Los amigos tienen una parte importante en nuestra vida. Luego de papa, mamá y los hermanos, vienen nuestros amigos. Pero si estamos casados, luego de nuestro cónyuge e hijos aparecen nuestros amigos. Elegir los amigos es importante porque tiene consecuencias espirituales en nuestra vida y la de nuestro hogar.

Un amigo es alguien que piensa, ama, cree, desea, sueña, elige y hace. Por lo tanto, hay que prestar mucha atención al contenido de su pensamiento, la dirección de sus afectos, el fundamento de sus sueños y la inclinación de su voluntad. Aquello que reine en el corazón de nuestro amigo gobernará su vida. Y eso afectará su relación con nosotros.

Años  atrás conocí a un pastor, quien se transformó en un padre para mí con el paso del tiempo. Él me enseñó a escoger buenos amigos usando tres principios sencillos de la Palabra de Dios.

Elige tus amigos por su temor a Dios

Pablo aconsejó a Timoteo: “Huye, pues, de las pasiones juveniles y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que invocan al Señor con un corazón puro” (2 Timoteo 2:22, negritas añadidas). Este texto tiene una implicación directa para nuestras vidas. Primero tenemos que huir del pecado. Luego abrazar la piedad. Entonces, estaremos listos para asociarnos con aquellos que llevan vidas que honran a Dios.

Imaginemos que nos acercamos a una persona piadosa para pedir su amistad mientras nosotros llevamos vidas sucias. Lo más probable es que la persona rechace nuestra solicitud. Quizás nos diga: “De verdad me encantaría ser tu amigo. Pero hay cosas en tu vida de las que debes arrepentirte. ¿Cómo vamos a entablar una amistad si tu concepto de Dios, Cristo, la Biblia, la santidad, el pecado, el cielo y el infierno difieren a los míos? Recuerda lo que dice Amós 3:3”.

Teniendo eso en cuenta, podemos aconsejar a nuestros hijos o hermanos a rodearse de personas que teman a Dios. Pero, ¿cómo comprobamos eso? Porque esta gente “invoca al Señor con un corazón puro”. Sin hipocresía. Sin legalismo. Sin libertinaje. Es un hombre justo o una mujer justa (justificación) que anda en rectitud de vida (santificación).

Esta también era la norma de David. Él dijo: “Venid y oíd, todos los que a Dios teméis y contaré lo que Él ha hecho por mi alma” (Salmos 66:16, negritas añadidas). Un amigo es alguien a quién le abriríamos nuestro corazón. Alguien que tiene la llave para abrir los tesoros de nuestra vida. Él conocerá nuestras luchas, tristezas, fracasos y alegrías. Además de todo eso, le compartiremos nuestras experiencias espirituales más íntimas: lo que Dios “ha hecho por mi alma”.

Por lo tanto, David nos enseña a reservarnos ese derecho solo para el oído “que a Dios teme”. 

En el pensamiento puritano, temer a Dios significaba vivir ante Su presencia. Ir a donde queremos que Dios nos acompañe, mirar lo que Sus ojos santos aprueben, hablar lo que deseamos que Sus oídos escuchen y amar lo que Su corazón ama. ¡Qué bendición encontrar un amigo así! Cuando esa persona escuche lo que nos pasa nos amará con el amor de Cristo y nos aconsejará con la Palabra de Dios.

Elige tus amigos por el trato que le dan a la Escritura

El profeta Isaías dice: “Oíd la palabra del Señor, vosotros que tembláis ante su palabra: Vuestros hermanos que os aborrecen, que os excluyen por causa de mi nombre, han dicho: ‘Sea el SEÑOR glorificado, para que veamos vuestra alegría’”. (Isaías 66:5, negritas añadidas). Hoy en día a la Palabra de Dios la denigramos de dos maneras:

  • Predicándola fuera de contexto.
  • Practicándola de forma liviana.

Una persona que trata la Escritura de forma liviana en su vida privada, en sus finanzas, en su matrimonio, en su trabajo o en su iglesia, es una persona “rebelde” y “soberbia” en palabras del Antiguo Testamento, Su corazón no tiembla ante la Ley de Dios. La sabiduría de Dios no lo guía. El amor de Dios no lo conmueve. Alguien así, echa por tierra las palabras de la Biblia.

Sin embargo, la actitud de Dios para con Su Palabra es muy diferente: “Me postraré hacia tu santo templo, y daré gracias a tu nombre por tu misericordia y tu verdad; porque has engrandecido tu palabra conforme a todo tu nombre (Salmos 138:2, negritas añadidas). Por esta razón, buscamos para nosotros y los que nos rodean la misma actitud que tiene el Señor hacia la Escritura.

Necesitamos rodearnos de hombres y mujeres que crecen en amor a la Palabra según el camino del Salmo 119. Hombres y mujeres que sujetan sus lenguas según enseña Proverbios, enfocan sus afectos en Dios según enseña Salmos, abrazan la supremacía de Cristo según enseña Hebreos, aplican las leyes del Reino según enseña el sermón del monte. Esta clase de personas pueden tener acceso al lugar más sagrado de nuestro entorno: el hogar.

Elige tus amigos por el trato que te dan en la aflicción

Cuando llega la temporada de sufrimiento es como cuando comienza la temporada de caza: todos huyen para salvar sus vidas. Muchas personas en la Escritura experimentaron el abandono en medio del dolor. José  y David son un claro ejemplo de ello.

  • Nuestro Señor Jesucristo pasó por esto: “Fue despreciado y desechado de los hombres, varón de dolores y experimentado en aflicción; y como uno de quien los hombres esconden el rostro, fue despreciado, y no le estimamos” (Isaías 53:3). Camino a la cruz, el Señor fue abandonado por Sus discípulos y traicionado por Judas.
  • El apóstol Pablo también conoció este desgarrador sentimiento: “En mi primera defensa nadie estuvo a mi lado, sino que todos me abandonaron; que no se les tenga en cuenta” (2 Timoteo 4:16).

Los momentos de tribulación son críticos para conocer la calidad de nuestros amigos. La prueba puede resultar fallida y quizás nos encontramos con personas insensibles a nuestra condición. Eso le pasó a Job: “Mas vosotros sois forjadores de mentiras; todos vosotros sois médicos inútiles. ¡Quién diera que guardarais completo silencio y se convirtiera esto en vuestra sabiduría!” (Job 13:4-5).

Los propósitos de Dios en el dolor son misteriosos. El horno de aflicción purifica muchas cosas en nuestra vida. Entre ellas se encuentran las personas que nos rodeaban y que nosotros llamábamos “amigos”. Pero resultó ser que cuando pasamos por la prueba ellos nos abandonaron y desaprobaron nuestra amistad. Por lo tanto, aunque es triste decirlo, resultaron ser malos amigos.

Oración

“Oh Señor, Tú eres mi mejor amigo. Él único que me conoce mejor que nadie y me ama más que ninguno. En mis sufrimientos no me abandonaste y en Tu fidelidad sufriste en mi lugar.

Concédenos la dádiva de tener buenos amigos. Danos sabiduría para elegirlos. Enfoca nuestros corazones en Ti, Tu reino, Tu nombre y Tu voluntad. Que Tu gloria sea nuestra pasión y Tu Hijo nuestra delicia. Así podremos tener nuestras prioridades en orden a la hora de elegir nuestros amigos.

No nos dejes permitir que nadie se interponga en nuestra relación contigo. Que la Palabra de Dios tenga un lugar privilegiado en nuestro corazón y que en nuestra vida la criatura nunca reemplace al Creador. Amén”.