra listo para la alabanza (57:7-8). La adoración es la meta. Él entiende que el único que puede intervenir en esta situación es Dios. Confía en que al final Dios obrará para Su gloria y justicia: “me rodearán los justos porque tú me serás propicio” (142:7).

David comprende que existe un propósito mayor en medio de toda esa tragedia y dificultad. Él apunta a algo grandioso: la alabanza de Dios entre las naciones (57:9). David pide que Dios sea exaltado sobre los cielos y que sobre toda la tierra sea Su gloria (57:5, 11). No es un simple “sácame de esta”, es un anhelo vivo de que Dios sea conocido y adorado por todas las naciones. ¡Nuestras pruebas y aflicciones rinden fruto para el reino de Dios!

Estamos siendo testigos de la aflicción, el fracaso económico y de una profunda amargura de espíritu generalizada. David nos muestra el camino en medio de nuestra situación al reconocer a Dios como la fuente de nuestro amparo, ser realistas ante lo que sentimos y experimentamos, y por último, apuntar a algo más grande: que todo esto resulte en más adoración para Quien la merece.

¿Qué características añadirías de la lectura de estos salmos que nos fortalezcan en medio de esta crisis? Al meditar en las Escrituras clamamos juntos: “Tú eres mi esperanza y mi porción en la tierra de los vivientes”. Y esta esperanza, merece ser proclamada en todos los confines de la tierra.