La soberanía de Dios nos hace orar de rodillas

 Pocas verdades han demostrado ser tan valiosas para mí como la soberanía de Dios sobre todas las cosas.

 Cuanto más camino con él, más consuelo encuentro en pasajes como éste:

«Yo soy Dios, y no hay otro; yo soy Dios, y no hay ninguno como yo, que declaro el fin desde el principio y desde la antigüedad lo que no ha sido hecho. Yo digo: “Mi propósito será establecido, y todo lo que quiero realizaré”.»

(Is 46:9-10)

Experimento estabilidad, refrigerio y contentamiento sabiendo que he sido «predestinado según el propósito de aquel que obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad» (Ef 1:9-11).

 Sin embargo, a veces surge una tensión (por nuestro pensamiento inmaduro) entre lo que Dios ha planeado y cómo oramos. ¿Por qué orar si Dios ya planeó lo que sucederá?

 Nuestras oraciones empiezan a sentirse pequeñas y nos preguntamos qué diferencia podrían hacer.

La falta de oración nos lleva a la catástrofe

  Mientras nosotros podemos sentir cierta tensión entre la soberanía de Dios y la oración, los desesperados santos de la Escritura que oran no parecen compartir nuestra lucha.

 Dios no teme entretejer Su soberanía y la oración, en tiempos de gran necesidad. De hecho, en algunos de los momentos más tensos de la historia, las dos se apoyan una a la otra, como si Dios las sostuviera en nuestra cara, diciendo: “¡Vean!”

 Miremos un claro ejemplo que nos da la Biblia sobre esto.

  Cuando Ezequías era el rey de Judá, antes de que la nación fuera enviada al exilio, los asirios asaltaron Jerusalén hasta que el pueblo quedó sin esperanza (Is 36:1).

 Judá estaba ahora atascada entre una roca y un enemigo espantoso. ¿Cuánto de la historia de Israel tiene el propósito de advertirnos sobre el terrible precio de faltar a la oración?

 Un embajador asirio, llamado el Rabsaces, se burló de Judá: «Cuidado, no sea que Ezequías os engañe, diciendo: “El Señor nos librará” […] ¿Quiénes de entre todos los dioses de estas tierras han librado su tierra de mi mano, para que el Señor libre a Jerusalén de mi mano?”» (Is 36:18, 20).

 Mientras los dejaron mendigando en el precipicio de la hambruna, el mensajero los humilló (Is 36:12). Su terrible final era seguro y pronto.

La promesa de Dios fortalece la oración

 Así que, con todo que temer y ningún otro lugar a donde ir, Ezequías hizo lo que hacen los buenos reyes: se volvió hacia Dios. Dios escuchó sus plegarias. El profeta trae una promesa:

«Así dice el Señor: No temas por las palabras que has oído, con las que los siervos del rey de Asiria me han blasfemado. He aquí, pondré en él un espíritu, oirá un rumor y se volverá a su tierra; y en su tierra lo haré caer a espada.»

 (Is 36:6-7)

 A pesar de todo lo que temían, podían ver, merecían y parecía tan seguro que pasaría, Dios prometió que ganarían esta guerra. Y no sólo eso, sino que su opresor ni siquiera atacaría. Es más, su rey moriría en la relativa seguridad de su propia tierra.

 Los guerreros de la oración prestan mucha atención a las promesas de Dios. Persisten en paciente oración aferrándose a Sus palabras, como si el dejarlas ir los arruinase. Sus promesas no se convierten en excusas para relajarse y orar menos, sino que les dan confianza y urgencia ante el trono.

 Saben que su próxima oración puede ser el medio que Dios ha designado para cumplir Su promesa y demostrar Su poder. No se acercan a Dios sin una promesa, y se niegan a permanecer lejos mucho tiempo por lo que Él ha prometido.

¿Para qué orar si Dios prometió?

  Inmediatamente Dios comienza a cumplir Su promesa a Ezequías. El rey de Asiria oyó un rumor, regresó a su tierra y comenzó a luchar contra otro ejército (Is 37:8). Dios está haciendo de forma precisa lo que había planeado.

 Sin embargo, el Rabsaces desafía aún más al Señor y le replica a Ezequías: “No te engañe tu Dios en quien tú confías, diciendo: “Jerusalén no será entregada en mano del rey de Asiria” (Is 37:10).

 ¿Qué debería hacer Ezequías ahora? ¿Por qué no dejar que Dios haga lo que dijo que haría? Porque cuando Dios hace y lleva a cabo sus planes, Él quiere que nosotros oremos (1 Tes 5:17; Lc 18:1).

Observa con cuidado cómo Ezequías maneja este momento vulnerable y peligroso:

«Entonces Ezequías tomó la carta de mano de los mensajeros y la leyó, y subió a la casa del Señor y la extendió delante del Señor.Y Ezequías oró al Señor…»

(Is 37:14-15)

  Ezequías extendió su destino ante el Señor. En vez de asumir que la oración era innecesaria. Más bien, asumió que Dios quería ganar esta guerra a través de la oración.

William Gurnall, un pastor inglés del siglo XVII, explica cómo tal oración magnifica la soberanía de Dios:

“La oración es una humilde apelación de nuestra impotencia a la omnipotencia de Dios… Le damos la gloria de Su soberanía y dominio, y reconocemos que no sólo puede proporcionarnos lo que pedimos, sino que puede darnos el derecho y la bendición de lo que Él da.”

(El cristiano con toda la armadura de Dios, pág. 299)

 Ezequías no robó a Dios Su soberanía suplicando Su intervención; exaltó el compromiso omnipotente y omnisciente de Dios de hacer lo que más glorificaría Su nombre (Is 37:35). Y Ezequías sabía (y atesoraba) que Dios a menudo hace Su trabajo a través de nuestras oraciones.

La soberanía de Dios inspira nuestras oraciones

 

Ezequías fue disuadido de correr directamente a la soberanía de Dios en oración:

«Oh Señor de los ejércitos, Dios de Israel, que estás sobre los querubines, solo tú eres Dios de todos los reinos de la tierra. Tú hiciste los cielos y la tierra. Inclina, oh Señor, tu oído y escucha; abre, oh Señor, tus ojos y mira; escucha todas las palabras que Senaquerib [rey de Asiria] ha enviado para injuriar al Dios vivo. En verdad, oh Señor, los reyes de Asiria han asolado todas las naciones y sus tierras… Y ahora, Señor, Dios nuestro, líbranos de su mano para que todos los reinos de la tierra sepan que solo tú, oh Señor, eres Dios»

(Is 37:15-18, 20)

 La soberanía de Dios no compromete ni pone en peligro la oración, sino todo lo contrario. La absoluta soberanía de Dios -sobre todos los reinos de la tierra y sobre cada detalle de nuestras vidas- es la esperanza y fundamento para nuestra oración.

 Si Dios dependiera de los caprichos de los reyes y de las circunstancias, entonces, nuestras oraciones son en vano. Pero nuestro Dios no espera a nadie:

 «Como canales de agua es el corazón del rey en la mano del Señor; Él lo dirige donde le place»

(Pr 21:1)

 Dios hace de nuestros humildes, dependientes y expectantes gritos de ayuda los instrumentos de lo que Él hace en el mundo. Debemos asumir que Dios tiene muy pocos planes para el mundo que no impliquen las oraciones de su pueblo.

 Se hará Su voluntad, ore o no, pero no se hará Su voluntad sin la oración, porque ha elegido hacer indispensable la oración.

 El Dios soberano cuelga el universo de las oraciones de Su pueblo, luego nos inspira para orar.

¿Las oraciones cambian los planes de Dios?

 Cuando Ezequías oró para que Dios salvara a Judá de los asirios, ¿cambió la opinión de Dios? En última instancia, no, no lo hizo. En Dios «no hay cambio ni sombra de variación» (Stg 1:17). El salmista dice al Señor: «Tú eres el mismo, y tus años no tendrán fin» (Sal 102:27).

 Dios nunca cambiará. Nuestra gran esperanza en la oración, entonces, no es cambiar lo que Dios ha planeado, sino llevarlo a cabo. No nos esforzamos por cambiar el corazón de Dios, sino por reflejar su corazón en nuestras circunstancias. “La oración no es superar la renuencia de Dios”, decía Martín Lutero, “sino aferrarnos a Su voluntad”.

Cuando oramos, no cambiamos la mente de Dios como si Él hubiera escogido mal.  A.W. Pink nos advierte:

 “No hay ninguna necesidad de que Dios cambie Sus designios o altere Su propósito, por la razón suficiente de que estos fueron enmarcados bajo la influencia de la bondad perfecta y la sabiduría infalible… Afirmar que Dios cambia Su propósito es cuestionar Su bondad o negar Su sabiduría eterna.”

(La soberanía de Dios, pág. 168)

A. Pink continúa diciendo:

 “He aquí, pues, el diseño de la oración: no para que la voluntad de Dios sea alterada, sino para que se lleve a cabo a Su buen tiempo y manera” (pág. 172)

Nunca cambiamos el plan eterno de Dios cuando oramos, pero, estamos llamados a orar expectantemente por el cambio.

 Debemos orar para que los enfermos sean sanados (Stg 5:14); los perdidos se salven (Mt 9:37-38); por todo tipo de cambio en nuestros corazones, cuerpos, vecinos, lugares de trabajo, nación y en el mundo entero. Pero nunca por algún cambio en Dios. Los cristianos oran: “Dios, hágase Tu voluntad” (Mt 6:10).

La soberanía de Dios que silencia la oración

  Sin embargo, a veces la soberanía de Dios puede impedirnos orar, porque nos perturba en la presencia de Dios.

 Si Dios está en control de todo lo que sucede, ¿cómo podría permitir tanto mal, como la crueldad de Asiria, o la apostasía de Israel? Y si permite tanta maldad en el mundo, y tanta angustia en mi propia vida, ¿por qué le confiaría mi corazón?

 Al responder a la oración de Ezequías, Dios insiste en lo que J. Piper llama “la soberanía invencible de Dios llena de propósito, que lo abarca todo, lo penetra todo”. El Señor le dice a Asiria, el enemigo de Judá:

«¿No has oído? Hace mucho tiempo que lo hice, desde la antigüedad lo había planeado. Ahora he hecho que suceda, para que conviertas las ciudades fortificadas en montones de ruinas. Sus habitantes, faltos de fuerzas, fueron desalentados y humillados; vinieron a ser como la vegetación del campo y como la hierba verde, como la hierba en los techos que se quema antes de que haya crecido.»

 (Isaías 37:26-27)

 Esto es como Dios diciendo: “Asiria, ¿por qué te jactas como si todo lo que has hecho al final fuera obra tuya? Yo, el Señor, determiné que construirías grandes ciudades y planeé, desde tiempos inmemoriales, cuales destruirías. Ahora estoy llevando todo a cabo, pero aquí no ha pasado nada que no haya decretado para Mi gloria.” (ver vs.28-29).

 Dios fue soberano en el surgimiento de Asiria, y será soberano en llamar a los perversos para que rindan cuentas (Ro 12:19). Los ejércitos más temibles que podemos imaginar no son más que ganado débil ante el Dios al que oramos. Todos van donde le place, cuando le place y sólo como a Él le place.

 Nuestra incomodidad con la soberanía de Dios sobre el mal es porque suponemos que sabemos más que Él, que podemos imaginar un plan mejor al que Él está revelando, en el que estamos viviendo.

 Dios no pretende que entendamos Su plan soberano en cada paso:

 «Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos —declara el Señor. Porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos»

(Isaías 55:8-9)

 Pasaremos la mayor parte de nuestras vidas sin tener idea del siguiente giro sorpresivo que dará Su infinita sabiduría.

 Aunque Su intención no es que entendamos su plan, sí quiere que los destellos que veamos de Su soberanía nos inspiren a correr hacia él, no a alejarnos de él, y ciertamente nunca a rebelarnos contra Él.

 Él quiere que veamos la furia de la maldad de Asiria, y la furia aún más grande de su justo juicio, y que caigamos de rodillas, orando y viviendo en una dependencia desesperada de Él, nunca dando por sentada su gracia y misericordia.

Por cuanto has orado a Mi

 Después de que Ezequías rogara, Isaías dijo: “Así dice el Señor, Dios de Israel: “Por cuanto me has rogado acerca de Senaquerib, rey de Asiria, esta es la palabra que el Señor ha hablado contra él” (Is 37: 21-22). Recuerda Sus palabras: «Por cuanto me has rogado.»

 La oración no es una idea secundaria en el plan de Dios. La oración no es un plan B, o una rueda de repuesto en caso de que la vida se averíe. Bajo Dios, la oración dirige el mundo.

 Por supuesto, Dios hace innumerables milagros en el mundo cada día que nadie ha mencionado de manera específica en la oración; después de todo, Él «sostiene todas las cosas por la palabra de su poder» (Heb 1:3). Sin embargo, hace algunos de sus trabajos más importantes en el mundo (y en nuestras vidas) porque uno de sus hijos se lo pidió de forma precisa (Stg 5:16).

Dios luchó por la nación porque Ezequías oró (ver vs.36-38). Dios hizo lo que Ezequías no podía hacer sin Dios, Ezequías hizo lo que nosotros podemos hacer sin la oración, y Dios hizo lo que Dios planeaba hacer a través de la oración.