“Ayuda. Mi corazón está roto”.

Esta es una de las frases más comunes en mi ministerio de consejería. Hay muchas causas: amor no correspondido, trabajos perdidos, sueños reprimidos, cónyuges e hijos arrebatados. Sin importar sus raíces, el dolor es insoportablemente similar para quienes lo padecen. Y la pregunta que sobresale es esta: “¿Y ahora qué?”.

Llora bien

El dolor es una acción y un sentimiento. Cuando los corazones se rompen, las mejillas deben estar mojadas. Ojalá no fuera cierto, pero lo es. Hay algo sobre el llanto que es increíblemente aterrador, es un acto vulnerable que inunda nuestros pensamientos y sentimientos, dejándonos fatigados. No es de extrañar entonces, que las personas lo eviten como la peste, o sientan que necesitan excusas para ello.

Pero la Escritura misma no tiene una opinión tan negativa sobre el duelo. Dios no les dice a sus hijos “¡séquense las lágrimas!”, más bien, Dios guarda nuestras lágrimas en su redoma (Sal. 56:8). En una tierra antigua y árida en donde las redomas no se conseguían por montones, solo las cosas preciosas se guardaban en redomas. Aún más, Dios mismo llora y no se disculpa por ello (Lc. 19:41-44; Jn. 11:35). Cuando Dios declara que le duele el corazón, sus mejillas no están secas y no debes avergonzarte si las tuyas tampoco lo están.

No es suficiente con desahogar nuestras emociones; éstas necesitan ser pastoreadas (Sal. 120:1; 130:1). Los cristianos no son simplemente los que lloran, sino los que lloran bien. No es cierto que nuestro estrés, tristeza, enojo y emociones negativas solo necesiten una salida emocional para liberar la presión. Esta visión “hidráulica” de los afectos a menudo hace más daño que bien, apenas ponemos nuestro hervidor emocional en el quemador, el silbido comienza a gemir por alivio.

En cambio, la clave es casarse con una salida emocional con esperanza. Esto no significa que siempre, en cada momento, necesitemos mantener un sentimiento consciente de esperanza junto con nuestra pena; Dios da lugar en las Escrituras a pasajes como el Salmo 88 y Job 3. Él no le pide al creyente que tenga una perspectiva irreal de la vida cristiana.

Pero Pablo les recuerda a los tesalonicenses, que su pena es diferente a la de una simple explosión emocional (1 Ts. 4:13). Se basa en la verdad del evangelio que es la fuente de la esperanza y la vida misma (Ro. 15:13, 1 Ts. 4:14-17). La esperanza del evangelio es la base del dolor saludable. Puede que no siempre lo veamos o nos centremos en ello, pero está allí, y resucitará (Sal. 51:12).

Ir a la oración

El dolor necesita oración, éste es la comunión de nuestras almas con su Creador y Sustentador. El Salterio no es solo una colección de cancioncillas para creyentes, sino un ejemplo viviente de las oraciones de los fieles. Orar no se trata de cambiar la opinión de Dios, sino de someter los deseos más fervientes de nuestro corazón y confiar en su mayordomía, incluso, cuando esos deseos no sean concedidos.

Cristo clama a través de la oración en su hora más desesperada (Mt. 26:36-39). Y Pablo nos dice que incluso cuando no sabemos cómo orar, el Espíritu Santo intercede por nosotros, reparando nuestras oraciones mientras lo hacemos (Ro. 8:26). Hay algo acerca de la oración sobre el dar a nuestro Señor los pensamientos y sentimientos que son más íntimos, que hace que nuestros corazones sean más dóciles a la comodidad que solo el evangelio brinda.

A Dios le encanta escuchar las oraciones crudas, sin palabras rebuscadas de los corazones de sus hijos (Sal. 62:8). Pero la oración es más que un vertedero emocional, nuestras oraciones son a un Dios que se ha revelado a sí mismo y nos ha provisto su Palabra. En la pena, nuestras oraciones y nuestras almas se beneficiarán alimentándose de la palabra de Dios.

Meditar en las Escrituras obliga a nuestros corazones a ir más allá de nosotros mismos y pensar en el gran alcance de la obra redentora de Dios para su pueblo (Col. 1:13-14). Da esperanza donde, de lo contrario, no puede haber ninguna (Jn. 14:27; Ro. 8:31-39; Heb. 13:6; Stg. 1:2).  Pone nuestra pena en perspectiva, recordándonos que el dolor de nuestro corazón no es más que un pequeño indicio del dolor experimentado por Dios en la cruz (Mt. 27:46) – un sufrimiento al cual él entró voluntariamente (Jn. 10:18) despreciando el costo de vergüenza por el gozo de redimir a un pueblo (Heb. 12:2).

Ir a descansar

El dolor es agotador. Física y emocionalmente, nos encontramos agotados. Una niebla persistente y terrible parece descender sobre nuestras mentes y cuerpos haciendo que sea difícil, incluso respirar en momentos como estos. Aquellos en dolor necesitan descanso. Más que el descanso físico (aunque a menudo no menos), necesitamos descanso espiritual. Es en estos momentos que las palabras de nuestro Señor parecen más dulces que la miel:

“Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallareis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera” (Mt. 11:28-30).

Descansar en Jesús a menudo significa desvincularse intencionalmente del ajetreo del mundo. Elegir enfocar la poca energía emocional que tenemos en los propósitos del Reino, ayuda a proporcionar una paz que la mera lógica no puede explicar (Flp. 4:4-9).

Ve hacia tus amigos

El dolor no es privado. A menudo es difícil y humillante dejar entrar a alguien en las profundidades de nuestro dolor, pero Dios ama demasiado a su gente para permitir que su sufrimiento comience y termine en ti. Mantener escondida tu pena priva a la iglesia de su capacidad para tener la increíble alegría de Gálatas 6:2, “Llevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo”.

Todas las personas no tienen por qué conocer en todo momento la profunda oscuridad en la que te encuentras, pero permitir que otros caminen a tu lado en tu momento de angustia es una forma de servirles, y al mismo tiempo les permite servirte. Es un recordatorio que la vida de un peregrino en este mundo caído está lejos de ser fácil y, algún día, cuando la prueba actual haya quedado atrás, la iglesia obtendrá el beneficio de ser testigo de la fidelidad tangible de Dios hacia ti.

Con demasiada frecuencia, Satanás usa nuestro dolor para complacer nuestro deseo de aislarnos, no solo personal sino corporativamente. Reunirse para adorar simplemente se siente como una tarea demasiado difícil de manejar. Cuando nos afligimos, puede ser difícil cantar, orar o concentrarse en la adoración. Puede parecernos que la Cena del Señor sea una actividad vacía. Pero la adoración es el respirador de nuestro espíritu – nos mantiene vivos cuando todo lo demás parece fallar. Poco a poco, aunque no lo notemos, la adoración está consolando nuestro dolor y nutriendo nuestras almas para que vuelvan a tener salud.

Llorar y acercarse

En un mundo donde el pecado infecta e impacta todas las cosas, es imposible que los creyentes pasen por la vida sin corazones que se rompan. Pero tenemos un Dios que no guarda silencio en esos momentos. Él sabe, porque él ha caminado en nuestros zapatos (Heb. 4:15). Él ha sentido los terribles dolores de un corazón roto. Y en esos momentos, él no nos dice que nos callemos y nos vayamos, sino más bien que lloremos, nos acerquemos a él y nos regocijemos en él.

Artículo publicado por Desiring God | Traducido por María Andreina