5 mitos sobre la hospitalidad

Nota editorial: Esta artículo pertenece a una serie de 21 artículos relacionados con los mitos acerca de los temas más relevantes de la teología y la vida cristiana. Puedes leerla en este enlace. Esta serie fue publicada originalmente en inglés por Crossway.
A continuación 5 mitos sobre la hospitalidad

Mito #1: Se espera que las personas que tienen el “don” de la hospitalidad sean quienes la practiquen.

La hospitalidad no es un don en sí mismo, pero es un medio por el cual se manifiestan otros dones: el de misericordia, servicio, dar y evangelizar. La enseñanza dinámica sobre este tema que se encuentra en el Nuevo Testamento nos muestra que la hospitalidad está basada en nuestro amor por Dios y nuestros hermanos en Cristo, y en nuestro deseo de que nuestro prójimo conozca la salvación de Jesús. Cuando los cristianos rehúsan recibir o dar hospitalidad, eso habla de su falta de amor, en primer lugar por el cuerpo de Cristo, luego por su prójimo y principalmente, por el Señor (1 Pe. 4:8–10).  

Mito #2: La hospitalidad es un trabajo para las mujeres.

La hospitalidad es un mandato bíblico para los ancianos de la iglesia, los cuales son hombres a quienes se les ha confiado la enseñanza y el gobierno de la misma. El llamado a practicar la hospitalidad es para los ancianos —los hombres— en primer lugar, y luego, para el resto del cuerpo. La hospitalidad requiere del trabajo arduo y a la antigua por parte de todos —hombres, mujeres y niños. A menudo es inconveniente, costoso, y en tiempos de persecución, peligroso. Tener compañerismo en la mesa, compartir la enseñanza bíblica, cantar salmos, orar, proveer mutuamente para las necesidades básicas y ofrecer refugio tanto a hermanos como a hermanas en la fe, y también al extraño que está en medio de nosotros se encuentran en el marco de la hospitalidad (1 Tim. 3:1–2). 

Mito #3: Únicamente las personas casadas y pudientes, que tienen casas grandes, son las que pueden practicar la hospitalidad.

Los cristianos más hospitalarios son a menudo los que tienen más amor y menos recursos. Pero todos los creyentes también pueden practicarla. La hospitalidad se puede realizar con base en todos los contextos demográficos, todas las personalidades y todos los tipos de ingresos. Sé tal como eres en Cristo e invita a otros a reunirse contigo. Pablo, el apóstol soltero, practicó celosamente una hospitalidad vigorizante, incluso bajo arresto domiciliario cuando estuvo preso en Roma (Hechos 28:30). 

Mito #4: La hospitalidad jamás se debe extender a los que se reconocen pecadores, ya que la Biblia me lo advierte. Si comes con pecadores, los demás pensarán que apruebas el “estilo de vida” de ellos”.

La hospitalidad no se debe extender a los falsos maestros (2 Juan 10–11) o a los hermanos o hermanas impenitentes bajo la disciplina de la iglesia (1 Cor. 5:11–13).  

Los falsos maestros introducen ideas que, de ser verdaderas, falsificarían  el evangelio cristiano de salvación. Un falso maestro es alguien que afirma tener el nombre de “cristiano”, pero posee un entendimiento antibíblico o extrabíblico del origen y del fin de la humanidad, la autoridad bíblica, la centralidad de la cruz, la ética sexual, los medios de gracia, las formas de justificación delante de un Dios santo y de la naturaleza de Dios. La falsa enseñanza es tanto seductora como destructiva para el cuerpo de creyentes.  

En cuanto al “pecador impenitente, me refiero al miembro de la iglesia que anda en pecado continuo y no confesado. Esta es una persona bajo la disciplina de la iglesia, quien recibe consejo, instrucción y cuidado  de los ancianos. Actuar como si nada ocurriera es perjudicial para la necesidad de confesión y arrepentimiento de sus ovejas perdidas 

El mandato de retener la hospitalidad se aplica únicamente a los que están dentro de la iglesia, a los que están abusando de la iglesia, de su enseñanza y de su gente. No existe ningún mandato bíblico a no extender la hospitalidad a los incrédulos. 

Mito #5: La hospitalidad y el compañerismo son formas de entretenimiento.

¡No! La hospitalidad nos llega a nosotros de la palabra griega “philoxenia” o “amor por los extraños”. La hospitalidad Cristiana tiene como objetivo conocer a los extraños y hacerlos nuestros vecinos, y conocer a nuestros vecinos y, mediante el poder de Dios, recibirlos en la familia de Dios a través de la fe, el arrepentimiento, la conversión y la membresía de la iglesia. La hospitalidad puede incluir el compañerismo con los creyentes, pero ni la hospitalidad ni el compañerismo son equivalentes al entretenimiento 

El entretenimiento se viste de buenos modales para dar una buena impresión; la hospitalidad se viste de brazos y puertas que se abren de par en par y con corazones que se duelen sin fingimiento por este mundo perdido y por los que portan la imagen de Dios, que al igual que nosotros antes de que nos rescatara el Señor, tropiezan en las tinieblas cautivantes. Cuando practicamos la hospitalidad, vivimos nuestras vidas reales, revueltas y redimidas delante de los extraños y de los hermanos por igual y le mostramos a un mundo que nos observa que la sangre de Cristo es más fuerte que los lazos familiares o sanguíneos.  

La hospitalidad busca la salvación de los extraños, y el compañerismo busca la edificación en fe de los hermanos. Servimos a un Dios que nos buscó cuando éramos extraños. Dios nos encontró, nos adoptó, nos hizo parte de Su familia y nos trajo a Su mesa. Nuestros hogares no son castillos, sino incubadoras y hospitales. Y el evangelio viene con una llave de casa (Marcos 10:28–30).