Como verdadero hijo de Adán, alguien nacido con un afecto natural hacia el pecado, no me faltan oportunidades para pecar y para considerar el deseo de hacerlo en todas sus variedades. Como esposo y padre, pastor y miembro de la iglesia, no me faltan oportunidades para hablar con otras personas acerca de su pecado y de sus tentaciones. Así, una vez tras otra, me encuentro a mí mismo recordando las verdades más simples, esas  palabras que pueden y deben ser habladas cuando aparece la tentación.

Lo primero que hay que decirle al pecado que te está tentando, es: ¡Eso no es lo que yo soy! Esa tentación, ese pecado, no encaja con tu más profunda identidad. Aquellos que han puesto su fe en Cristo Jesús están en Cristo Jesús: “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Cor. 15:22). Ahora hay una unión con Cristo que nos provee una identidad completamente nueva. “No sois vuestros, pues por precio habéis sido comprados” (1 Cor. 6:19-20). Si Cristo es una vid, tú eres un pámpano que ha sido injertado en la vid y se ha hecho inseparable de ella (Jn. 15:5). Ya no eres quien eras antes. Eres una nueva creación, hecha de nuevo a la imagen de Cristo. Eres justificado, eres adoptado, eres santo. En tu salvación has sido transformado, de manera que tu identidad más profunda, tu identidad eterna no es la de Satanás sino la de Cristo; no eres un pecador sino un santo. ¡Actúa como la nueva persona que realmente eres!

La segunda cosa que hay que decirle a la tentación es: ¡No tienes poder sobre mí! Hubo un tiempo en el que el pecado y la tentación tenían un completo poder sobre ti. Estabas bajo el dominio de Satanás, y eras un esclavo del pecado y la injusticia (Rom. 6:20). Pero ya no. Al poner tu fe en Cristo, has sido liberado de la autoridad del pecado. “Sabemos que nuestro viejo hombre fue crucificado con Él, para que nuestro cuerpo de pecado fuera destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado; porque el que ha muerto, ha sido libertado del pecado” (Rom. 6:6-7). No sólo eso, sino que en ti ha venido a habitar el Espíritu Santo (1 Tes. 4:8) quien te da el poder para no pecar, y de esa forma  escoger gozosamente la justicia. El único poder que el pecado tiene es el poder que tú le das cuando rehúsas aferrarte a la fuerza destructora de pecado con que nos capacita el Espíritu Santo. Nunca dejes de recordarle a tu pecado que éste no tiene autoridad sobre ti.

La tercera cosa que hay que decirle a tu tentación es: ¡Prometes demasiado y no entregas lo suficiente! El pecado siempre promete mucho pero siempre entrega muy poco. Sólo piensa en lo que el pecado prometió a Adán y Eva (Gén. 3:4-5) y lo que realmente les entregó (Gén. 3:7 – Apoc. 22:21). Piensa en lo que el pecado le prometió a Abraham, a Sansón, a David, a Judas, a Pedro, a Ananías y a Safira, y compáralo con lo que les costó. Más aún, piensa en Jesús y en lo que le costó el pecado (¡aunque el pecado fue suyo por imputación, no por comisión!). Si lees tu Biblia aún con un ojo medio abierto, no puedes dejar de ver el gran abismo entre lo que el pecado ofrece y lo que realmente entrega. Si le das una lectura a tu vida con un poco de honestidad, verás el mismo abismo. El pecado promete gozo pero trae dolor, el pecado promete felicidad pero trae vergüenza, el pecado promete vida pero trae muerte, el pecado promete libertad pero trae culpa, el pecado promete el cielo pero trae un infierno. Siempre, siempre es una mentira.

La tentación de pecar es inevitable cuando eres una persona pecadora que vive en un mundo pecador. Pero el hecho de pecar no es, de ninguna manera, inevitable cuando has sido hecho un santo a través de Cristo Jesús. Aprende a decirle la verdad, su verdad, a cada tentación.