¿Cómo honrar a mi padrastro/madrastra?

Soy parte de lo que solemos llamar una familia mixta. Mis padres se divorciaron cuando era pequeña y luego se volvieron a casar. Por consiguiente, ahora tengo un padrastro y una madrastra. La verdad es que esas palabras no me gustan mucho. Tal vez sea porque en los cuentos para niños las madrastras se nos presentan como mujeres malvadas. A lo mejor la razón es porque he conocido historias reales que parecen pesadillas. Lo cierto es que, lamentablemente, en el mundo que hoy vivimos muchas familias encajan en este modelo. No es el diseño de Dios, no es lo que preferiríamos, pero existen. Entonces, una de las preguntas que pudiéramos hacernos es justo la que da título a este artículo. ¿Cómo honrar a mi padrastro/madrastra? 

Antes de avanzar me gustaría decir que, por la gracia de Dios, mi madrastra y mi padrastro son fáciles de honrar. ¿Qué quiero decir con eso? Que a lo largo de los años que han formado parte de mi vida, y son ya unos cuantos, me han mostrado amor y cuidado, como lo haría cualquier madre o padre. Por eso digo que son fáciles de honrar. ¿Perfectos? No, para nada. En el camino hemos vivido situaciones familiares complicadas. Sin embargo, eso no ha alterado el lazo que nos une. El amor ha prevalecido. 

Ahora bien, sé que no siempre es así. Sé que a veces, por muchos motivos, las relaciones son tensas, difíciles, y hasta dolorosas. No siempre se trata de alguien que nos ama y cuida, no siempre es alguien que nos recibe con brazos abiertos. Y, cuando somos niños, procesar todo esto se hace más complejo. Pero hoy quiero hablarte a ti, mujer ya adulta, joven o no tan joven, que estás en esta situación. ¿Cómo lo hacemos, cómo honramos a esta persona que es parte de nuestra familia, nos guste o no?  

Creo que debemos comenzar por lo básico, ¿qué significa honrar a una persona? La Real Academia lo define de manera sencilla: respetar a alguien. Cuando hablamos de honrar estamos hablando de mostrar respeto, dar honor.   

Un padrastro o una madrastra es alguien a quien debemos honrar por el simple hecho de que así se nos manda en la Escritura. Mira lo que nos dice Pedro en una de sus cartas: «Honrad a todos…» (1 Pedro 2:17). Todos es un absoluto. No hay excepciones ni condiciones. Si queremos mostrar obediencia al Señor con nuestra conducta, honrar a los demás figura en la lista.  

Más allá del respeto 

Por otro lado, nuestra obediencia no debe limitarse solo al respeto; implica mucho más. Ven conmigo a Romanos 13:9-10.  

«Porque esto: No cometerás adulterio, no mataras, no hurtaras, no codiciaras, y cualquier otro mandamiento, en estas palabras se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; por tanto, el amor es el cumplimiento de la ley.» 

Pablo estaba escribiendo a cristianos, así que también nos escribe a ti y a mí. ¿Te fijaste en el final del primer versículo? Amar a nuestro prójimo resume todo lo anterior. ¿Por qué? Porque el amor es la ausencia de todos esos males. El mismo Señor dijo que este mandamiento de amar a los demás como a nosotros mismos es el segundo más importante. Estamos llamadas a amar. Y a amar a todos, incluso a los difíciles, a los que nos rechazan, a los que no nos aman, a los que nos critican, ¡amar hasta aquellos que nos persiguen!  

Es muy posible que en nuestra mente lo tengamos bastante claro, pero no hemos logrado que esa idea se conecte con nuestro corazón. ¿Cómo hacerlo? Bueno, si estamos en Cristo, su Espíritu vive en nosotras y el fruto del Espíritu es… ¡amor! Por lo que no es misión imposible. Tenemos que empezar por pedirle al Señor que produzca su amor en nosotras, que nos enseñe y ayude a amar como Él lo hace. Eso puede implicar rendir el orgullo, dar el primer paso, escoger amabilidad en lugar de palabras cortantes y, sobre todo, mucha oración para que haya en nosotras la misma actitud humilde del Señor.  

Tú y yo no siempre somos fáciles de amar, ¿lo habías pensado? Tú y yo somos pecadoras, indignas del amor de Dios. Nuestros afectos son variables. Nuestras respuestas no siempre amorosas. Nuestros motivos no siempre puros. Y, no obstante, el Señor nos ama. Es su amor por nosotras lo que debe motivarnos a amar los demás. Y al amarlos, les honramos, porque no es posible amar de veras y al mismo tiempo no mostrar respecto y honor.   

Recordemos que el mismo Señor Jesús nos dijo que no hay mérito alguno en amar a los que nos aman. Eso es fácil. El asunto es amar cuando no queremos, honrar cuando preferiríamos ignorar.  

No sé cuál sea tu situación e indudablemente este espacio es muy corto para considerar todos los casos, pero la Palabra de Dios, nuestra guía de fe y práctica, es clara. Aunque no lleven el título de padre o madre sino uno con unas cuantas letras más, debemos honrarlos y amarlos. Al hacerlo, también estaremos honrando a Cristo.