Todos nosotros conocemos a alguien que está expuesto al evangelio, o estamos orando hace tiempo por una persona. Quizás, el Señor nos envió a una ciudad sin el evangelio, para que llevemos el mensaje de salvación a los perdidos.

En casos similares ¿Cómo sabemos que Dios está obrando para salvación en un alma?

Primero, recuerda el estado caído del ser humano

Todos somos pecadores. Estamos bajo la esclavitud del pecado. Nuestro corazones son duros como «diamante» (Zac 7:12) y fríos como «piedra» (Ez 36:26). Estamos muertos en pecado: “Y Él os dio vida a vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y pecados,” (Ef 2:1). Insensibles ante una relación con Dios, vivimos extraños a la belleza de Su Hijo y somos enemigos lo santo. Todos necesitamos este obrar divino en nuestras vidas.

Segundo, recuerda la religiosidad del ser humano

 Muchas veces hacemos una pobre imitación de la obra salvadora del Espíritu Santo. Los fariseos en tiempos de Jesús son ejemplo de esto. Ellos daban «limosna… en las sinagogas y en las calles» (Mt 6:2), les gustaba «ponerse en pie y orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles» (v. 5) y descuidaban «sus rostros para mostrar a los hombres que [estaban] ayunando.» (v. 16).

¡Ofrenda, ayuno y oración! Los ingredientes perfectos para condenar a una persona desprovista de gracia salvadora de Dios.

 Tercero, recuerda la obra de la gracia de Dios en la conversión

 Es posible que una persona experimente los efectos de la gracia de Dios y nunca llegue a la verdadera conversión:

Porque en el caso de los que fueron una vez iluminados, que probaron del don celestial y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, que gustaron la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, pero después cayeron, es imposible renovarlos otra vez para arrepentimiento, puesto que de nuevo crucifican para sí mismos al Hijo de Dios y le exponen a la ignominia pública.” (Heb 6:4-6)

Sin embargo, la Escritura nos enseña marcas inconfundibles que revelan el obrar salvador de Dios sobre un alma:

  • La persona comienza a temblar ante Dios, porque contempla como nunca antes Su santidad: Entonces dije: ¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque han visto mis ojos al Rey, el SEÑOR de los ejé” (Is 6:5).
  • La persona comienza a llenarse de terror y desesperanza, porque sabe que va camino al infierno. Eso fue lo que escribió J. Bunyan en El Progreso del peregrino:

“En mi sueño vi a un hombre de pie, vestido de harapos y de espalda a su casa; tenía un libro en las manos y una pesada carga sobre los hombros. Vi que abría el libro y lo leía; y mientras leía lloraba y temblaba (Sal 38:4; Is 64:6; Lc 14:33; Heb 2:2-3) y, sin poder contenerse, clamó con desesperación, diciendo:

—¿Qué debo hacer? (Hch 2:37).

En este estado lamentoso, regresó a su casa procurando ocultar su congoja para que su esposa y sus hijos no la notaran. Pero no pudo guardar silencio por mucho tiempo, porque su sufrimiento empeoraba. Al fin dijo:

—Ay mi querida esposa, y ustedes, hijos de mi corazón, estoy afligido a causa de una carga que me abruma. Además, sé de buena fe que esta nuestra ciudad será quemada con fuego del cielo. Todos moriremos en ella si no hallamos algún modo de escapar (qué todavía no percibo).”

  • La persona comienza a ver la fealdad de su pecado y a odiarlo: Porque yo reconozco mis transgresiones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos, de manera que eres justo cuando hablas, y sin reproche cuando juzgas. He aquí, yo nací en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre.” (Sal 51:3-5).
  • La persona comienza a creer que la Escritura es la Palabra de Dios. Verdad infalible y suficiente. La acepta como revelación del único Dios Verdadero. Recibe su mensaje salvador, cree sus promesas y teme sus amenazas: Por esto también nosotros sin cesar damos gracias a Dios de que cuando recibisteis la palabra de Dios, que oísteis de nosotros la aceptasteis no como la palabra de hombres, sino como lo que realmente es, la palabra de Dios, la cual también hace su obra en vosotros los que creé” (1 Tes 2:13).
  • La persona comienza a despojarse de los ídolos de su corazón y abraza a Dios como verdadero Dios, Sumo Bien y Señor de su vida: Pues ellos mismos cuentan acerca de nosotros, de la acogida que tuvimos por parte de vosotros, y de cómo os convertisteis de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdadero,” (1 Tes 1:9).
  • La persona comienza a tener ojos espirituales para apreciar las excelencias de Cristo. Es decir, la belleza de Su persona y la suficiencia de Su obra redentora. Despojándose de su justicia y abandonando los méritos propios, saborea la gloria de Cristo. El apóstol Pablo describe esto:

Y si todavía nuestro evangelio está velado, para los que se pierden está velado, en los cuales el dios de este mundo ha cegado el entendimiento de los incrédulos, para que no vean el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús. Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo.” (2Cor 4:3-6)

Cuarto, recuerda la historia

Como dice P. Washer: “la sabiduría no nació con nosotros ni morirá con nosotros”. Entonces ¿cómo ha discernido la iglesia la obra salvadora de Dios en un alma? A mi me gusta mucho recurrir una y otra vez a las confesiones de Westminster. Por ejemplo, sobre la verdadera fe salvadora dice:

«Mediante esta fe el cristiano cree que es verdadero todo lo que está revelado en la Palabra, por la autoridad de Dios mismo que habla en ella; y actúa en forma diferente según lo que contiene cada pasaje en particular, produciendo obediencia a sus mandamientos, temblor ante sus amenazas, aceptación de las promesas de Dios para esta vida y para la venidera. Pero los principales actos de la fe salvadora son: aceptar, recibir, y descansar solamente en Cristo para la justificación, santificación y vida eterna, en virtud del pacto de gracia.» (Cap. 14, art. 2).

La fe verdadera abraza la sola suficiencia de la Escritura y se aferra a la sola suficiencia de Cristo como Salvador.

Otra sección habla del arrepentimiento para vida eterna, y dice:

«Mediante este arrepentimiento, un pecador, movido no sólo por la visión y sentimiento del peligro, sino también por la inmundicia y odiosidad de sus pecados —ya que son contrarios a la naturaleza santa y justa de la ley de Dios— y al comprender la misericordia de Dios en Cristo para con los arrepentidos, se entristece a causa de sus pecados y los aborrece de tal modo que renuncia a todos ellos y se vuelve hacia Dios, proponiéndose y procurando caminar con Él en todos los caminos de sus mandamientos.» (Cap. 15, art. 2).

Esta porción se ha resumido de la siguiente manera: Primero el alma necesita un obrar de gracia (Hch 5:30), eso generará verdadera convicción de pecado (Hch 2:37-38) y comprensión de la misericordia de Dios (Is 55:7). Por causa de esto, se volverá de su pecado (Ez 18:30) a Dios (Sal 119:59). Como resultado comenzará a producir frutos de arrepentimiento (Hch 26:20).

Aunque sean pequeñas como un retoño, debes ver señales similares a estas para identificar el obrar de Dios en un alma.

Estos dos características históricas resumen la predicación de Jesús: “arrepentíos y creed en el evangelio” (Mr 1:15).

 Quinto, recuerda lo elemental

Nadie puede comprender el obrar de Dios un el alma. No queremos encapsular a Dios. Jesus dijo: El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.” (Jn 3:8).

Con todo, hay dos elementos básicos que no pueden faltar en la vida de una persona para que sea salvada por Dios:

  • La obra del Espíritu Santo: Entonces Él me dijo: Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: «Así dice el Señor D IOS: Ven de los cuatro vientos, oh espíritu, y sopla sobre estos muertos, y vivirán” ». Y profeticé como Él me había ordenado, y el espíritu entró en ellos, y vivieron y se pusieron en pie, un enorme e inmenso ejé” (Ez 37:9-10).
  • La obra de la Palabra de Dios: Así que la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo.” (Rom 10:17).

 Querido lector, desconoces el estado de tu alma, examina tu alma en oración a la luz de Su Palabra. Pero si eres cristiano, procura llevar el evangelio de Dios a tu familia, tus amigos y tu ciudad ¡por que sólo en él hay poder de Dios para salvación!