Hace un tiempo tuve la oportunidad de pasar unas horas en Dachau, el infame campo de concentración nazi. Hoy en día es una especie de monumento a la maldad, un recordatorio de lo que la humanidad es capaz de hacer. Fue un golpe de realidad caminar por los terrenos, ver los cuarteles, visitar el museo y mirar las largas filas de celdas de aislamiento. Fue horroroso ver la pared marcada por hoyos que se utilizaba como telón de fondo para los escuadrones de fusilamiento, caminar a través de una cámara de gas y mirar los hornos que una vez se utilizaron para deshacerse de tantos cuerpos. Las cosas que había visto en las películas y leído en los libros estaban ahí delante de mí. Todo era tan real.

Mientras caminaba a través de las puertas de Dachau y en las calles de Múnich, mi corazón clamaba por justicia. No es justo que tanta gente haya sido acorralada, encerrada y asesinada en ese campo (y en tantos otros campos similares). No es justo que se hayan ejecutado personas por sus opiniones políticas no populares, por su religión, por su origen étnico o por todas esas otras razones arbitrarias. Estuvo mal, muy, muy mal. La experiencia común al salir de un campamento como ese es sentir un profundo dolor mezclado con un profundo deseo de justicia.

La justicia existe para responder al mal. Si no hubiera maldad en este mundo, no habría necesidad de justicia. Pero el mal existe y por lo tanto la justicia también debe existir. El clamor por justicia es universal. No ha habido nunca una persona que no haya deseado justicia en un momento u otro. Este anhelo surge de la imagen de Dios dentro de nosotros. Las piedras no quieren justicia; los animales tampoco. Nosotros sí. Anhelamos justicia porque portamos la imagen de un Dios justo.

Cuando me marché de la ciudad de Dachau sentí un profundo anhelo de justicia. No solo quería el tipo de justicia que daría una sentencia de por vida, sino una justicia íntegra, una justicia completa, la propia justicia de Dios contra los malhechores. Una cadena perpetua difícilmente paga la deuda de un hombre que mató a cientos, miles o millones.

Pero me di cuenta de algo más profundo y perturbador: Si quiero justicia para ellos, también debo quererla para mí. No puedo tenerla de ambas maneras. O bien la justicia debe existir para todos los delitos, o bien no debe existir para ninguno.  Debe existir para aquellos que violan la ley de Dios de maneras inusuales y extremas y para aquellos que la violan de maneras comunes y corrientes. Si ha de haber justicia para los violadores y asesinos y las personas que crearon los campos de concentración, también debe haberla para los mentirosos, los lujuriosos y los chismosos. Si queremos vivir en un mundo en el que haya justicia para los crímenes de guerra, también debemos vivir en un mundo en el que haya justicia para los crímenes del corazón.

Me gusta ser selectivo sobre la justicia, construirla de tal manera que caiga sobre los demás, pero no sobre mí. Pero de lo que me di cuenta al salir de Dachau es que si quiero justicia para ellos, también debo quererla para mí. Si quiero un mundo que sea consistente y no arbitrariamente justo, debo querer justicia para mis propias transgresiones también.  Y lo que atravesó la oscuridad y me dio esperanza es que se ha hecho y se hará justicia. Para los que están en Cristo, las exigencias de la justicia ya han sido satisfechas por nuestro Salvador.  Para aquellos que no están en Cristo, el tiempo de la justicia se acerca. Se hará justicia.