Hay pocas cosas por las que oro con mayor frecuencia o intensidad que por la salvación de mis hijos. Anhelo que sean salvos, y anhelo poder llamarlos no sólo mis hijos, sino también mis hermanos y mis hermanas. Anhelo que profesen la fe y que esas confesiones se evidencien auténticas.  

No sólo oro por ello y lo anhelo. Yo lo creo. Creo que Dios los salvará. Creo que los salvará porque eso es lo que Él hace, Él salva. Creo que los salvará porque Él es un Dios que ama salvar. Creo que los salvará porque desde su infancia han sido expuestos una y otra vez al poderoso evangelio de la gracia, y ese evangelio es demasiado bueno y demasiado poderoso como para no hacer nada.  

Yo lo creo, pero a veces me encuentro tratando de hacerlo en mis propias fuerzas. A veces me alejo del evangelio de la gracia inmerecida de Dios y empiezo a confiar en las obras, no las de ellos, sino en las mías. A veces intento llevar mis obras ante el Señor, añadiendo un poco de mi mérito en la cuenta de ellos. 

A veces me doy cuenta que puedo estar poniendo mi confianza en la formación adecuada de una cosmovisión del mundo, creyendo que si sólo puedo hacer que piensen correctamente, se volverán a Cristo. O me me doy cuenta que estoy confiando en la formación bíblica, convencido de que si sólo consigo que conozcan suficiente información bíblica, creerán en el Dios de la Biblia. Y por un tiempo puedo sentirme confiado, al menos hasta que recuerdo a todos los niños con los que crecí y que conocían su Biblia, su catecismo, y que tenían una cosmovisión adecuada, sin embargo, lo desecharon todo en el momento en que salieron del techo de sus padres. O hasta que conozco a otros niños que parecen mucho más avanzados en la fe que los míos. Entonces, al comparar lo que los otros padres han logrado, en desesperación tengo que admitir que he construido una estructura muy inestable si ellos son el estándar. 

En esos momentos tengo que recordarme a mí mismo que debo tener cuidado con lo que deseo. Tengo que tener cuidado con lo que anhelo, o con lo que espero. Puedo ir ante el Señor y justificar todas las cosas que he hecho bien para mis hijos, pero si lo hago, también tengo que ir ante Él para admitir todas las cosas que he hecho mal. Y Él, mejor que nadie, sabe cuántas cosas he hecho mal. ¿Realmente quiero llevar estas consideraciones ante Él? Los cálculos son simples: Si todas las cosas buenas que hago cuentan para su salvación, entonces todas las cosas malas deben contar para su perdición. Y si ese es el caso, yo, de todos los padres, soy el más digno de lástima. 

Entonces, en vez de hacer eso, lo que hago es que confío las almas de mis hijos a Dios. Pongo mi confianza en Él, en su carácter y en su Palabra. Esto es un acto de la voluntad, tengo que esforzarme por creerlo, y aumentar mi fe para mantenerme firme. Y luego, de manera confiada, hago lo que es correcto para mis hijos a la vez que Dios abre mis ojos para ver que sus caminos son mejores que los míos: les enseño la Biblia, les ayudo a construir una cosmovisión cristiana, les cuento todo sobre Jesús, y los involucro en una comunidad cristiana. Principalmente los amo de una manera que refleje el amor de Dios por mí. No hago todo esto para acumular beneficios, sino porque son los medios que Dios usa para salvar a su pueblo, para exponerlos como pecadores y para revelar al Salvador. 

Hago lo que es correcto delante de Dios y confío en Su gracia, no alegando mi propio mérito, sino el mérito de Cristo, no confiando en mis propias obras, sino en la obra de Cristo. Y oro, oro que el Dios que bondadosamente extendió Su favor a alguien tan indigno como yo, lo extienda también a mis hijos quienes no lo merecen.