¿Cómo lucho contra mis temores sobre el coronavirus?
John Piper Responde

 
 
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Bienvenidos a este episodio especial del podcast John Piper Responde. Parece correcto tratar algunos aspectos de la actual pandemia del coronavirus en este momento.

Bueno, Pastor John, como sabes, hay una abrumadora sensación de temor en este momento. Y lo estamos viendo en muchos de los correos electrónicos que llegan de los oyentes en los Estados Unidos. Los titulares son inquietantes: la economía está cayendo mil puntos por día, según parece. El mercado de consumo se ha congelado en gran medida. Las aerolíneas están disminuyendo la velocidad y podrían detenerse pronto. Y con el paro ha llegado la pérdida de ingresos e incluso de empleos. Estamos escuchando ahora a los socios del ministerio, nuestros donantes, que se enfrentan a nuevas luchas en el mercado, enfrentando estos cierres, la incapacidad de trabajar con normalidad e incluso la dura realidad de tener que despedir empleados que no pueden poner a trabajar.

Mientras tanto, en la televisión, los políticos están dando conferencias de prensa en vivo todo el día con las últimas noticias, con estadísticas de infecciones, y para convencer a la gente de que se quede en casa. Los brotes del virus continúan aumentando en Italia, España, Alemania, pero también se han acercado mucho más a casa en estados como Nueva York y Nueva Jersey. Todos los estados de América tienen casos ahora, y nuestros hospitales están empezando a sentir el aumento. Los ciudadanos mayores saben que están en la mira de esto. Y el virus está causando una falla pulmonar en un grupo demográfico más joven de lo que se esperaba. Los ancianos están estresados. Los adultos de todas las edades están estresados. Los niños están estresados. Los padres están estresados. Los dueños de negocios están estresados. Los padres que proveen para sus familias están estresados. Pocos de nosotros sabemos si este virus nos infectará personalmente. Pero sus efectos ya nos han impactado a todos. Y ahora nos dicen que todo esto podría durar meses.

Entonces, a los muchos oyentes que están luchando por la fe ahora mismo, y luchando contra el miedo ahora mismo —físico o financiero— ¿qué les dirías, Pastor John?

Paz inquebrantable

Cuando pienso en la preciosa experiencia de estar libre del temor, libre de la ansiedad, lleno de paz, lleno de satisfacción ante el peligro, mi pregunta es esta: ¿Quién puede tener una libertad garantizada, bien fundada, justificable, dada y sostenida por Dios, libre de temor y libre de ansiedad y una paz inquebrantable y una satisfacción dulce y duradera? ¿Quién puede hacer suyos estos tesoros? Está claro en la Palabra de Dios que Él manda y ofrece una vida sin miedo y en paz.

El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre (Hebreos 13:6).

Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús (Filipenses 4:6-7).

No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación [con o sin coronavirus] (Filipenses 4:11).

Sin miedo, sin ansiedad, paz sobrenatural, satisfacción sobrenatural en cada circunstancia, ya sea horrible o feliz: eso es lo que Dios ofrece. Y la pregunta es, ¿a quién se le da una experiencia sobrenatural tan asombrosa de valentía y paz?

Arraigado en la realidad

En otras palabras, en una pandemia o sin una pandemia, no me interesa una experiencia psicológica de valentía y satisfacción que no se base en la realidad. El objetivo de nuestras vidas no es tener un estado mental psicológico que sea agradable sin referencia a la realidad. El objetivo es tener para nosotros mismos, y para los demás a través de nosotros, estados psicológicos, espirituales y físicos de felicidad que se basan en la realidad, que consideran a nuestro Creador como el Dios grande que es, y que todo eso sea verdad en un millón de años. Ese es el único tipo de valentía y satisfacción que me importa.

Así que, el tipo de valentía que se ve en las películas, donde los héroes engreídos mantienen la calma en situaciones peligrosas y hacen alarde de su audacia, no me interesa en absoluto. Ninguno—porque no están basados en la realidad.

  • Dios es real.
  • El pecado es real.
  • El infierno es real.
  • Jesucristo es real.
  • La sangre que derramó en la cruz es real.
  • El Espíritu Santo es real.
  • La fe y la ausencia de fe son reales.
  • El cielo es real.
  • El alma humana que existirá para siempre en el cielo o en el infierno es real.

Esas son las grandes realidades del universo, y ninguna valentía que se ve en las películas se basa en ellas. Por lo tanto, no tiene valor como algo que admirar o a lo que aspirar.

El miedo descubre nuestros cimientos

Lo que Dios está haciendo con el coronavirus —entre un millón de otras cosas— es que nos está forzando a que consideremos la realidad. Y una de las pruebas de fuego de si tu vida está basada en la realidad de los pilares de Dios o en el espejismo que sostiene el templo cultural del secularismo, es el miedo. El miedo prueba los fundamentos de tu vida. Oh, qué precioso regalo nos está dando Dios para descubrir, mientras aún tenemos tiempo, que los pilares que sostienen nuestra paz son huecos y están hechos de papel. Eso es un regalo.

Ya que me preguntaste sobre el miedo, no quiero solamente decir: “¡No teman! ¡No teman! ¡No teman!”. Me queda claro que las personas que escuchan esto deberían temer si los pilares de su vida están construidos con papel. Sus vidas no están basadas en la realidad. No lo sé. Me gustaría ayudar a que no fuera así.

Hay razones gloriosas, sólidas como una roca, indestructibles, garantías y fundamentos para no tener miedo de lo que el coronavirus puede hacer a tu salud o a tu negocio o a tu familia o a la economía o a la civilización occidental o a la historia tal y como la conocemos. Hay fundamentos basados en la realidad para no temer nada de esto.

Así que mi pregunta es: ¿Quién es el que puede tener garantizada, bien fundada, justificada, dada y sostenida por Dios la libertad del miedo y la inquebrantable, dulce y duradera satisfacción? Y la respuesta se da en un versículo de la carta a los Romanos — una de las promesas más arrolladoras, abarcadoras, estabilizadoras, preciosas y conocidas de la Biblia:

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28).

¿Quién es el que debe disfrutar de la valentía y la paz sabiendo que absolutamente todo lo que rodea a este coronavirus está trabajando para su bien eterno? Y la respuesta es esta: aquellos que aman a Dios y aquellos que son llamados de acuerdo a Su propósito.

Aquí está una de las diez mil cosas que Dios está haciendo a través de este horrible virus. Le está diciendo al mundo, nos está diciendo a nosotros, lo que le dijo a Pedro en Juan 21:16: “¿Me amas?”. Eso es lo que está diciendo. Y Jesús lo dejó más claro en Mateo 10:37: “¿Me amas más que a nada? ¿Más que a estos? ¿Más que a tu madre o padre, hijo o hija?”.

Y segundo, está diciendo lo que dijo a través de Pedro en 2 Pedro 1:10: “Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección”. El coronavirus es una pregunta de alerta para el mundo, especialmente para los cristianos: ¿es tu vida una confirmación de que Dios te ha llamado de la oscuridad a Su maravillosa luz? Estas son las personas —los que aman a Dios y han sido llamados por Dios— que tienen una orden, un terreno, una base en la realidad para no tener miedo, sino para ser sostenidos por una paz inquebrantable.

Lo que ningún virus puede quitar

Creo que todas las personas que están en aislamiento deberían memorizar Romanos 8. Lo hago como sugerencia: es lo mejor que puedes hacer con tu tiempo. Romanos 8 da mayores fundamentos para esta valentía que cualquier otra cosa en el mundo—que cualquier otra cosa que el mundo pueda ofrecer. Mencionaré cuatro:

  1. Para los llamados que aman a Dios en Jesucristo, toda la justa condenación de Dios hacia ti fue puesta sobre Jesús, y ahora no hay condenación —no hay castigo— para aquellos que están en Cristo: “Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Romanos 8:3). La condenación para los que están en Cristo ha terminado. Sucedió en el Calvario. Eso es maravilloso.
  2. La voluntad de Dios de sacrificar a Su Único Hijo por los llamados que le aman significa que no sólo murió en su lugar, sino que no les negará nada para su bien eterno: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:32). Así, todo lo que necesitamos para glorificar a Dios y tener gozo eterno, lo garantiza Cristo mismo en la cruz para nosotros durante el tiempo del coronavirus.
  3. Nadie que sea llamado por Dios dejará de alcanzar la gloria eterna. Hay una cadena de oro inquebrantable de compromiso de pacto que Dios cumplirá a Sus llamados para siempre: “Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Romanos 8:30). Ninguno de los llamados se pierde—nunca.
  4. Finalmente, aquí se resume esta gran verdad: ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni la hambruna, ni la desnudez, ni el peligro, ni la espada, ni el coronavirus, ni el colapso económico, ni la anarquía total, ni el fin del mundo pueden separarnos del amor de Cristo. Y eso incluye la muerte —especialmente la muerte— porque Romanos 8:36 dice, “Por causa de ti somos muertos todo el tiempo”.

No importa si nos matan los coronavirus o las turbas anticristianas. Nada puede “separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús” (Romanos 8:39). “Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Romanos 8:37). Por lo tanto, cristiano —por lo tanto, cristiano— amante de Dios, llamado de las tinieblas a Su luz admirable, levanta tu cabeza, pon una canción en tu boca, ama a tu prójimo, y no tengas miedo.