Cuando el enojo provoca enojo

[dropcap]E[/dropcap]s el momento del año cuando mi plan de lectura de la Biblia me lleva por el libro de Proverbios. Hay algo casi absurdo en leer este libro a un ritmo de tres capítulos diarios. Es como masticar rápidamente una bolsa entera de caramelos en lugar de saborear cada uno lentamente. No obstante, la lectura de los proverbios en grandes tramos realmente facilita la identificación de sus temas. Tal como podemos pasar por alto el bosque a causa de los árboles, podemos pasar por alto los temas a causa de las máximas. Pero aquello que podría resultar difícil ver a un ritmo meditativo, logra sobresalir cuando se lee rápido.

Al avanzar a través de Proverbios, veo la ira en todas partes. Veo la necedad de la ira, el peligro de la ira, el pecado de la ira. Veo que los piadosos aprenden a controlar su ira mientras que los necios la dejan estallar. Los piadosos se permiten ser ofendidos mientras que los necios exigen reparación por el más leve desaire. Los piadosos atraen a la gente a una relación cercana mientras que los necios destruyen la amistad. Toda esta ira tiene un alto costo.

Hay un proverbio que destaca pues me plantea un especial desafío: «La respuesta amable calma el enojo, pero la agresiva echa leña al fuego» (15:1). Es pecaminoso iniciar una confrontación airada, pero es igualmente pecaminoso exacerbar una confrontación con una respuesta inadecuada. La sabiduría insiste en que demos muerte al enojo de tal manera que ya no respondamos enojados aun cuando alguien peque contra nosotros. La santificación no solo se trata de santidad en situaciones que nosotros iniciamos, sino también en situaciones en las que resultamos involucrados.

No soy naturalmente dado a la ira. Tiendo a ser bastante calmado y es improbable que desate un incendio. Pero eso no significa que no pueda exasperarme muy fácilmente, especialmente cuando uno vive y ministra entre personas que pueden ser un poco más propensas a la ira. Es cuando pecan contra mí con enojo que estoy más propenso a pecar con enojo. Es cuando me enfurecen a mí que tiendo a enfurecerme con otros. Y es precisamente ahí cuando una respuesta suave podría sencillamente aplacar la ira. Podría aplacarla en la otra persona y ciertamente la aplacaría en mí.

Es bastante fácil dar una respuesta suave a una pregunta suave. No se necesita mucha sabiduría y piedad para hacerlo. Pero es un gran desafío proveer una respuesta suave a una pregunta áspera. Es un desafío aún mayor responder amablemente cuando uno es reprendido furiosamente. Se necesita sabiduría y piedad inusuales para resistir la tentación a gritar, a contraatacar, a responder del mismo modo.

No es de extrañar, entonces, que Salomón insistiera: «La lengua que brinda alivio es árbol de vida» (15:4). La amabilidad no es ningún desafío cuando las circunstancias son buenas y se recibe respeto, pero es casi imposiblemente difícil cuando se falta el respeto, cuando la amargura y la aspereza estallan. Pero aun entonces, o quizá especialmente entonces, «el que se controla, aplaca las rencillas» (15:18 RVC). Un hombre de mal temperamento aviva una pelea existente con su respuesta brusca. Un hombre sabio aplaca la rencilla con su respuesta calmada.

La santificación no se trata solo de dar muerte a aquellos pecados que nacen de mí muy naturalmente, aquellas conductas que yo tiendo a iniciar. También se trata de dar muerte a los pecados que llegan con ímpetu cuando pecan en mi contra. Resucitar para la justicia significa amabilidad al verse enfrentado a la aspereza, gozo al verse enfrentado con la amargura. Se trata de ser como Jesús, quien «cuando proferían insultos contra él, no replicaba con insultos; cuando padecía, no amenazaba, sino que se entregaba a aquel que juzga con justicia» (1 Pedro 2:23).