Debemos luchar por una verdadera justicia para las mujeres

Uno de los acontecimientos realmente vergonzosos de nuestro tiempo es la manera en que muchas mujeres son abusadas, oprimidas y hechas objeto de tratos injustos por parte de los hombres. Para echarle sal a la herida supurante, las mujeres no solo están siendo pisoteadas por hombres no regenerados en todas direcciones, sino que hay muchos hombres cristianos que parecen estar satisfechos como para permitir que continúen estas atrocidades. Al parecer, una fiebre de cobardía ha plagado a los hijos de Abraham.

Pero es comprensible la vacilación en hablar. En el clima actual, cuando señalas que es opresor que un hombre biológico ganara la medalla de oro en el ciclismo femenino a sus rivales femeninas, es probable que te llamen misógino, mientras que aplauden al muchacho que ganó la medalla. Cuando sugieres que sería mejor que el padre de un niño de tres años sirva en la primera línea de la Marina en vez de la madre de ese niño, es probable que te miren feo. Así son nuestros días.

La maldición dice que los hombres caídos señorearán sobre las mujeres (Génesis 3:16) y una manera siniestra en que los hombres lo hacen es en nombre de lo que se conoce como “igualdad de las mujeres”. Ellos dicen afirmar el terreno sagrado de la igualdad, es algo como esto:

“Si vuelo por territorio enemigo, ella también lo puede hacer”. – “Si proveo el sustento para la casa, también es justo que ella lo haga”. – “Si me puedo casar con una mujer, únicamente ella puede hacerlo”.

Este hombre, a quien el mundo aplaude por su afirmación igualitaria de las mujeres, en realidad es un cobarde, un zángano y un pervertido, alguien que está feliz de usar a la mujer para satisfacer su lujuria. La idea que tiene el mundo en cuanto a la igualdad da como resultado un trato desigual (y opresor) de las mujeres.

Así que ahora es el momento, tal vez el más importante que nunca, de luchar por la verdadera igualdad de las mujeres. Pero no podrás hacerlo si no marcas las diferencias funcionales entre hombre y mujer, diferencias que son “ordenadas por Dios como parte del orden creado”. [1]

El estándar para el trato justo a la mujer no es el impuesto por el hombre. El estándar del trato justo a la mujer es impuesto por la Palabra de Dios. Además, el estándar para el trato justo al hombre es el mismo que el de la mujer, es decir, las Escrituras. El estándar para el trato justo al hombre no es el impuesto por la mujer. A esto le llamamos el peso justo y la medida justa.

Desde la cosmovisión cristiana, el peso justo es la Escritura a la hora de cómo tratar al hombre y a la mujer. En el sistema pagano, el cual crece en nuestra tierra en la actualidad, el estándar no es igual, sino que es un doble estándar. Nuestra sociedad, pues, procura cambiar temerariamente el parámetro de la verdad revelada de Dios por algo que garantizará la perpetuación de la maldición de la caída.

A pesar de todo esto, Dios no ha dejado a este mundo perdido e injusto sin un Salvador. Cristo no solo ha declarado el estándar para que todos podamos conocer en qué consisten la igualdad y la justicia verdaderas. Él ha cumplido el estándar para que podamos ser perdonados por nuestras injusticias. Él lo hizo por hombres y mujeres que han fallado terriblemente en alcanzar la meta, hombres y mujeres que han torcido y manipulado las cosas para su propia conveniencia. Él llama a la humanidad a arrepentirse de la perversidad y a confiar en Él. Él llama a la humanidad a obedecer, no a sus propias reglas e ideas, sino todo lo que Él ha mandado.


[1] Declaración de Danvers, Afirmación 2.