5 mitos sobre la atención a enfermos terminales

Nota editorial: Esta artículo pertenece a una serie de 21 artículos relacionados con los mitos acerca de los temas más relevantes de la teología y la vida cristiana. Puedes leerla en este enlace. Esta serie fue publicada originalmente en inglés por Crossway.
A continuación 5 mitos sobre la atención a enfermos terminales:

Mito #1: No hay razón para hablar de la atención a enfermos terminales hasta que surge la necesidad. ¿Quién quiere hablar de la muerte?

Pocas cosas detienen tanto una conversación como el tema de la muerte. Es la consecuencia vulgar de la caída, la paga del pecado digna de nuestro desprecio (Ro. 6:23). Nadie siente placer al hablar de ella.

Sin embargo, la administración de las vidas que Dios nos ha dado es importante incluso hasta el final (1 Cor. 6:19-20), y con mucha frecuencia, la muerte inminente nos priva de dar una opinión cuando más necesitamos hablar. Una enfermedad grave altera la conciencia. La asistencia respiratoria por medio de un respirador requiere que se coloque un tubo de silicona en nuestras cuerdas vocales, y para tolerar ese tubo, necesitamos sedantes que nos prohíben comunicarnos. Dadas estas dificultades cuando nos golpea la tragedia, somos pocos los que podemos articular nuestras prioridades, mucho menos tomar en cuenta la voluntad de Dios en oración. Si posponemos hablar sobre la atención a enfermos terminales “hasta que surja la necesidad”, corremos el riesgo de sufrir excesivamente y no hablar del tema.

Nuestro silencio con respecto a la atención a enfermos terminales también puede amontonar una carga aplastante en nuestros seres amados. Si los doctores no pueden comunicarnos las decisiones médicas, se acercarán a quienes sean más allegados, y muchos de ellos no se sienten preparados para cumplir ese papel. Los seres queridos padecen altas tasas de depresión, ansiedad, duelos complicados e incluso, estrés postraumático hasta un año después del fallecimiento de un familiar en una unidad de cuidados intensivos.

Las conversaciones acerca de los enfermos terminales son incómodas y difíciles. Pero en esta era de tecnología médica compleja son esenciales, con ramificaciones que van más allá de nosotros mismos.

Mito #2: La Biblia nos manda a prolongar la vida a toda costa

El Señor nos confía la vida y nos pide que la valoremos. Él nos creó a Su imagen con el fin de administrar Su creación y para servirle (Gén. 1:26; 2:19-20), y la Biblia claramente nos enseña a atesorar la vida y a esforzarnos por glorificarle en todo (Éx. 20:13; 1 Co. 10:31; Rom. 14:8). La santidad de la vida mortal ordena que, cuando se lucha con una gama de opciones médicas, debemos considerar los tratamientos que sostengan la vida que sirvan para curar.

Sin embargo, la santidad de la vida no rechaza la certeza de la muerte (Rom. 5:12, 6:23). Pese a que la Biblia nos guía a buscar tratamientos que ofrezcan esperanza de recuperación, no nos impone aceptar intervenciones que prolonguen la muerte o que inflijan sufrimiento sin beneficio alguno. “Hacer todo lo posible” por salvar una vida puede ser lo correcto. Pero cuando se hace sin discernimiento, este enfoque puede imponer un sufrimiento innecesario cuando la oración compasiva es más importante.

Finalmente, si nos cegamos a nuestra propia mortalidad, rechazamos la resurrección. Pasamos por alto que nuestros tiempos están en Sus manos (Sal. 31:15; 90:3) y desechamos el poder de Su gracia en nuestras vidas, la verdad de que Dios obra en todas las cosas —incluso, la muerte— para el bien de quienes le aman (Jn. 11; Ro. 8:28).

Mito #3: Dios debe sanarme si oro con el fervor suficiente

Dios sí sana y puede hacerlo. En mi experiencia como médico, Él usó la recuperación improbable de un paciente para atraerme hacia Él. Durante Su ministerio, Jesús realizó sanidades milagrosas que glorificaron al Padre y profundizaron la fe (Mt. 4:23; Lc. 4:40). La Biblia nos alienta a orar con sinceridad (Lc. 18:1-8; Fil. 4:4-6), y si el Espíritu nos mueve a orar por la sanidad, sea de nosotros mismos o de nuestro prójimo, debemos hacerlo con fervor.

No obstante, mientras oramos, debemos atender a una diferencia importante; aunque Dios puede sanarnos, jamás debemos presuponer que debe hacerlo.

La muerte nos alcanza a todos. Cuando Cristo regrese, ninguna enfermedad manchará la creación de Dios (Apoc. 21:4), pero mientras tanto, esperamos y gemimos mientras nuestros cuerpos se marchitan. Podemos percibir la sanidad como nuestro mayor bien, pero la sabiduría de Dios sobrepasa aun el más impresionante de los alcances de nuestro entendimiento (Is. 55:8). Dios puede hacer milagros. Las montañas se derriten ante Él, y le puso límites al mar (Sal. 97:5, Job 38:8-11). Y pese a que los milagros pudieran cumplir nuestro anhelo más desesperado, es posible que éste no esté alineado con Su perfecta y divina voluntad.

En el huerto de Getsemaní, mientras la agonía del mundo caía sobre Él, Jesús oró para tener una salida, pero también terminó Su oración con: “No mi voluntad, sino la tuya” (Mt. 26:39). Al igual que los discípulos de Cristo, busquemos acercarnos a nuestro Padre con la misma confianza y humildad.

Mito #4: Está mal quitarle la asistencia respiratoria a un ser querido

Dios nos llama a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos y a ministrar al afligido (Mt. 22:39; Jn. 13:34; 1 Jn. 3:16-17). De la misma manera que Dios nos amó, debemos extendernos empatía y misericordia unos a otros (Lc. 6:36; 1 Ped. 3:8; 1 Jn. 4:7; Ef. 5:1-2).

La misericordia no justifica la eutanasia activa ni el suicidio asistido por un médico, los cuales son medidas con un objetivo singular de terminar con la vida. Sin embargo, sí nos guía a alejarnos de las intervenciones agresivas y dolorosas si tales medidas son inútiles o si el tormento que imponen supera cualquier beneficio. En muchos casos al final de la vida, la tecnología induce el sufrimiento, sin ofrecer esperanza de recuperación. Pese a que nuestro objetivo es preservar la vida que Dios nos ha dado, las Escrituras no nos obligan a perseguir tenazmente medidas si éstas causan agonía sin esperanza de sanidad.

Si las medidas agresivas sólo servirán para prolongar la muerte, el cambio de enfoque, como el de alejar al ser querido de la sanidad y darle algo de alivio, puede reflejar la compasión cristiana. Cuando un ser querido no logra recuperarse de una enfermedad grave y terminal, quitarle el respirador puede reducir el dolor y el malestar, mientras la enfermedad se lo lleva a casa para estar con el Señor. Por pesadas que puedan ser estas situaciones en nuestros corazones, si se las considera en oración y discernimiento, pueden cumplir nuestro llamado a amarnos unos a otros (Jn. 13:34–35).

Mito #5: No hay esperanza junto al lecho del que muere

Aun cuando nos atrapa una enfermedad mortal, aun cuando distorsiona nuestras vidas hasta dejarlas irreconocibles, nuestra identidad en Cristo —amados, redimidos, hechos nuevos— permanece. Como cristianos, descansamos en la seguridad de una esperanza viva que persiste aún en nuestros últimos momentos sobre la tierra: “Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo” (1 Ped. 1:3, Sal. 23:4). Nos regocijamos que, por medio de la resurrección de Cristo, “la muerte ha sido sorbida en victoria” (1 Cor. 15:54–55). Más grande es el amor de Dios por nosotros, tan asombrosamente perfecto es Su sacrificio, que nada podrá separarnos de Él. Como lo escribió Pablo: “Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom. 8:38–39).

Este mundo roto no es el fin. Cristo ha vencido el pecado, y como tal, nuestra muerte transitoria se marchita ante la certeza de una vida renovada. Descansamos seguros en la promesa de Cristo: “El que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” (Jn. 11:25–26). El amor de Dios por nosotros en Cristo Jesús sobrepasa todo entendimiento, y ningún respirador, monitor o enfermedad temible podrán arrancarnos de Su mano.