Lo que a principios de año parecía no tan amenazante para nosotros en el mundo occidental (siendo una epidemia exclusivamente de China), hoy día es una pandemia global y una amenaza mundial. La enfermedad COVID-19 ha sometido al mundo globalizado: las bolsas de valores se desploman, el precio del petróleo cae, la economía de cientos de países está en vilo, y lo peor de todo: miles de muertos, especialmente en el segmento de adultos mayores.

Ciertamente hemos visto pandemias en el pasado. Algunas de estas han dejado grandes secuelas, otras han pasado desapercibidas. Pero el COVID-19 tiene algo especial que las demás no habían tenido: Ha diezmado a la sociedad moderna, ha obligado a cerrar aeropuertos, fronteras y, literalmente, ha obligado a que la sociedad dinámica y libre (o libertaria) de esta época tenga que encarcelarse en sus hogares. Todo esto porque vivimos en un mundo cada vez más globalizado.

“También sé que todo lo que Dios hace es definitivo. No se le puede agregar ni quitar nada. El propósito de Dios es que el ser humano le tema.  Los sucesos del presente ya ocurrieron en el pasado, y lo que sucederá en el futuro ya ocurrió antes, porque Dios hace que las mismas cosas se repitan una y otra vez”. (Eclesiastés 3:14-15, NTV).

En ese texto, es evidente que el autor del libro de Eclesiastés, nos está diciendo que Dios usa este tipo de situaciones para que le temamos y nos volteemos a mirar su rostro. No hay nada nuevo bajo el sol. Las epidemias y pandemias son un ejemplo de ello. Las pandemias le muestran al hombre que Dios es Dios y que el hombre es solo una criatura.

No es la primera vez que ocurre una pandemia

Debemos recordar que en el pasado, el hombre lidió con pandemias destructoras.

La peste bubónica fue la pandemia más terrible que ha experimentado la humanidad. Tuvo tres grandes brotes, siendo el del siglo XIV (llamada la peste negra) el peor de los tres. Se estima que durante este brote, un tercio de la humanidad fue arrasado y en Europa se cobró la vida del 50% de la población (durante un periodo de ocho años).

Luego tenemos la viruela, causada por un virus, que fue terrible en el siglo XVIII. Debido a su mortalidad, llevó a que el hombre se embarcara en la empresa de desarrollar la primera vacuna. Se calcula que ha matado a más de 300 millones de personas.

Por último, el sarampión, el cual data de más de 3000 años atrás. Aunque se ha controlado eficazmente en la actualidad, deja un saldo aproximado de 200 millones de personas fallecidas.

Entonces, ¿son las pandemias algo nuevo? En lo absoluto. ¿Es esta la más mortífera y letal? Tampoco.

Parte de lo llamativo de esta pandemia es que ha detenido la vida de los países; no por ser tan mortífera, sino porque compromete los sistemas de salud de los países. Al ser un virus altamente contagioso, que aparentemente muta, y que tiene en vilo a la comunidad científica, no hay mejor solución que aislar a las personas.

Vivimos en un mundo conectado, global, el cual nos ha vendido el sueño de que los problemas de la humanidad están bajo control, control del estado, control de las corporaciones, control de los poderes. Pero nosotros como cristianos sabemos que no tienen nada bajo control.

Solo nuestro Dios soberano controla todas las cosas. Él es Señor aún de los virus y las pandemias. Y Él, de un vistazo nos muestra que el hombre es frágil. Estamos viendo con nuestros propios ojos la fragilidad del ser humano: un minúsculo elemento que ni siquiera es considerado ser vivo (el virus) ha puesto en jaque a la civilización del siglo XXI. Nada cambia.

Al mismo tiempo, vemos a una iglesia con un enorme reto. Debido a las restricciones de movimiento de personas y debido a las cuarentenas, en este momento casi todas las iglesias en gran parte del mundo no pueden congregarse presencialmente.

Estamos viviendo historia. Este domingo será un domingo histórico para la Iglesia. La mayoría se reunirá en familia, adorará al Señor en su privacidad. Otros mirarán un servicio vía internet. Pero de lo que estamos seguros, es que la Iglesia de Cristo nunca dejará de adorarle. El día del Señor, el día en que Él venció la muerte es nuestra única esperanza y nuestro motivo de adoración.

Lo que tenemos que hacer como iglesia aislada (pero conectada por la tecnología) es aferrarnos a las promesas de que el Señor estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. A la vez, los líderes necesitan mucha sabiduría. Sabiduría para llevar el mensaje que sus ovejas necesitan. Sabiduría para fortalecer la fe de su grey. Sabiduría para mantener operando administrativamente la iglesia. Son varios retos a la vez.

¿Qué podemos esperar en el mundo a corto y mediano plazo?

De aquí en adelante muchas cosas pueden cambiar. Seguramente la globalización se verá afectada. La identidad cultural de cada país, delineada por cada frontera, se ha hecho evidente.

Entidades multinacionales como la Unión Europea podrían terminar acabándose a largo plazo. El hecho de que Italia esté recibiendo mayor ayuda sanitaria de China que de sus vecinos europeos, es un mal síntoma de la “solidaridad” y la “unión” europea. El nacionalismo podría aumentar.

El homeschooling podría convertirse en algo más común. Muchos padres se darán cuenta de que es posible impartir clases desde casa. El trabajo desde la casa será una posibilidad real para muchos profesionales; y es que acarrea múltiples ventajas.

La economía se verá afectada y la gran mayoría de nosotros probablemente sea más pobre. Múltiples aerolíneas quebrarán, los viajes se reemplazarán por gestiones online, los valores de las acciones tardarán en recuperarse, veremos despidos masivos, quiebras de empresas, deudas impagables.

La vida social, ¿será diferente? En las malas situaciones, del corazón del hombre aflora lo que no imaginamos. En las pruebas, la gente se da cuenta de qué es capaz, y nos damos cuenta quiénes son valiosos y quiénes no. Seguramente muchas personas serán más selectivas al elegir sus círculos cercanos de amigos y familiares. Proverbios 17:17 En todo tiempo ama el amigo, Y es como un hermano en tiempo de angustia”.

Todos los puntos anteriores son meras especulaciones, pero algo es seguro: el mundo no será igual que antes. Algunas cosas volverán a la normalidad en semanas o meses, mientras que otras no. El mundo cambiará mientras no exista vacuna (y se estima que no habrá una sino hasta dentro de dieciocho meses).

Todo esto, a grandes rasgos, es probable que ocurra. Sin embargo, para el creyente, para el hijo de Dios, las cosas deben ser diferentes…

¿Qué debemos esperar de la iglesia?

Por ahora, la respuesta es reuniones de culto virtuales, sesiones de enseñanza vía streaming, reuniones de grupos pequeños online. Ante los retos del aislamiento preventivo, la iglesia está aprovechando la tecnología de las comunicaciones para fortalecerse y para mantener cerca a la grey. Pero, ¿qué pasaría si esta tecnología dejara de estar disponible para nosotros en el futuro? ¿Regresaríamos al cristianismo primitivo de reuniones secretas en casas, durante la noche? Por ahora, la respuesta a estas preguntas solo las conoce nuestro Dios.

A largo plazo, y una vez superada la crisis, los líderes y pastores deberán enfatizar la importancia de la vida comunitaria de iglesia, la importancia de congregarse, la importancia de edificarse mutuamente. Los hábitos sociales pueden cambiar, pero la esperanza y la esencia del cristiano, no.

Para el temor y angustia de este tiempo, no hay otra respuesta que Cristo. Solo nuestra fe en Jesucristo y una relación íntima y fuerte con Él nos mantendrá firmes, porque solo Dios es fiel, solo Dios en inmutable, solo Dios es Todopoderoso, solo Dios conoce su plan para el hombre desde el comienzo hasta el final.

Estamos viviendo tiempos difíciles, pero confiamos y descansamos en Aquél que ha planeado todos los tiempos. A Él sea la gloria por siempre. Amén.