5 mitos sobre la relación entre la ciencia y la fe

Nota editorial: Este artículo pertenece a una serie de 21 artículos relacionados con los mitos acerca de los temas más relevantes de la teología y la vida cristiana. Puedes leerla en este enlace. Esta serie fue publicada originalmente en inglés por Crossway.
A continuación 5 mitos sobre la relación entre la ciencia y la fe:

Mito #1: La controversia entre la iglesia y la ciencia tuvo que ver con la geografía de los cielos tal como la percibía Galileo

La controversia entre la iglesia y Galileo mostró la semilla del aparente divorcio de la ciencia con la fe. En sentido literal, la controversia tuvo que ver con la teoría del universo, presentada por Nicolás Copérnico (1473–1543) en 1543, en la que afirmaba que el sol se encontraba en el centro del universo. Esta teoría estaba en oposición a la perspectiva aristotélica promovida por la iglesia, que afirmaba que el sol y los demás planetas giraban alrededor de la tierra. Galileo estaba a favor del modelo copernicano debido a lo que él observaba a través de sus propios telescopios, particularmente que las lunas de Júpiter estaban girando alrededor del planeta Júpiter. Estas fueron observaciones telescópicas monumentales — ¡no todos los cuerpos del universo estaban girando alrededor de la tierra!

La teoría de Copérnico fue considerada una herejía porque chocaba con la interpretación de la iglesia con respecto al relato bíblico de la creación, en la cual “Dios estableció la tierra sobre sus cimientos” (Sal. 104:5).

Ahora, Owen Gingerich, historiador de Harvard, desmiente el mito anterior con las siguientes palabras:

Hasta donde los teólogos tenían entendido, el sistema copernicano no era el verdadero problema. No puedo enfatizarlo lo suficiente. El campo de batalla era el método en sí, la ruta al conocimiento seguro del mundo, la cuestión de si el Libro de la Naturaleza era contrario al Libro inerrante de las Escrituras como camino a la verdad [Gingerich, “The Galileo Affair” (El caso de Galileo), Scientific American 247, no. 2 (1982): 123–24].

Luego de las observaciones de Galileo a través de sus telescopios, el poder y el control de los teólogos era lo que estaba en juego y no la geografía de los cielos. Cualquier individuo que tuviera un telescopio tenía acceso a las verdades de la naturaleza – en este caso, la astronomía y las bóvedas estrelladas de nuestros cielos nocturnos.

En verdad, era un panorama inquietante; el monje benedictino Angelo Grillo usaba el vocablo “cannonista”[1] para referirse a cualquier persona que poseyera este nuevo instrumento audaz.

¿Quién controla el acceso a los manantiales de la verdad? Una pregunta de suma importancia en el tiempo de Galileo, que enfrentaba a la inquisición con su crueldad y control indescriptibles. Galileo fue convocado de Florencia a Roma para ser juzgado por la Inquisición en 1633, y para ser traído encadenado a Roma, de ser necesario. Él no veía conflicto alguno entre los dominios de la investigación científica y las Escrituras. Galileo creía que el estudio del universo fomentaría un mayor entendimiento de la interpretación correcta de las Escrituras. Pero la etiqueta que Galileo llevaba como herético sospechoso prevaleció en el juicio y fue obligado a retractarse y sentenciado a prisión domiciliaria: falleció en Arcetri el 9 de enero de 1642 y fue enterrado en una fosa común.

El gran divorcio entre Dios y la ciencia estuvo centrado en si la voz de Galileo Galilei podía ser oída o silenciada.

Mito #2: Los padres de la iglesia primitiva sólo aceptaban una interpretación literal de las Escrituras

¡Falso! Uno de los padres de la iglesia primitiva, San Agustín (354–430 d.C.), sugería que los textos bíblicos no debían interpretarse literalmente si éstos contradecían lo que sabemos de la ciencia y la razón que Dios nos ha dado. En un pasaje importante de su obra “De Genesi ad litteram libri duodecim”, o “El significado literal de Génesis” (a principios del siglo V d.C.), leemos:

Sucede con frecuencia que algo sobre la tierra, sobre el cielo, sobre otros elementos de este mundo, sobre el movimiento y la rotación o incluso la magnitud y las distancias de las estrellas, sobre los eclipses definidos del sol y de la luna, sobre el paso de los años y de las estaciones, sobre la naturaleza de los animales, de los frutos, de las piedras y de otras cosas, se pueden conocer con la mayor certeza por medio de la razón o de la experiencia, incluso por alguien que no es cristiano. Es una desgracia y una ruina, pues, y algo que ha de evitarse, que aquél (el no cristiano) escuche a un cristiano hablar de estas cosas con tal necedad, y así como dicen los escritos cristianos, que pueda decir que apenas puede evitar reírse al ver cuán equivocados están. En vista de esto y al tenerlo presente de manera constante mientras estudio el libro de Génesis, he explicado en detalle, en la medida de lo que me ha sido posible, y he comenzado a considerar los significados de los pasajes oscuros, con cuidado de no afirmar precipitadamente algún significado en perjuicio de otros y tal vez, de dar una mejor explicación [Agustín, “The Literal Meaning of Genesis”, (Del Génesis a la letra), (New York: Newman, 1982), 42–43].

Las palabras de Agustín aún resuenan en nosotros, así como resonaron en Galileo. Si la iglesia hubiera prestado atención al consejo de Agustín de no imponerse en los asuntos para los que no estaba capacitada, y si el poder y el control no hubieran tenido tal enfoque en la iglesia en ese momento, esta larga batalla entre la iglesia y la ciencia jamás se habría producido.

Mito #3: La humanidad es un elemento marginal sin importancia

Un combustible para ese gran divorcio es el punto de vista que algunos sostienen: que la humanidad es un elemento marginal sin importancia en un universo vasto que contiene mil millones de galaxias.

Los cosmólogos de nuestros días han extrapolado la perspectiva copérnica al decir que la tierra no es el centro de nuestro sistema solar, sino un escenario muchísimo más amplio (que abarca 92 mil millones de años luz) —y que nuestra ubicación dentro del universo de cientos de miles de millones de galaxias no es para nada especial. Nuestro sol es uno de los cientos de miles de millones de estrellas ubicadas en alguna parte del espacio exterior de una galaxia en espiral aparentemente azarosa. ¿En verdad importa nuestra ubicación? ¿Eso significa que la humanidad no es más que un accidente en un accidente de accidentes?

Sin embargo, hay algo especial en nuestro universo. Una interacción delicada de su edad, de su tamaño y de sus leyes fundamentales ha hecho que la vida a base de carbono sea posible. La ley de la gravedad, al igual que las fuerzas nucleares fuertes y débiles, están reajustadas para la aparición de la vida. Si la fuerza de gravedad fuera más poderosa, las reacciones nucleares en los núcleos de las estrellas habrían procedido con tal velocidad que la vida de estas habría sido muy breve —demasiado breve para la aparición de la vida a base de carbono. En cambio, si la fuerza de gravedad fuera más débil, las estrellas no se habrían calentado lo suficiente como para que se originaran las reacciones nucleares, y nosotros no tendríamos soles. Tal como lo entendemos, el universo tiene que ser tan grande como lo es ahora — tuvo que haber pasado tiempo suficiente para la expansión de nuestro universo y que este se enfriara lo suficiente después del calor del big bang, de modo que se formen las galaxias y las estrellas. Desde nuestro punto de vista astronómico, pues, el universo en expansión parece ser relativamente viejo y grande.

Ningún lector debería sorprenderse de que nuestro universo sea tan grande, pues hasta donde podemos observar, no podríamos existir en uno que sea más pequeño. El punto a destacar aquí es que el reajuste nos hace científicamente bastante especiales: sin este reajuste, no estaríamos aquí.

No debería espantarnos vivir en un universo tan vasto, como se sintió Bernard le Bovier de Fontenelle cuando escribió: “He aquí un universo tan inmenso que estoy perdido en él. Ya no sé dónde estoy. Yo mismo no soy nada. Nuestro mundo es temible en su insignificancia” [Bernard le Bovier de Fontenelle, “Conversations with a Lady on the Plurality of Worlds” (1686), citado en Block, D.L. “Our Universe: Accident or Design?”, Beith Laboraties, Sandton, Sudáfrica, 1].

Esta no es la actitud que aparece en los evangelios, sino que éstos están llenos de asombro, maravilla y admiración. La encarnación resuena con un mensaje central de propósito. La humanidad es lo suficientemente especial que el Creador de este universo visitó este mundo en persona por amor a la humanidad caída y murió por nosotros. Por tanto, el modelo medieval pre-copérnico evocaba una actitud muy positiva en los teólogos del tiempo de Galileo: todo giraba alrededor de la tierra — la humanidad era el punto central de la creación.

Por otro lado, los opositores de Galileo no comprendieron que la encarnación es independiente de la ubicación geográfica, y suponer que la tierra se movía en su propia órbita no denigra al hombre de ningún modo. El Espíritu Santo vivifica todo el universo de Dios; nosotros, por tanto, nos preguntamos por qué la idea de la ubicación es tan importante para los pensadores de aquel tiempo.

Mito #4: La verdad del cientificismo

La ideología del cientificismo es una fe optimista en el poder de la ciencia sola para resolver los misterios del mundo, una forma de ciencia que desecha a Dios, que vino a nuestro mundo como un cuento de hadas.

El químico Peter Atkins abraza el cientificismo, y él cree que…

Los científicos, con su confianza implícita en el reduccionismo, tienen el privilegio de estar en la cima del conocimiento, y de ver la verdad con mayor profundidad que cualquiera de sus contemporáneos… No hay razón para esperar que la ciencia no pueda tratar con cualquier aspecto de la existencia… La ciencia jamás se ha topado con barrera alguna que no haya podido vencer, o que hayamos podido suponer, de manera razonable, que no tiene el poder para vencer… Considero que no hay ningún rincón del universo real o del universo mental que esté resguardado del resplandor de las (ciencias) [Atkins, “The Limitless Power of Science in Nature’s Imagination: The Frontiers of Scientific Vision” (El poder sin límites de la ciencia en la imaginación de la naturaleza: las fronteras de la visión científica), ed. John Cornwell (New York: Oxford University Press, 1995), 125].

Pensando en la materia oscura y en la energía oscura, todavía estamos muy lejos de la cima del conocimiento. Los astrónomos no comprenden aproximadamente el 96% del contenido de nuestro universo.

Los conceptos como materia oscura y energía oscura son desconocidas realidades conocidas, según las famosas y sabias palabras del ex Secretario de Defensa estadounidense Donald Henry Rumsfeld.

En febrero de 2002 Rumsfeld expuso la idea de lo conocido, que son cosas que sabemos que ya sabemos. Pero también existen las desconocidas realidades conocidas; es decir, las cosas que sabemos que no sabemos.

Cuán drásticamente ha cambiado nuestro entendimiento de la cosmología y de la física durante los últimos cincuenta años. Los físicos trabajan arduamente para desarrollar una gran teoría unificada, la cual funciona tanto en escalas macroscópicas como microscópicas. La materia oscura y la energía oscura han ingresado a una etapa central como desconocidas realidades conocidas — son conceptos recientes en nuestro inventario de conocimientos (materia oscura en la década de los 1930 y energía oscura en la década de los 1990)— pero que dominarán las mentes de los astrónomos y de los físicos dentro de los próximos veinte años, ¿o se generará, para entonces, una nueva revolución científica con otras perspectivas fundamentales (desconocidas realidades desconocidas)?

Galileo estaba en lo cierto cuando afirmó que “lo que sabemos es sólo una pequeñísima parte de lo que no sabemos”. Pero pudo haber ido mucho más lejos.

Según las palabras del teólogo Scott Bontrager:

Nuestras capacidades naturales para discernir la verdad acerca del mundo se acaban con las cosas invisibles — pues carecen de sentido para percibir el mundo invisible y no hay forma alguna en que nosotros podamos conocer las verdades que nos llevan a la bienaventuranza eterna: la perfección para la que hemos sido creados. . . Ir más allá de nuestras limitaciones naturales y avanzar hacia nuestra perfección (al compartir la naturaleza divina), necesitamos la ayuda de Dios: una infusión de gracia. Esta gracia, según Tomás de Aquino, viene en forma de las Sagradas Escrituras, las cuales son la disposición de Dios de revelarse a Sí mismo a nosotros [Bontrager, “Nature and Grace in the First Question of the Summa” (La naturaleza y la gracia en la primera pregunta de Summa), Scot Bontrager (blog), 1 de febrero de 2010].

Como científicos, nos complace reconocer el papel de la ciencia en iluminar la naturaleza de nuestro mundo… Pero somos escépticos de su poder para resplandecer en cada rincón del universo… El mundo invisible de Bontrager parece estar fuera de nuestro alcance para el método científico.

Mito #5: Galileo citó las Escrituras a través de la lente de la fe

Galileo cita extensamente las Escrituras en su famosa carta dirigida a la gran Duquesa de Toscana. Una perspectiva más interesante de su uso de las Escrituras viene de su entrevista con el difunto profesor Jean Mesnard de la Sorbona en París, uno de los mejores expertos del matemático y filósofo francés Blaise Pascal. Mesnard argumentó que el error de Galileo fue que no veía más allá. Vemos a Galileo como el gran empirista. Como miembro fiel de la iglesia católica, él intentó defender las Escrituras por medio de la razón contra el ataque percibido de la ciencia y sin el énfasis del papel que juega la fe, y al hacerlo, Galileo abrió el camino al ateísmo, asevera Mesnard.

Como leemos en la Biblia, “Sin fe es imposible agradar a Dios” (Heb. 11:6).

Fr. George Coyne SJ, ex director del Observatorio Papal en el Vaticano está de acuerdo. Con Jean Mesnard elabora:

La religión se rindió a la tentación de enraizar su propia existencia en las certezas racionales características de las ciencias naturales… las evidencias derivadas de la experiencia religiosa en sí se convirtieron en algo secundario o incluso, olvidado.

En nuestros debates, que se llevan a cabo desde hace varios años, Mesnard enfatizó que uno no puede recurrir a los experimentos físicos al tratar con la interacción divina con nuestro mundo. A diferencia de las lunas que giran alrededor de Júpiter, Dios no puede estar sujeto a las investigaciones empíricas por medio de un telescopio. La razón tiene su lugar en cuanto a interpretar los experimentos físicos, pero debido a los comienzos de la revolución científica en el tiempo de Galileo, la gente ha aplicado la razón para evaluar ciertas revelaciones espirituales para las cuales la razón (y los experimentos) no es apropiada. El amor de Jesús no se puede colocar en un tubo de ensayo.

Notas:

  1. En la época de Galileo, había varias palabras para nombrar al nuevo instrumento (anteojo) inventado en Holanda. Una de estas palabras era “cannone”, es decir, “tubo”. Como consecuencia, cuando el monje benedictino Angelo Grillo decía “cannonista ”, él se refería a una persona que usa un “cannon” (es decir, un “telescopio”). (Aunque “artillero” no sería una traducción apropiada para “cannonista”, los que poseían un telescopio, según Grillo, podían, metafóricamente, destruir ideas del orden y abatir la interpretación literal de la Biblia, y en este sentido, el telescopio era un arma – un arma intelectual. Le agradecemos profundamente al erudito galileo Franco Giudice por esta perspectiva).

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