Al final de un largo viaje 

Este vuelo desde Kansas City hacia Toronto es singularmente importante para mí. Aunque en un punto no es más que otro vuelo incómodo de corta distancia en otro avión regional destartalado, también marca el final de un viaje que me ha llevado hasta lo último de la tierra. Hace casi dieciocho meses, abordé un avión hacia Israel para marcar el inicio de este viaje con el fin de adentrarme en la historia de la fe cristiana, un viaje al que he denominado “épico”. Me llevó por 24 países de los seis continentes antes de llegar a su conclusión en Kansas City. Esto sumado a algo así como 75 vuelos, 180.000 millas y 350 horas en el aire, 11 aerolíneas y muchos otros cómputos absurdos.  

Fue un viaje increíble de muchas maneras, una oportunidad única de recorrer el mundo para ver objetos y artefactos de importancia particular en la historia cristiana. Estoy agradecido de haber tenido esa oportunidad. Y al volver a casa por última vez, extrañamente, pienso más en la gente que en los objetos. Pienso en algunos de los cristianos que conocí a lo largo del camino. 

Llegué a Calcuta, en India, y un amigo de un amigo de un amigo vino a saludarme. Pero también se trataba de un hermano, así que rápidamente comenzamos a hablar de nuestro Salvador en común y de lo que Él ha hecho por nosotros. Hablamos de la manera en que el Señor nos salvó y nos atrajo hacia Él. Hablamos de la manera en que cada uno estaba en misión en un pequeño rincón de este mundo. Éramos extraños, pero también éramos mucho más que extraños. 

Luego, viajé al extremo sur de la nación y me encontré en el aeropuerto con tres hombres que conocía únicamente mediante un contacto a distancia y por mensajes de WhatsApp. Durante más de dos días viajamos de Thiruvananthapuram a Kanyakumari y Dohnavur, y de regreso horas y horas de carreteras y conversación. Nuestras experiencias de vida son completamente diferentes y nuestros trasfondos culturales no podrían estar más lejos uno del otro. Sin embargo, estamos unidos por medio del Espíritu Santo y sentimos esa unidad inmediata e indudablemente. 

En Zambia, pasé tiempo tanto con zambianos nativos como misioneros. Antes de llegar allí, ellos ya me conocían como una voz incorpórea en el Internet y yo los conocía únicamente por las imágenes en miniatura que acompañaban sus biografías de un solo párrafo en sitios web institucionales. Llegué sin conocer a nadie, pero me fui habiendo conocido nuevos amigos a los que amo, confío, admiro y a quienes estoy ansioso por volver a ver. 

Pasé cuatro días en Manila explorando la ciudad, hablando en una conferencia y predicando en una iglesia local. Los creyentes hicieron su mejor esfuerzo por hacerme sentir bienvenido, y así fue. Conocí literalmente a cientos de personas y fui conmovido por la preocupación que tenían por mí, su deseo de mostrarme su país (o al menos esa pequeña parte), y su compromiso de asegurarse de que cuidaran bien de mí. Tanto en las largas conversaciones como en los breves intercambios, compartimos un compañerismo cristiano genuino. 

Una familia de Nueva Zelanda me abrió las puertas de su casa y fue un gozo conocerlos, compartir nuestras luchas y victorias en común, conocer la familia de su iglesia. Me brindaron una hospitalidad verdadera, cálida y bíblica, al igual que otros cristianos de muchos otros lugares. Los pastores en Corea se tomaron un día para llevarme de un lugar a otro, mostrarme su ciudad y ayudarme a entender su contexto. Una pareja recién casada en Australia me preparó una habitación para que pudiera quedarme allí. Los cristianos en China asumieron el riesgo de invitarme a tener compañerismo con ellos. Los hermanos en Ecuador y Brasil, Estados Unidos y Sudáfrica lo dejaron todo para ayudar, hacer conexiones y brindar apoyo. Muchos creyentes de muchos otros lugares me extendieron generosas ofertas de ayuda y hospitalidad que no pude aceptar por una cantidad de razones. 

Al final de cuentas, lo que más extraño por encima de todo son esas relaciones, esas conexiones. Hay algo tan precioso en este tipo de compañerismo cristiano. La doctrina de la unidad espiritual es buena y preciosa, pero en ocasiones puede parecer abstracta. Sin embargo, en estos viajes he podido experimentarla, ser testigo de la realidad de que todos los creyentes somos verdadera, real y efectivamente unidos por medio del Espíritu de Cristo. Por esa misma razón, he descubierto que es verdad que tengo más en común con un cristiano filipino que con un vecino canadiense. Tengo una profunda afinidad con un creyente zambiano a quien acabo de conocer que con un incrédulo canadiense a quien veo todos los días. Hay una unión inquebrantable entre nosotros creada y mantenida por el Espíritu Santo. Es hermosa, es preciosa, y este año, aprendí de una manera fresca que es verdad.