Cuatro mentiras con las que lucharás en la universidad

Asistí a una universidad secular que, en líneas generales, no creía lo mismo que yo, y estoy agradecida por la experiencia. Las ideas y las personas me informaron, desafiaron y pulieron de maneras que todavía reconozco y aprecio a diario.

Sin embargo, por toda la enseñanza que recibí año tras año, también sentí las persuasiones cada vez más fuertes pero sutiles de la doctrina humana, la astucia y las artimañas (Efesios 4:14). Argumentos y altivez levantados en contra del conocimiento de Dios (2 Corintios 10:5) corrían en las aulas, manifestaciones en el campus, publicaciones de la universidad, organizaciones estudiantiles y conversaciones de pasillo.

Aun para nosotros que seguimos a Cristo, esas mentiras persuasivas pueden desorientarnos si no estamos preparados para ellas. Sin embargo, si mantenemos la guardia alta y preparamos nuestras mentes, firmemente orientados a la verdad, aun sus mentiras pueden pulir nuestra fe y posicionarnos para ser la sal de la tierra y la luz del mundo (Mateo 5:13-14).

Si vamos a ingresar a los campus universitarios y guiarlos hacia Cristo (y no permitir que ellos nos guíen hacia el mundo), debemos estar preparados. Los ambientes del aula y de la universidad pueden ser un lugar peligroso para los cristianos, sobre todo, creyentes jóvenes. Con el deseo de prepararnos para enfrentar y resistir los peligros, aquí presento cuatro mentiras que aprendí a combatir en la universidad.

Solo la religión requiere fe

Desde el primer día de una clase de lengua o de ciencias, los profesores a menudo enmarcan el plan de estudios del semestre sobre el supuesto divisivo de que algunas personas tienen fe y otras, no. Por lo general, esta suposición plantea que la fe es contraria al naturalismo o ateísmo, como si estas cosmovisiones no requirieran ciertas creencias.

En realidad, esas teorías plantean creencias poco fundadas sobre el origen del universo, el significado de la vida, la experiencia de admiración o asombro, la base de la dignidad humana y la razón de cualquier estándar moral que defina el mal como mal. La observación científica por sí sola no produjo muchas de sus conclusiones.

Entre muchas otras declaraciones basadas en la fe, casi todos los que conocemos propondrán creencias en fuerzas que no podemos ver físicamente. Nunca tuve un profesor que negara la existencia de lo invisible. Cada uno abrazaba la realidad de los átomos, el viento, el magnetismo, la gravedad y la expansión de la galaxia, todo lo cual es imperceptible para el ojo humano. Creemos en esas fuerzas porque percibimos sus efectos y buscamos la causa, así como Dios es invisible ahora, pero creemos en Él y en sus obras (Romanos 1:19-20). Más aún, cada profesor confiaba en los relatos históricos de todo tipo de personas y en eventos para los que tenemos muchos menos testigos que los confirmen que la Biblia.

La pregunta, por lo tanto, no es si tenemos fe, sino en qué ponemos nuestra fe. Incluso, la pregunta no es si basaremos nuestra fe en la evidencia, sino, en qué evidencia pondremos nuestra fe: evidencia empírica solamente, o en la intersección de evidencias históricas, lógicas, morales y filosóficas en las que el cristianismo siempre se basó.

En última instancia, cuando se trata de la fe en Cristo, el problema no es la falta de evidencia creíble, sino una inclinación a suprimir, por nuestra propia injusticia, lo que Dios ya nos ha manifestado (Romanos 1:18–19).

La verdad absoluta no existe

Incluso aquellos que aceptan la inevitabilidad de la fe pueden argumentar que no existe tal cosa como una verdad absoluta en la cual depositar nuestra fe. Pero, por supuesto, esta es una afirmación de verdad absoluta en sí misma.

Otros sugieren que nuestras inclinaciones hacia ciertas opiniones las juzgan automáticamente como poco confiables. Pueden culpar la influencia de la familia, la cultura y experiencias de impulsarnos hacia nuestras creencias, y pueden estar en lo cierto. Pero si esas influencias nos forzaron a creer que la tierra era redonda, ¿eso lo haría menos cierto? ¿Y nos haría intolerantes y de mente estrecha compartir las razones de nuestras creencias con compañeros de clase a quienes se les enseñó desde la infancia que la tierra es plana?

Debemos examinar absolutamente todo lo que estamos forzados a creer, examinando la confiabilidad de cada afirmación contra lo que Dios ha revelado (1 Tesalonicenses 5:21; Hechos 17:11). Pero debemos resistir la mentira de que nuestra inclinación a creer algo necesariamente lo hace falso. Simplemente sugerir que las experiencias personales nos sesgan hacia ciertas creencias es una creencia sesgada en las experiencias personales. Jesucristo es la verdad (Juan 14:6) y Él enseñó que las personas de la verdad oirán y creerán en su voz (Juan 18:37).

Sigue tu propia verdad

Algunos abrazan la necesidad de la fe y la realidad de la verdad absoluta, pero nos enseñan a buscarlas en nuestro interior más que en el exterior. Muchos grupos de estudiantes y movimientos universitarios proclaman el mensaje de que la búsqueda más noble de la vida y la única esperanza de contentamiento es «vivir tu verdad» como «lo estás haciendo» y «seguir tu corazón», es decir, usar cualquiera y todos los deseos de la carne para definir tu identidad, juzgar la moralidad y justificar el comportamiento sin vergüenza.

Esta cruzada oculta la tentación subyacente que nuestro enemigo ha preparado durante siglos: entregarnos a la sensualidad, lujuria e impunidad para que lleguemos a ser insensibles y duros de corazón (Efesios 4:18-19; Romanos 1:24-25). Engañados en ver los límites de Dios como una alegría sofocante en lugar de darla en abundancia, nos animan continuamente a buscar las atracciones del mundo fuera de Él para satisfacernos.

Sin embargo, en la base de cada cuenta bancaria, desesperados por los estándares de belleza inalcanzables, en los pasillos solitarios de la fama y al amanecer después de una fiesta destructiva solo queda el vacío y desasosiego de descubrir que este mundo no nos puede satisfacer después de todo. Cuando estamos más anclados en y gobernados por las arenas movedizas de lo que sentimos en vez de en la roca de lo que es verdad, el enemigo nos acorrala en el vacío del pecado, la ansiedad de la impotencia y el agotamiento del descontento.

Las Escrituras advierten que gobernar la vida desde una mirada interior, lejos de iluminarnos, en realidad oscurece nuestro entendimiento y nos aleja de la vida de Dios (Efesios 4:17–18). Es en nuestro Creador que vivimos, nos movemos y existimos (Hechos 17:28), y son sus deseos, no nuestros deseos contradictorios, los que son buenos, confiables y perdurables.

La cultura siempre progresa

El coraje, el impulso, la creatividad y la innovación tecnológica de los estudiantes universitarios los posicionan para tener una influencia sorprendente en el mundo, una de las muchas razones por las que la iglesia se beneficia enormemente por invertir y ser moldeada por ellos.

En mis días de universidad, el amplio horizonte de posibilidades me encendió para la aventura, en particular aquellas que me llamaron a dar mi vida por el bien eterno del mundo. Pero también vi a muchos atraídos por la corriente cultural de la opinión popular en formas que contradecían la palabra de Dios. Enmascarada como «el camino del progreso» y «el lado correcto de la historia», de hecho, es el camino ancho que conduce a la destrucción (Mateo 7:13). Como C. S. Lewis advirtió décadas atrás:

Si estás en el camino equivocado, el progreso significa hacer un giro de 180º y dirigirte hacia el camino correcto; en ese caso, el hombre que se vuelve cuanto antes es el más progresivo… Es bastante claro que la humanidad ha estado cometiendo un gran error. Estamos en el camino equivocado. Y si eso es así, debemos regresar. Regresar es el camino más rápido.

En cada fase de la vida, debemos ser valientes para pelear la buena batalla de la fe (1 Timoteo 6:12), no contra las personas que estamos llamados a amar, sino contra las huestes espirituales de maldad de este mundo de tinieblas (Efesios 6:12). En respuesta a cualquier oposición de burla o agresiva, podemos animarnos al recordar que buscamos la recompensa no del favor humano en esta vida, sino de agradar a Dios en la vida por venir (Gálatas 1:10).

«Que nadie os engañe en ninguna manera» (2 Tesalonicenses 2:3). No pongas tu fe y esperanza en profesores educados. No te dejes persuadir por los argumentos siempre cambiantes de incrédulos en tus redes sociales. No te desanimes por las expectativas engreídas con que el secularismo y la ciencia están sofocando el hambre y necesidad del mundo por Dios. No te sorprendas por el fuego de las pruebas contra tus creencias (1 Pedro 4:12).

En cambio, mira especialmente a sabios profesores de la fe, los autores inspirados de las Escrituras, líderes fieles de tu iglesia, testigos que caminan a tu lado (Hebreos 1:12), y al mismo Verbo de Dios, Jesucristo (Juan 1:1). Ora por sabiduría (Santiago 1:5). Luego, sé tú mismo profesor y testigo de la verdad. Y finalmente, irradia gozo que pruebe que has encontrado un tesoro de verdad digno de abandonarlo todo (Mateo 13:44), y demuestra con amor la verdad que crees (Juan 13:35).