¿Cómo lo hace ella?

Esta es la pregunta que a menudo nos hacemos cuando vemos a alguien haciendo algo fuera de nuestro alcance o nuestra capacidad. Recuerdo haber visto a una madre con varios hijos ofrecerse voluntaria, servir, preparar comidas (para su familia y para otros), mientras que yo cargaba a mi recién nacido todo el día y no sabía cómo mantener la casa limpia o poner una comida ligera en la mesa. 

Imagina mi sorpresa cuando diez años después me encontré a mí misma en una situación (no muy distinta a la de aquella madre que yo había observado todos esos años atrás) cuando una madre primeriza me dijo: “¡No sé cómo lo haces! Yo tengo tan solo uno y apenas me las puedo arreglar”. ¿Cuándo fue que yo me convertí en esa mamá mayor? Había sucedido tan lentamente. Día tras día, semana tras semana, año tras año. 

Dios fue lentamente añadiendo peso a mi carga. A veces era perceptible pero la mayoría de las veces era imperceptible. Le dije a la joven madre; “todo esto no se produjo en mí de un momento a otro”. Dios me hizo crecer y continúa haciéndome crecer junto con mis hijos y mis responsabilidades. 

Agotada pero llena

Ahora miro a mujeres que están mucho más adelante en el camino que yo, mujeres que están listas para cuidar a sus nietos en un par de segundos (¡y con alegría!), quienes pueden improvisar una comida para veinte, treinta o más personas en muy poco tiempo, mujeres que están escribiendo planes de estudio y viajando al extranjero, quienes están organizando graduaciones, bodas y baby showers mientras se encargan del cuidado a tiempo completo de sus propios padres ancianos, quienes sirven y sirven y sirven en la iglesia local, y yo aún me pregunto; “¿Cómo lo hacen ellas?” El manantial que sale de ellas a borbotones parece nunca parar, ¡aún así parecen estar siempre llenas! 

“Él nos toma a nosotras, mujeres  normales, con nada extraordinario, a veces dañadas y Él trabaja en nosotras”. 

Tengo el mismo sentimiento de asombro que tenía cuando a penas podía salir de la puerta de mi casa con mi recién nacido y no podía entender como la mamá con varios hijos conseguía tenerlos a todos vestidos, presentables y alegres. 

Sin embargo, ¿no es esa la belleza de Dios trabajando en nuestras vidas?  Él nos toma a nosotras, mujeres  normales, con nada extraordinario, a veces dañadas y Él trabaja en nosotras. Él nos da algo que cargar, no todo. Él da leche cuando la leche es necesaria, luego nos cambia a sólidos justo en el momento preciso. Sin embargo, aún con su ritmo paciente, muchas veces escupimos la comida verdadera y la cambiamos por la envasada (1 Corintios 3:2). 

Él toma a una típica mujer cristiana, simplemente andando a tientas a lo largo de temporadas que abarcan décadas, y poquito a poquito Él la transforma en algo completamente atípico. Él la transforma “de gloria en gloria” (2 Corintios 3:18). Ella apenas nota los cambios en sí misma porque está tan sumergida en el hábito de mirar a Cristo en vez de a ella. 

El veneno de la comparación

Muchos de nuestros esfuerzos para hacer discípulos fracasan porque no conocemos a las personas lo suficiente para medir la carga que Dios les preparó para soportar en ese momento de su vida. ¿Cómo podemos amonestar a los indisciplinados, animar a los desalentados, sostener a los débiles” cuando no sabemos quién es quién (1 Tesalonicenses 5:14)? 

Miramos a la joven madre con su recién nacido y la comparamos con la madre experimentada. Pensamos que las responsabilidades de la madre joven son más pequeñas, por lo tanto, ella debería ser capaz de hacer más.  Olvidamos que sus capacidades también pueden ser más pequeñas, debido a que ella está en las etapas iniciales de su crecimiento en la maternidad. Olvidamos que las madres son hijas también, hijas de Dios. Y Él nos hace crecer como madres a vez que crecen los hijos que nos dió. 

“Dios nos da a cada uno algo que cargar, no todo.” 

Por supuesto, esta verdad aplica a todos, no solo a las madres. Dios está haciendo crecer a todos sus hijos. Si tú recién comenzaste un negocio, deberías esperar que tus capacidad para trabajar y tu productividad sean menores y menos eficientes que las de una persona que ha estado incrementando sus responsabilidades continuamente durante veinte años. Si tu eres un pastor joven, deberías esperar que tu habilidad de capacitar a los santos y de llevar cargas y de defender a las ovejas de los lobos no serán las mismas que las del hombre que ha estado sirviendo toda su vida. Pero Dios no te dejará donde estas ahora. Él sabe exactamente cómo llevarte del punto A al punto B, de la inmadurez a la madurez , de una agotadora caminata por el barrio a una correr una maratón completa (Efesios 4:11-14). 

Una cosa importante que podemos hacer mientras caminamos junto a aquellos que son espiritualmente más jóvenes que nosotros; que anhelan crecer, pero que tienen menores capacidades para el servicio; es animarlos en vez de avergonzarlos. Aplauda los buenos esfuerzos. Anímalos, n0 los menosprecies. Fortalécelos, pero no los agotes. Hazlos crecer, pero no los exasperes. Y ya sean nuestros años en la tierra muchos o pocos, seguimos dando ejemplo con nuestras vidas (1 Timoteo 4:12). 

No desprecies los pequeños comienzos

Recuerdo lo mucho que se cansaban mis brazos cuando pusieron a nuestro primer hijo en ellos. No tenía resistencia, no tenía práctica cargando bebés por largos periodos de tiempo. Mis músculos se han fortalecido desde entonces. Puedo cargar a nuestro hijo menor, un niño de 5 años, mucho más de lo que cualquier hombre adulto esto debido al incremento gradual del peso a través de los años 

“Dios está en el negocio de hacerte crecer a ti y a tus capacidades: para trabajar, para gozo, para otros, para Él.” 

Así que, cualquiera sea tu situación, recuerda que Dios está en el negocio de hacerte crecer a ti y a tus capacidades: para trabajar, para gozo, para otros, para Él. Él está trabajando en ti, dándote brazos y piernas fuertes. Él sabe cómo enseñarnos a fortalecer nuestras rodillas que flaquean  y levantar nuestras manos débiles (Hebreos 12:12). Él sabe cómo hacer que la gracia abunde (2 Corintios 9:8). Dios sabe cómo hacerte crecer en Él. 

Puede parecer imperceptible, pero después, veinte o treinta años después miraremos atrás y estaremos asombrados y agradecidos de lo mucho que el Señor nos ha hecho crecer.