5 mitos sobre las misiones 

Nota editorial: Esta artículo pertenece a una serie de 21 artículos relacionados con los mitos acerca de los temas más relevantes de la teología y la vida cristiana. Puedes leerla en este enlace. Esta serie fue publicada originalmente en inglés por Crossway.
A continuación 5 mitos sobre las misiones

Algunas reflexiones equivocadas 

Hudson Taylor, el misionero a la China que vivió en el siglo XIX, murió el 3 de junio de 1905. Fue un modelo de devoción al evangelio y de sacrificio personal. Era valiente, determinado, centrado en el evangelio y perseverante. Sin embargo, en ocasiones se lo percibía como autocrático, impulsivo, distraído y áspero — un recordatorio de que, una vez redimidos, todos nosotros aún somos imperfectos. Mas, su perseverancia y fidelidad han tenido un enorme impacto en las misiones evangélicas durante el siglo pasado. Así que no debería ser ninguna sorpresa que varios mitos acerca de las misiones hayan sido alimentados, al menos en parte, por reflexiones equivocadas sobre la misma vida compleja y notable de Hudson Taylor como misionero joven, con ambiciones, culturalmente contextualizado, talentoso e independiente. Por tanto, he aquí cinco mitos sobre las misiones para considerar y, espero, reconsiderar. 

Mito #1: Las misiones son únicamente para los jóvenes 

Hudson Taylor navegó a China a la edad de veintiún años. Pese a que a muchos pueda resultarle una edad bastante joven, me siento seguro al afirmar que la mayoría de los occidentales de la actualidad piensan que los jóvenes entusiastas son los mejores misioneros. Si no es a los veintiún años, los veinte y los treinta, como mínimo, son la mejor edad para ir a las naciones. Al fin de cuentas, la gente mayor está muy establecida en sus vidas. No son flexibles y desean pasar el tiempo jugando al golf, mimando a los nietos y luego, se van a la cama antes de las 9:30 p.m. 

El problema principal con este mito es que es un mito. Sí, los que son inflexibles y enfocados en sí mismos no son buenos misioneros. He conocido algunos misioneros que ya tienen sus cuarenta o sesenta años que son tristemente así, pero también he conocido a muchos que tienen sus veinte o treinta y tantos que están igualmente descalificados. 

La cuestión no es la edad, sino lo que hace que alguien, sin importar la edad, sea un buen misionero: la madurez, la humildad, el conocimiento profundo de la Biblia, la experiencia en el discipulado, la estabilidad, la perseverancia probada, los dones para la enseñanza demostrados, la disposición para el sacrificio y muchísima sabiduría. ¿A quién te suena eso? Sí, hay un montón de jóvenes que puedan tener esas cualidades o que las cultivarán con el paso del tiempo. ¡Alabemos al Señor por ello! Simplemente, quiero señalar que, además, existen algunos santos mayores que son sabios y experimentados que tienen estas cualidades. 

Ha sido mi experiencia que, si alentamos y ayudamos a estos santos maduros a que sean enviados con el evangelio a lugares difíciles, el fruto puede ser asombroso. Y en muchas de las mismas naciones donde están expulsando a los misioneros más jóvenes, hay programas de incentivo especiales para alentar a los mayores para que vayan a vivir (y a gastar su dinero) en dichas naciones. El programa “Malaysia My Second Home” (Malasia, mi segundo hogar) ideado para atraer a los mayores de 50 años es sólo un ejemplo. Sin desalentar a los santos más jóvenes, es necesario tener en cuenta que los santos jubilados y experimentados tienen mucho que ofrecer. Y a medida que el mundo cambia y las visas son más difíciles de conseguir para la gente joven, un poquito de cabello gris (o la falta de cabello) puede ser el boleto para obtener visas de largo plazo y oportunidades para las misiones. ¡Las misiones no son únicamente para los jóvenes 

Mito #2: El objetivo de nuestras misiones es la de un movimiento 

La mayoría de los misioneros anhelan causar un impacto en una nación como lo hizo Hudson Taylor en China, pero esa buena ambición puede transformarse en el mito al cual deberíamos tener como objetivo específicamente para un movimiento de un grupo masivo de personas, nada menos. Con esto, quiero decir que podemos empezar a esperar que nuestros métodos misioneros den como resultado una expansión del evangelio exponencial y que se mueve a pasos agigantados a menudo con una tendencia simultánea de desechar cualquier método que no prometa esta clase de fruto rápido. 

En la actualidad, la plática sobre los movimientos parece estar en todas partes en las misiones. La gente defiende los Movimientos de Plantación de Iglesias (CPM por sus siglas en inglés) definido como “una rápida multiplicación de iglesias indígenas que plantan iglesias que arrasa con un grupo de personas o un segmento de la población” [Mission Frontiers, 10 Church planting movement FAQs]. Y los Movimientos para hacer discípulos (DMM por sus siglas en inglés) donde se desecha la iglesia local y se reemplaza por grupos de estudio bíblico autónomos que enseñan a los miembros a reclutar y formar otros grupos de estudio bíblico para que, “finalmente, cada miembro del grupo salga y comience su propio grupo y luego, cada uno de dichos miembros comiencen su propio grupo, y el ciclo continúa, multiplicando el número de discípulos exponencialmente”[Team expansion, Disciple making movement].  

En ocasiones, esto suena más a marketing en red que a cristianismo bíblico. Pero, ¿son las misiones un esfuerzo para reclutar más y más gente que recluta a más y más gente hasta que Jesús regrese para bendecir la pirámide? 

Me doy cuenta de que son pocos los que describirían su trabajo con absoluto descaro. Pero creo también que una gran parte de los misioneros enviados de los países occidentales actualmente dirían que su objetivo principal es catalizar un movimiento de un grupo masivo de personas de una sola clase u otra. En general, estos misioneros que organizan movimientos son buena gente. Aman a Jesús y son trabajadores ocupados y comprometidos. Ello screen en verdad que alcanzar específicamente a un grupo masivo de personas es la mejor manera de acabar la tareade la Gran Comisión. Pero también, se encuentran entre los misioneros más desilusionados, desalentados, abatidos y exhaustos con los que me he encontrado. No es difícil ver el porqué. 

Se han comprado el mito y han depositado sus esperanzas y expectativas directamente en algo que Dios dijo explícitamente que no es asunto de ellos manejar y controlar: la velocidad y el tamaño de la cosecha (1 Cor. 3:6). El problema es que Mateo 28:18 no dice: “Vayan por todo el mundo y catalicen movimientos de grupos masivos de personas, enseñándoles a capacitar a otros capacitadores con sencillas estrategias replicables, y yo estaré con ustedes siempre, hasta que el crecimiento espontáneo y exponencial del movimiento arrase con el grupo de personas y usuarios hasta el fin de los tiempos”.  

En cambio, se nos manda a transformar el mundo con el trabajo más humilde y sencillo de gente que hace discípulos con fidelidad y paciencia, y a enseñarles a esos discípulos, en el contexto de las iglesias locales, a convertirse en seguidores de Cristo completamente maduros. (Mt. 28:18-20; Heb. 10:24-25). Comprendo que eso no tiene el glamour de hablar de un movimiento masivo. 

Y, ¿dónde se nos dice en la Palabra de Dios que debemos tener como objetivo inventar el próximo Google o Facebook? Se nos dice simplemente que debemos hacer la obra del ministerio como Dios la describió y dejarle los resultados a Él. Entonces, aun cuando dormimos, confiamos en que Él está obrando para producir la cosecha en Su momento señalado (Mr. 4:26-29). No te equivoques, esta clase de fidelidad paciente no es fácil. Con frecuencia desafía nuestra confianza y mortifica nuestras ambiciones carnales. Las misiones en las Escrituras son un trabajo arduo y generalmente lento. Se necesita una gran paciencia y se requiere una enseñanza bíblica cuidadosa (2 Tim. 4:1-2). Un escritor describió el trabajo de las verdaderas misiones bíblicas como un “trabajo despiadado con evangelio y pala”. Pero el fruto, cuando sale, es verdadero y duradero, y asombrosamente hermoso. Y puesto que fue el obrar de Dios que produjo la cosecha, y no nuestros geniales métodos catalizadores, Él se lleva toda la gloria. 

Mito #3: La clave es contextualizar el mensaje 

La contextualización es otra de las áreas donde se usa a Hudson Taylor como argumento para ciertas cosas que dudo que él hubiera apoyado. En este caso, el mito es que contextualizar el mensaje del evangelio es la clave para el avance de las misiones mundiales. Es verdad que Hudson Taylor defendió la contextualización en un sentido. Él aprendió el idioma, adoptó la vestimenta china, aprendió su literatura y modeló algunas normas culturales en un tiempo en que los misioneros no hicieron muchas de estas cosas. Y también es verdad que lo que hizo fue tan controversial como fructífero. Pero he aquí la sorpresa. La contextualización de Taylor tuvo que ver con la cultura, no con la teología. 

Como otros han notado, tras su cola de caballo y la vestimenta china, a través de su habla china y las alusiones culturales, él predicó el mismo mensaje bíblico, a menudo ofensivo, que predicaron otros misioneros fieles. Su contextualización fue en aras de la claridad, no para armonizar con sus oyentes, y la ofensa que procuró evitar fue la ofensa cultural innecesaria, a la vez que abrazaba orgullosamente la ofensa de la cruz 

Según creo, Taylor entendió que la clave era la claridad del evangelio. Me parece que es un lema bastante lejano del que tienen los que intentan contextualizar el mensaje del evangelio u otras enseñanzas bíblicas que algunos defienden hoy. Ciertamente, deseamos hablar de una manera que la gente pueda entender y queremos evitar ofenderlos con nuestros modales antes de poder llegar a ellos con el evangelio. No obstante, jamás deberíamos intentar suavizar las asperezas del evangelio –restándole importancia al pecado, evitando hablar del arrepentimiento, dejando a un lado a Jesús como el Hijo divino de Dios, redefiniendo la iglesia o el bautismo, o sustituyendo el lenguaje para adaptarse al gusto cultural. Esto convierte nuestra necesidad de contextualización en una franca transigencia. ¡Se necesita mucho consejo y sabiduría 

A fin de cuentas, necesitamos resistir al error de creer que podemos reenvasar el cristianismo de manera tal que se sienta como en casa en cada cultura caída. La clave no es la contextualización. Eso es un mito. La clave es la proclamación fiel y clara del evangelio de la Palabra de Dios y con ella, la reunión de los santos en las iglesias locales. Esa es la única clave, en todo lugar y en toda cultura, y así lo será siempre. 

Mito #4: Las misiones son para los súper cristianos 

De todos los mitos sobre las misiones, tal vez este es el mejor intencionado. Pero, a pesar de los dones extraordinarios de unos pocos roes misioneros, como Hudson Taylor, la verdad sigue siendo que las misiones no son solamente para los súper cristianos. , estoy de acuerdo en que deberíamos tener estándares elevados para los que consideraríamos como misioneros 

Al leer en las páginas del Nuevo Testamento, veo que hay personas a quienes se las envía con un profundo conocimiento teológico e historias probadas de fecundidad fiel: Pablo, Bernabé, etc. , también hay lugar para los entusiastas y los inexpertos: Juan Marcos, por ejemplo. Pero el modelo general que vemos en la Biblia es enviar a nuestra mejor gente para liderar en las misiones 

No obstante, y habiendo dicho esto, no significa que no se necesita tener habilidades extraordinarias para las misiones; en cambio, deberíamos enviar hombres y mujeres que sobresalen por su madurez y fidelidad ordinarias. En mi rol como pastor de una iglesia local, a menudo me encuentro con esta confusión. Un miembro de la iglesia viene a hablar conmigo acerca de lo que se necesita para prepararse para ser un misionero. Creo que, por lo general, esperan que yo les dé una lista de un montón de cosas poco comunes. Pero lo que casi siempre les digo es lo siguiente: Estudia la Biblia y trabaja arduo para ser, especialmente, un miembro fiel de la iglesia.  

Quiero que nuestra iglesia envíe hombres y mujeres que sobresalen en cosas aparentemente ordinarias como el conocimiento bíblico, sabiduría y discernimiento, relaciones diversas, hospitalidad intencionada, iniciativa evangelística, fidelidad en la iglesia y perseverancia y fruto en el discipulado. Denme a alguien que tenga todas estas cosas —con algunas otras adicionales, como la habilidad de aprender otro idioma— y esa vida cristiana ordinaria trasplantada en otra cultura podrá producir una cosecha abundante de frutos del evangelio. Los misioneros necesitan sobresalir nada más que en los frutos gloriosamente ordinarios de madurez y fidelidad cristiana. 

Mito #5: La iglesia local sólo paga y ora por las misiones 

Finalmente, me sorprende con cuánta frecuencia me encuentro con iglesias, misioneros y agencias que envían misioneros que parecen creer que las iglesias locales son únicamente responsables de financiar y orar por los misioneros, pero que el trabajo real de las misiones es para otros. Tal vez el fruto de los misioneros mayormente independientes, como Hudson Taylor, ha alimentado ese malentendido. Pero eso, también, es simplemente un mito. Las Escrituras son claras. No es meramente a través de individuos ni de las organizaciones misioneras, sino a través de “la iglesia” que el poder que vence al pecado y la sabiduría del plan del evangelio de Dios será manifestado en todo el universo (Ef. 3:10).  

La iglesia local es, en un sentido, tanto el medio como el fin de las misiones. Es el único plan y método de la Biblia para la expansión mundial del evangelio y el resultado por el cual se esfuerzan nuestros misioneros. Sí, la oración por las misiones es el gozo y el deber de la iglesia (Ef. 6:19, Col. 4:3) y el apoyo a los misioneros enviados por la iglesia es su privilegio y responsabilidad (3 Jn. 6-8). Y todavía, hay mucho más.  

La iglesia local es la institución principal en capacitar a los misioneros y en brindarles apoyo pastoral. Ciertamente, puede ser bueno tener a alguien que organice el apoyo y la ayuda a los misioneros eso es lo que hacen las buenas organizaciones misioneras. Pero jamás debemos delegar el rol del discipulado, discernimiento, envío y apoyo de la iglesia local. Y jamás debemos olvidar que la visión de la mayoría de los esfuerzos de los misioneros debe ser el de establecer más iglesias locales sanas que plantan otras iglesias sanas hasta el regreso de Cristo. 

Hay muchos otros mitos que han surgido en torno a las misiones. Algunos de ellos probablemente se hayan alimentado por un sentido de humildad o de urgencia admirable, aunque erróneo. Otros parecen reflexionar meramente en nuestra adicción occidental a cualquier cosa que prometa ser más rápido, más grande, más fácil o más barato. Pero cada uno, si no se corrige, probablemente dará como resultado un debilitamiento del trabajo misionero bíblico y un apoyo en nuestra propia sabiduría y métodos. Que Dios nos dé claridad en nuestro entendimiento, disipe nuestros mitos acariciados y renueve nuestra visión bíblica por medio de la claridad de Su Palabra. Y que podamos trabajar para seguir adelante, apoyándonos en la sabiduría de Dios, no en nuestras estrategias inteligentes. Puesto de otro modo, todos debemos recordar: 

Dios usa a hombres que son lo suficientemente débiles y frágiles como para apoyarse en Él. —J. Hudson Taylor